Capítulo 2 Capítulo 2: Efecto colateral.
El líquido rojo intenso cubría las baldosas del suelo, pintando a su vez las rosas esparcidas y, en el centro de la habitación, yacía la silueta inerte de su madre.
—¡Mamá! —escuchó un grito estridente detrás de ella. Era Tim, viendo la escena desde el umbral de la cocina.
Chloe se descongeló. Corrió hacia su hermano cubriendo sus ojos con desesperación, arrastrándolo fuera de la cocina. Se desplomaron contra la pared del pasillo, las piernas incapaces de sostener el peso de la realidad. Mientras consolaba los gritos desgarradores de su hermano en la penumbra del pasillo, la mirada de Chloe se desvió hacia el suelo de la entrada de la cocina, donde la luz del interruptor lograba iluminar el desastre.
Allí, justo al lado del charco de sangre y medio oculto bajo una de las rosas rotas, brillaba un objeto que llamó su atención de inmediato: un gemelo de oro, con unas iniciales grabadas que no pertenecían a nadie de su familia. El objeto lucía completamente fuera de lugar en aquella cocina humilde. No parecía el descuido de un ladrón común de vecindario.
Una fría certeza la recorrió entera en medio del shock: quienquiera que hubiera estado ahí dentro, no había ido a robar.
Las sirenas de la policía inundaron la calle poco después y los oficiales llegaron a la casa. Chloe, intentando aferrarse a la lógica y gracias a sus conocimientos por sus estudios de Leyes, le señaló el objeto a la policía en mitad de las preguntas de rutina, asegurándoles que no le pertenecía a ninguno de ellos y que debía ser una prueba crucial. Sin embargo, los oficiales ignoraron su advertencia. Sin molestarse en investigar más allá, cerraron el caso a las pocas semanas alegando que se había tratado de un simple robo residencial que había salido mal. Chloe sabía que se equivocaban.
Dos años transcurrieron antes de notarlo. Para mantener a su hermano a salvo y conservar su tutoría legal ante las constantes presiones de la psicóloga escolar, tuvo que tomar la decisión más difícil de su vida: darse de baja en la facultad de Leyes. La brillante estudiante con el mejor promedio desapareció, devorada por extenuantes jornadas laborales entre un salón de belleza y turnos de limpieza mal pagados.
La vida se resumió en una casa más pequeña en un barrio diferente para no volver al lugar donde le arrebataron a su madre, lidiar con los cambios de humor de un Timothy de quince años que cargaba con demasiada rabia, y arrastrar un cansancio crónico.
En medio de ese desierto, su relación con Adam se había mantenido como el único faro de luz. Aunque ya no compartían los pasillos de la universidad, él le había pedido que lo esperara hasta su graduación. Haciéndole una promesa que cuando llegara aquel momento le haría la pregunta mas importante que se le podría hacer a una mujer. Una promesa de su futuro juntos.
Un futuro que se desmoronó el día de hoy, justo en el acto de graduación de la Facultad de Leyes.
Chloe llevaba su mejor vestido y un pequeño ramo de flores que había comprado con sus escasos ahorros, lista para celebrar el logro de su novio. Pero la sorpresa fue otra. Frente a ella, vestido con la toga y el birrete, Adam rechazó su obsequio con una frialdad que la dejó en shock.
—Lo lamento, Chloe. Pero debemos terminar —dijo él, con la voz baja y esquiva.
—¿Estás jugando conmigo? —preguntó ella, con la voz temblorosa—. Te he dicho muchas veces que no me gustan este tipo de juegos, Adam.
El silencio de él cayó como una estocada al corazón. No era una broma.
—Chloe, estamos rodeados de gente —murmuró Adam entre dientes, soltándose con delicadeza del agarre de ella, pero sin una pizca de duda—. No arruinemos el día para los demás.
—¡Arruinarlo! —Ella soltó con amargura—. ¿En serio te preocupa más la opinión de unos extraños que lo que está sucediendo ahora mismo entre nosotros? ¿Qué fue lo que cambió? Creí que estábamos bien...
Adam desvió la mirada, visiblemente incómodo, vigilando a lo lejos a sus padres adinerados que se acercaban al campus. Sonrió falsamente hacia ellos y, de un tirón, ocultó a Chloe a sus espaldas.
—Ese es el problema: nada ha cambiado —susurró él, dándole la espalda para mantener la fachada—. Cuando hice esa promesa, esperaba que algún día retomaras la carrera, pero han pasado dos años y sigues en lo mismo.
Chloe se quedó petrificada.
—¿Esto se trata de tus padres? Creí que yo les agradaba.
—Sí, les agradabas —admitió él, sin mirarla—. Cuando eras la estudiante de Leyes con mejor promedio, la futura gran abogada de la que todos ponían sus expectativas...
—Solo dime algo —interrumpió ella, sintiendo que se desmoronaba por dentro—. Como no me convertí en la abogada que esperabas, ¿ya no soy tu igual? ¿Ya no soy nada? ¿Eso hizo que se acabara el amor?
—Te amo, pero tengo responsabilidades —se justificó Adam, frotándose la sien—. Soy el principal heredero de mi familia y todo se vendría abajo si no cumplo con sus expectativas. Cuando ocurrió lo de tu madre, quería ser tu apoyo...
—Eso suena más a que me tuviste lástima —concluyó ella con amargura.
La música solemne empezó a sonar a la distancia, anunciando el inicio del acto. El futuro de Adam la llamaba, un futuro donde ella no tenía un lugar.
—Esa es tu señal —dijo Chloe, apretando el pequeño ramo entre sus manos.
Adam la observó por última vez, dándole un abrazo vacío que ella no correspondió.
—Espero que no quede rencor entre nosotros —susurró—. Intenta no llorar, llamarás la atención de las personas si lo haces.
Chloe se obligó a sí misma a contener el llanto, tragándose las lágrimas por pura inercia para no incomodarlo a él ni a los desconocidos a su alrededor. Vio la espalda del hombre que había amado por tres años alejarse definitivamente entre la multitud festiva. Se quedó completamente sola, de pie, entendiendo que cada uno de sus sueños se había vuelto, una vez más, inalcanzable.
Con el corazón hecho pedazos y los dedos entumecidos de tanto apretar las flores rotas, Chloe caminó mecánicamente hacia el estacionamiento de la universidad. Tenía la vista nublada por las lágrimas que intentaba contener y una rabia sorda quemándole el pecho. Solo quería salir de ese lugar maldito lo antes posible.
Iba tan deprisa, con la cabeza gacha y limpiándose bruscamente el rostro con la manga, que no prestó la más mínima atención a su entorno. Fue en ese instante de absoluta distracción cuando su pie tropezó con un borde del pavimento.
El pánico la invadió al sentir que se iba de bruces contra el suelo. Estiró los brazos hacia el vacío, buscando desesperadamente algo de lo que sujetarse para evitar el impacto. Sus dedos se aferraron con fuerza a lo primero que tocaron: una tela fina y costosa. Pero el tirón fue tan violento e inesperado que terminó arrastrando a la otra persona con ella.
Chloe cayó bruscamente sobre el asfalto y, un segundo después, un cuerpo pesado aterrizó a medias sobre ella, sacándole un gemido de dolor.
