Capítulo 3 Capítulo 3: Cruce de caminos.
—¿Pero qué demonios? —protestó una voz masculina, profunda y notablemente indignada, mientras el hombre se incorporaba rápidamente, liberándola de su peso.
Chloe, abochornada, adolorida y con los nervios a flor de piel por la humillación que acababa de sufrir con Adam, se levantó de golpe. No quería la lástima de nadie, ni sermones, ni más miradas de extraños sobre ella.
Al ponerse en pie, escuchó un crujido nítido y desagradable bajo su suela. Bajó la mirada con lentitud: acababa de pisar y destrozar por completo unos anteojos que habían salido volando en la caída.
—¿Es que no ve por dónde camina? —reclamó el hombre, acomodándose la chaqueta de su impecable traje oscuro. Tenía la piel trigueña, el cabello negro y ondulado algo revuelto por el golpe, y una mirada fría que habría congelado a cualquiera.
En otra situación, Chloe se habría disculpado hasta el cansancio. Pero hoy no. Hoy el dolor por la ruptura con Adam la había dejado a la defensiva, con el orgullo herido y una actitud hostil como escudo.
—¡Pues usted debería fijarse en dónde se para! —espetó ella de mala manera, con la voz rota pero cargada de veneno, cruzándose de brazos—. El estacionamiento es enorme y decide quedarse quieto justo donde la gente camina.
El hombre enarcó una ceja, estupefacto ante la evidente mala educación de la chica. Miró los restos de sus cristales rotos en el suelo y luego la miró a ella, sus ojos oscuros chispeando de una muda molestia.
—Acaba de destrozar mis anteojos por su torpeza y, ¿encima tiene la audacia de gritarme? —respondió él, con un tono marcadamente seco y sarcástico.
—¡Tengo cosas mucho más importantes de las que preocuparme que sus malditos anteojos! —le gritó Chloe, incapaz de controlar la mezcla de llanto y furia que llevaba dentro.
Sin darle tiempo a replicar, le dio la espalda, tiró el ramo de flores rotas a un basurero cercano y echó a correr hacia la salida del campus, subiéndose al primer autobús que pasó.
En el estacionamiento, el hombre desconocido se quedó completamente solo. Con una mueca de incredulidad y un profundo fastidio, se agachó para recoger lo que quedaba de su montura destrozada, observando con fijeza la dirección por la que la impulsiva rubia se marchó. Definitivamente, él no iba a dejar pasar esto como si nada.
El trayecto a casa fue un doloroso recordatorio de su nueva realidad. Al llegar al pequeño departamento, Chloe se encerró en el baño para lavarse la cara y tragarse la tristeza que le embargaba. No podía permitirse derrumbarse frente a Timothy. Su hermano ya cargaba con suficiente amargura y rebeldía tras la muerte de su madre como para verla flaquear. Sin embargo, el destino parecía no tener intenciones de darle un respiro.
A la mañana siguiente, una llamada de su supervisor destruyó la poca estabilidad que le quedaba. Debido a un severo recorte de presupuesto en las oficinas corporativas donde trabajaba por las noches, prescindirían de sus servicios. Había perdido su turno fijo como conserje.
Chloe colgó el teléfono sintiendo que el aire le faltaba. Ahora solo le quedaba el empleo de medio tiempo en el salón de belleza, un salario miserable que no alcanzaba ni para cubrir los servicios básicos, mucho menos la comida o los gastos escolares de Tim. La desesperación la oprimió el pecho; si las deudas se acumulaban, la asistente social no tardaría en cuestionar su capacidad para mantener la tutoría legal de su hermano. Necesitaba dinero, y lo necesitaba de inmediato.
Pasó la tarde revisando anuncios en los periódicos y portales de internet en la computadora, sintiendo una creciente frustración al ver que la mayoría de los empleos exigían títulos o turnos completos que arruinarían el poco tiempo que le dedicaba a Tim. Justo cuando el pánico amenazaba con paralizarla, su celular vibró en la mesa. Era Natalie.
—¿Chloe? ¡Tengo una oportunidad increíble para ti! —exclamó su amiga al otro lado de la línea, desbordando entusiasmo—. Sé que estás pasando un momento horrible tras lo de Adam y no quería agobiarte, pero me acabo de enterar de algo en el teatro donde trabajo.
—Natalie, despacio... ¿De qué estás hablando? —preguntó Chloe, frotándose las sienes.
—El director del teatro volvió a despedir al encargado de mantenimiento nocturno, no sé la razón, pero ya sabes cómo es de maniática la gente del arte. Están buscando con urgencia a alguien de confianza para la conserjería. La paga es casi el doble de lo que ganabas en tu último trabajo y el horario es bueno. Le hablé de ti al encargado de recursos humanos y me dijo que fueras hoy mismo a una entrevista. ¡Es perfecto para ti!
Chloe parpadeó, asombrada. El doble de su sueldo anterior por el mismo trabajo parecía un milagro caído del cielo.
—¿Estás segura de que calificaría? —inquirió con timidez—. No tengo experiencia limpiando teatros.
—Es limpiar, Chloe, y tú eres la persona más minuciosa que conozco. Además, necesitas este respiro económico. Ve a cambiarte, te enviaré la dirección por mensaje. ¡No puedes perder esta puerta de escape!
Dos horas más tarde, Chloe se encontraba frente a la imponente fachada de uno de los teatros de la ciudad. El edificio era una obra de arte arquitectónica. Al cruzar las puertas principales, el olor a madera y terciopelo la envolvió. El silencio solo era interrumpido por los ecos de sus propios pasos sobre la alfombra roja.
Una recepcionista amable la guio a través de los pasillos internos, repletos de retratos de óperas antiguas y grandes dramaturgos. Subieron por una escalera de caracol hasta el ala administrativa.
—El director general está terminando de revisar unos presupuestos, pero la recibirá de inmediato para evaluar su contratación y firmar el papeleo —explicó la mujer, indicándole una imponente puerta de madera de roble oscuro con una placa dorada—. Puede pasar. Mucha suerte, señorita Benneth.
Chloe tragó saliva, alisándose la falda de su sencillo conjunto y acomodando su bolso. Exhaló un suspiro largo para calmar los latidos de su corazón, repitiéndose a sí misma para infundirse valor que todo esto lo hacía por Tim. Tomó el pomo de la puerta, la empujó con suavidad y dio un paso hacia el interior de la oficina.
Tras el enorme escritorio de caoba, un hombre revisaba unos documentos impresos. Al escuchar la puerta, levantó la cabeza con lentitud, revelando unas facciones trigueñas perfectamente afiladas, el cabello ondulado y una mirada oscura y penetrante que le cortó la respiración; ese rostro ya lo había visto antes.
Era el hombre del estacionamiento.
