Capítulo 4 Capítulo 4: Altos estándares.

Chloe se quedó completamente helada en el umbral de la puerta, con la mano aún suspendida sobre el pomo de madera. Frente a ella, apoyando los codos sobre el majestuoso escritorio, estaba el mismísimo hombre del estacionamiento.

Él también se tensó al verla. Sus ojos oscuros se abrieron una fracción de segundo por la sorpresa, fijos en la rubia que el día anterior lo había derribado y gritado sin una pizca de educación. Su mirada bajó de inmediato hacia el papel que sostenía entre las manos: era un currículum. Y si no se equivocaba, era de ella.

—Vaya, vaya —pronunció él con su voz profunda, arrastrando las palabras con un evidente tono sarcástico—. El mundo es realmente un pañuelo. O tal vez el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido, señorita Benneth.

Chloe sintió que las mejillas le ardían de la vergüenza, pero su desesperante situación económica la obligó a no retirarse. Cerró la puerta a sus espaldas con cuidado y dio un par de pasos hacia el frente, apretando la correa de su bolso.

—Usted... ¿Usted es el director general? —consiguió preguntar, tratando de que su voz no temblara.

El hombre no respondió de inmediato. Dejó caer el currículum sobre la mesa y se reclinó en el asiento de cuero, entrelazando los dedos. Era obvio cómo la diversión cruzó sus ojos al notar el evidente pánico de Chloe. Ella debía de estar pensando que su contratación dependía completamente de él.

—¿Le sorprende? —replicó él, ignorando deliberadamente la pregunta para mantener el control de la situación—. Ayer estaba muy segura de que tenía cosas “mucho más importantes” que disculparse por destrozar mis anteojos. Me pregunto si trabajar en este lugar también entra en esa categoría de cosas importantes.

—Yo... lamento lo de ayer —balbuceó Chloe, tropezando con las palabras, concentrándose en no meter más la pata, si es que aún no había perdido por completo esta oportunidad—. Estaba pasando por un mal momento personal y no debí reaccionar así. Fue un accidente.

—Un accidente bastante costoso, señorita Benneth. La prescripción de mis anteojos es lamentable, por lo que reemplazarlos no es barato, y si no hubiera tenido unos antiguos en casa, no podría siquiera trabajar —señaló él, arqueando una ceja—. Además, comprenderá que para un puesto en esta prestigiosa institución se busca personal eficiente, pero, sobre todo, con un temperamento controlado. Algo que usted no demostró ayer.

—Por favor —insistió ella, dando un paso más, con los ojos brillando por la frustración—. Necesito este trabajo. Le aseguro que soy muy minuciosa y responsable. Lo de ayer no representa quién soy, solo fue un mal día y… no se repetirá.

Él tamborileó los dedos sobre el escritorio, fingiendo sopesar la decisión, estirando la tensión en el ambiente hasta más no poder. Chloe ya empezaba a sudar frío cuando la puerta de la oficina se abrió de par en par de manera imprevista.

—¡Elías, mi querido amigo! Siento mucho la demora, el tráfico cerca de la ópera estaba insoportable —exclamó un hombre mayor, de cabello canoso y sonrisa afable, que entraba al lugar.

El recién llegado se detuvo al notar la presencia de Chloe y la mirada sombría de Elías.

—Oh, disculpen, no sabía que ya habías empezado con la entrevista de la nueva conserje. Gracias por cubrirme mientras no estaba —dijo el hombre mayor, rodeando el escritorio con confianza.

Chloe parpadeó, confundida. ¿Elías? Ese no era el nombre que Natalie le había dado.

Elías exhaló un suspiro de fastidio, perdiendo de inmediato la postura rígida e imponente.

—Apenas estábamos empezando, Arthur —respondió Elías, entregándole el currículum de Chloe que acababa de recoger de la mesa—. Solo le recordaba a la señorita Benneth los altos estándares de limpieza que exiges aquí. Pero ya que llegaste, no hace falta que permanezca aquí por más tiempo.

Arthur, el verdadero director general del teatro, soltó una carcajada jovial mientras se sentaba en su silla, al tiempo que Elías se apartaba hacia un lado del escritorio. Arthur revisó apenas brevemente el currículum impreso, pasando los ojos por los datos de Chloe durante no más de cinco segundos.

—Si Natalie Foreman la recomendó, no hay necesidad de dar tantas vueltas. Esa muchacha tiene un ojo para juzgar a la gente —dictaminó Arthur con un ademán despreocupado, firmando la hoja de inmediato—. El trabajo es suyo, señorita Benneth. Puede empezar mañana mismo en el turno nocturno. El encargado de personal le dará su uniforme.

Chloe sintió que el alma le regresaba al cuerpo. Una inmensa ola de alivio la recorrió por completo.

—¡Muchísimas gracias, señor director! No lo voy a defraudar —expresó con genuina gratitud, ignorando olímpicamente la mirada que Elías le estaba lanzando desde la esquina.

—No tengo dudas de ello. Ahora, si me disculpa, debo ponerme al día con los presupuestos que mi amigo Elías tuvo la amabilidad de revisar por mí —dijo Arthur, señalando los papeles—. Sabe de administración casi tanto como de drama.

—Un placer ayudar, Arthur. Aunque no fue sencillo con estos anteojos viejos —intervino Elías, recuperando el tono frío de su voz—. Espero que me entreguen los nuevos pronto, ya que estaré a cargo de la dirección de la nueva obra principal del ala sur. Además, puedes contar con que me aseguraré de supervisar personalmente que el personal de mantenimiento haga un trabajo de manera... impecable.

Chloe captó la indirecta de inmediato. Elías no era el director general, solo le estaba haciendo un favor administrativo a su amigo, pero era uno de los directores artísticos del teatro. Iba a tener que verlo seguido y, al parecer, él no pensaba dejar pasar el asunto de los anteojos.

—Con su permiso —dijo Chloe, regalándole una sonrisa forzada a Elías antes de dar la vuelta y salir de la oficina apresurada, sin poder sentirse completamente feliz por su contratación gracias a él.

Al cerrarse la puerta tras ella, Elías se quedó de pie junto al ventanal. Cruzó los brazos, contemplando el pasillo por donde la impulsiva rubia acababa de retirarse. Definitivamente, las cosas en el teatro se iban a poner muy interesantes.

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