Capítulo 5 Capítulo 5: Turno nocturno.
La luz de la luna apenas se filtraba por la ventana de la alcoba cuando Chloe terminó de abrocharse los zapatos. El reloj marcaba casi las ocho de la noche, la hora de comenzar su primer turno en el Gran Teatro. Antes de tomar su bolso, se detuvo frente a la mesa de noche y abrió la gaveta superior.
Oculto en el fondo, el gemelo de oro brilló débilmente.
Lo tomó entre sus dedos por unos segundos, acariciando las iniciales grabadas que las autoridades se habían negado a rastrear antes de archivar el expediente de su madre. La policía le había devuelto la pieza con desinterés, alegando que no tenía sentido conservar un objeto sin procedencia clara en un caso cerrado.
Para Chloe, sin embargo, sostener ese metal frío era un recordatorio constante de su promesa de justicia. Volvió a guardarlo en la gaveta, asimilando que la excelente paga de este nuevo empleo no solo significaba la estabilidad de Timothy, sino también la oportunidad de ahorrar lo suficiente para contratar, en el futuro, a un investigador privado que hiciera el trabajo que el Estado ignoró. Cerró el cajón con determinación; estaba lista.
Al llegar al teatro, la atmósfera nocturna era completamente distinta a la del día anterior. Con las luces de la sala principal apagadas, el edificio parecía un gigante dormido. Natalie la esperaba cerca de la entrada de servicio con una sonrisa radiante y el uniforme de conserje en los brazos.
—Te lo dije, el puesto era tuyo —susurró Natalie en un abrazo rápido, entregándole las prendas grises—. El supervisor de personal te dejó las llaves y el cronograma en el casillero.
—Aún no me lo creo, Nat —admitió Chloe, mirando los enormes pasillos oscuros—. La paga es tan alta que sigo pensando que hay una trampa. ¿Dónde está el resto del personal de limpieza del turno nocturno?
Natalie hizo una mueca de simpatía y suspiró antes de responder:
—Sobre eso… no hay nadie más. El director es bastante tacaño, por lo que, para ahorrar costos, decidió contratar a una sola persona que se encargue de todo. Por eso la paga es tan buena. Básicamente, tú sola tendrás que limpiar todo el edificio.
Chloe parpadeó, mientras asimilaba esas palabras. Ahora todo tenía sentido. Miró la inmensidad del teatro, temerosa; limpiar un edificio de tres plantas ella sola iba a ser una tarea titánica, pero ya no podía dar marcha atrás. Necesitaba ese dinero.
Tras despedirse de su amiga, quien debía subir al escenario para el último ensayo general, Chloe se cambió de ropa y arrastró el pesado carrito de limpieza. Con el mapa del lugar y una lista interminable de tareas, comenzó su jornada. Pasó las primeras horas repasando cada barandilla de bronce y las alfombras de los pasillos superiores.
A eso de las diez de la noche, sus obligaciones la llevaron a la parte trasera de los palcos del ala sur. Abajo, en el escenario principal, el ensayo estaba en pleno apogeo bajo la luz de los reflectores. Chloe detuvo su mopa un momento, oculta entre las sombras del segundo piso, maravillada por la escena. Los actores se movían con elegancia, y en el escenario estaba Natalie, interpretando su papel de manera deslumbrante.
Desde la tercera fila, la silueta imponente de Elías dirigía el ensayo. Su voz resonaba fuerte en el espacio vacío, corrigiendo la postura de los actores y exigiendo absoluta perfección en cada movimiento.
En ese momento, Natalie titubeó antes de decir una de sus líneas más complejas. Chloe, que había pasado semanas enteras en su pequeño departamento ayudando a su amiga a repasar el libreto una y otra vez hasta el cansancio, sintió el impulso de manera inconsciente. Con la mirada fija en el escenario y moviendo los labios al unísono con su amiga, Chloe susurró la línea de memoria en la penumbra del palco, imitando el tono dramático exacto.
Fue un murmullo casi imperceptible, una repetición automática fruto de haber memorizado el guion entero de tanto practicarlo en casa. Sin embargo, en la acústica perfecta de un teatro diseñado para amplificar el más mínimo suspiro, el eco de su voz viajó suavemente hacia abajo.
Elías levantó la cabeza de golpe hacia los palcos superiores. Sus ojos escanearon su entorno. Chloe reaccionó de inmediato, dándose cuenta de lo que había hecho; se ocultó rápidamente detrás de una cortina, deseando no haber sido vista. Elías, intrigado, entrecerró los ojos, pero tras unos segundos de silencio, sacudió la cabeza y ordenó continuar el ensayo.
Para la medianoche, el ensayo había terminado y el elenco se había marchado. El cansancio crónico que Chloe ya arrastraba empezó a pasarle factura, nublándole los reflejos mientras limpiaba. El escenario estaba en penumbras, iluminado únicamente por una bombilla de servicio. Tomó una brocha limpia para sacudir el polvo.
—Espero que esa brocha no tenga restos de solvente, señorita Benneth. No toleraré manchas en mi escenografía.
La voz inesperada de Elías resonó desde la oscuridad de las primeras filas. No se había ido con el resto de los actores; seguía allí trabajando en sus libretos.
Chloe dio un brinco del susto. Al retroceder bruscamente por la sorpresa, su pie se enredó con la base de la escoba que había dejado de lado. Perdió el equilibrio por completo. Sus brazos se agitaron en el aire, golpeando con fuerza un bote de laca brillante que los de escenografía habían dejado mal cerrado.
Un espeso chorro de laca transparente aterrizó directamente sobre las solapas y la manga de Elías, mientras que el resto salpicó los libretos impresos que él traía sujetos bajo el brazo.
Chloe se sostuvo a duras penas de una columna, con el corazón latiendo a mil por hora. Elías bajó la mirada hacia su abrigo arruinado y luego hacia las hojas de su guion, que comenzaban a pegarse unas con otras de forma permanente.
