Capítulo 6 Capítulo 6: El juego del escondite.
—¿Acaso tiene algo contra mi persona? —preguntó él quitándose el abrigo con brusquedad.
—¡Usted apareció de la nada! —se defendió Chloe—. No es mi culpa que disfrute asustar a la gente mientras trabaja.
Elías enarcó una ceja, pero no se ablandó.
—Este es mi escenario —replicó él, dando un paso hacia ella y mostrando los libretos completamente arruinados—. Acaba de destruir tres horas de anotaciones de dirección. ¿Va a decirme que tengo la culpa por estar aquí haciendo mi trabajo?
Chloe tragó saliva. Sabía que esta vez no podía escudarse en el mal humor del día anterior.
—Puedo... puedo ayudarle a transcribir todo de nuevo. Si aún se ven algo de lo escrito—ofreció ella en un hilo de voz dudando por el estado de las hojas que aun hubiera algo que hacer—. Lamento lo del abrigo.
Elías la observó fijamente, midiendo su reacción. Dejó los papeles inservibles sobre la mesa y se cruzó de brazos.
—No toque mis documentos, Benneth. Ya causó suficiente daño por hoy —sentenció—. Le sugiero que termine aquí y se retire por hoy. Arthur firmó su contrato, pero recuerde que yo estaré aquí todas las noches. Si vuelve a entorpecer mi trabajo, ni el mismo Arthur la salvará. ¿Quedó claro?
Chloe apretó los labios y asintió.
—Perfectamente claro, señor. No volverá a pasar.
Elías tomó su abrigo arruinado con una mueca de fastidio y salió de la habitación, desapareciendo por el pasillo.
Pero Chloe no a diferencia de lo que él le había sugerido, no se fue a ningún lugar. Con el corazón galopando con fuerza, se apresuró a limpiar los restos de laca del suelo del escenario. Movía la mopa con una velocidad frenética por el pánico de que el estricto director regresara y la descubriera aun allí, confirmando que no había acatado su orden de marcharse de inmediato.
Dejó la superficie lo más impecable que las manos de una sola persona extenuada podían lograr a esas horas de la madrugada.
Satisfecha a medias y con los músculos protestando por el esfuerzo, enganchó la mopa en el pesado carrito de limpieza. Lo empujó con cuidado, intentando que las ruedas no hicieran ruido sobre el suelo, guiándolo hacia el clóset de mantenimiento al final del pasillo para guardar los utensilios y dar por terminada su caótica primera jornada.
Fue justo cuando metía la llave en la cerradura del clóset cuando un sonido nítido rompió el silencio del teatro.
Tap. Tap. Tap.
Unos pasos ajenos resonaban a la distancia, proviniendo exactamente de la misma dirección por la que Elías se había marchado.
El pánico la invadió por completo. Sin pensarlo dos veces, Chloe empujó la puerta del estrecho cuarto de mantenimiento, se coló dentro a toda prisa y la cerró casi por completo, dejando apenas una rendija milimétrica abierta.
Se quedó inmóvil como si fuera una estatua, aguantando la respiración. Temiendo que sus exhalaciones fueras lo suficientemente ruidosas para delatar su escondite, rodeada por el fuerte olor a cloro y desinfectante. A través de la pequeña abertura, sus ojos se fijaron en el pasillo iluminado a medias.
Pocos segundos después, la silueta de Elías apareció de nuevo. No traía los anteojos puestos, y su rostro trigueño lucía aún más severo y cansado. Llevaba el abrigo en mal estado sujeto con una mano y, al detenerse justo a unos metros del clóset, lo levantó para inspeccionarlo una vez más. Chloe pudo ver la profunda mueca de desagrado y frustración que cruzó las facciones del director al contemplar las indeseadas manchas brillantes que la laca había dejado en la fina tela. Era una prenda inservible.
Con un suspiro cargado de fastidio, Elías enrolló el abrigo de manera brusca, convirtiéndolo en una bola amorfa, y lo arrojó sin la menor consideración dentro de un cesto de basura que se encontraba en el pasillo. Tras deshacerse de él, se acomodó el chaleco y continuó su camino a hacia la salida principal, desapareciendo definitivamente, o al menos, eso esperaba la chica.
Chloe aguardó en silencio. Pasaron uno, dos, tres minutos en los que solo se escuchaba el zumbido del sistema de ventilación del edificio a través de la rejilla sobre su cabeza. Cuando estuvo completamente segura de que no volvería a escuchar los pasos de Elías, empujó la puerta del clóset con suavidad y salió con cuidado al pasillo.
Se quedó de pie frente al cesto de basura, debatiéndose internamente. Miró hacia la salida y luego hacia el contenedor. Al final, la culpa fue más grande que su deseo de ser indiferente y dejar las cosas tal y como estaban. Se inclinó, extendió las manos y, con cuidado, levantó el abrigo de Elías del fondo del cesto. Al tacto, la tela era agradable al tacto, lo que la hizo reprenderse al caer en cuenta de lo costoso que debía de ser el abrigo, arruinado con una gran costra pegajosa que empezaba a formarse.
Apretó la prenda contra su pecho, esperando de todo corazón no equivocarse por la decisión que acababa de tomar. Con cuidado, guardó el abrigo en su mochila, se aseguró de dejar todo bajo llave y se apresuró a salir del edificio antes de que la noche se volviera más peligrosa.
Caminó a paso rápido por la acera vacía, devorada por la prisa de llegar a la parada de autobuses. Al cruzar la esquina exterior del gran teatro, iba tan concentrada en sus propios pensamientos que no se dio cuenta de lo cerca que estuvo de ser describiera. Elías y ella casi se encuentran de frente una vez más; apenas una fracción de segundo y el muro de la esquina los separó.
Él iba de vuelta, abriendo la puerta con su propia llave entrando de nuevo al teatro con ambas manos metidas en el bolsillo del pantalón, encogiéndose de hombros en un intento por abrigarse un poco del clima fresco y traicionero del exterior.
Elías caminó de vuelta por el pasillo interno hasta llegar al contenedor de basura. Se detuvo frente a este, dispuesto a recuperar su prenda, pero se extrañó de gran manera al mirar el fondo del cesto: su abrigo ya no estaba donde lo había tirado hacía apenas unos minutos.
