Capítulo 4 El veneno puede ser un buen regalo.
CLEMENTINE
Los días siguientes a la escena del café fueron una procesión de silencios incómodos y correcciones técnicas en la oficina. Julian no volvió a mencionar mi pasado, pero su forma de mirarme cambió; ahora me observa como quien estudia un plano buscando una falla para así poder tener excusa de tocar.
Llego a mi apartamento, un ático lujoso en el Upper East Side que, a pesar de su belleza, siempre se siente demasiado grande y demasiado frío.El silencio es mi único compañero, hasta que veo una caja negra sobre la encimera de la cocina.
No recuerdo haber comprado nada.
Me acerco con cautela. No hay nota, solo el emblema de una de las boutiques más exclusivas de la Quinta Avenida. Al abrirla, la seda se desliza entre mis dedos como agua. Es un vestido de un verde bosque profundo, casi negro, con una caída impecable que nada tiene que ver con las carpas grises que suelo usar.
Debajo del vestido, una pequeña tarjeta con una caligrafía angulosa y firme:
"La gala de mañana es a las ocho. Si apareces con ese traje de oficina que parece heredado de tu abuelo, me encargaré personalmente de que la seguridad no te deje pasar por atentar contra el buen gusto. Hazle un favor al mundo, Vanderbilt." — J.B.
Siento que la sangre me hierve. No es un gesto amable. Es una bofetada a mi autonomía, una crítica mordaz a mi forma de protegerme del mundo.
Julian Blackwood no me ha enviado un regalo; me ha enviado un desafío envuelto en seda.
—Imbécil —susurro, apretando la tela entre mis manos.
Él no entiende. No entiende que mi ropa es mi escondite. Él cree que la vida es una pasarela donde el más fuerte y el mejor vestido gana. No sabe lo que es querer desaparecer para que nadie te ponga una mano encima.
Lanzo la caja a un lado y me encierro en mi estudio secreto. Allí, frente a un lienzo donde los colores explotan en formas que nadie más ve, trato de olvidar su letra, su aroma y la forma en que su voz retumbó en mi oficina aquella noche. Pero el verde del vestido es exactamente el mismo verde que acabo de mezclar en mi paleta.
JULIAN
El salón de la gala benéfica está lleno de gente que detesto. Mi tía, una mujer que vive de los escándalos ajenos y del champán caro, se acerca a mí con una sonrisa que me dice que ya ha bebido tres copas de más.
—Julian, querido, he oído que estás pasando mucho tiempo con la mayor de los Vanderbilt —dice, ajustándose las perlas—. Una mujer... peculiar, ¿no crees? Tan gris. Tan... silenciosa. Es como un mueble antiguo que nadie sabe dónde poner.
—Es más útil que la mitad de las personas en esta sala, tía —respondo, mirando por encima de su hombro hacia la entrada—. Al menos ella sabe cómo funciona un contrato de derivados.
—¡Oh, qué romántico! —se burla ella—. Hablas de finanzas como si fueran versos. Pero admítelo, le falta esa chispa que los Blackwood necesitamos.
Me muerde la mandíbula. No estoy aquí por romance, estoy aquí porque la alianza con su familia es vital para mi próximo movimiento en la bolsa. O eso es lo que me digo mientras mis ojos escanean la puerta, esperando ver ese espantoso traje gris que tanto me irrita.
Entonces la veo.
No lleva el traje gris. Pero tampoco lleva el vestido verde que le envié.
Clementine entra caminando con la rigidez de alguien que se dirige a un tribunal. Lleva un vestido azul marino, de un corte conservador, cerrado hasta el cuello y de una talla que, una vez más, desdibuja su figura. Su cabello está tan apretado en ese moño que parece que le duele respirar.
Me abro paso entre la multitud, ignorando a los socios que intentan detenerme. Llego a ella justo cuando toma una copa de agua de una bandeja.
—Eres una mujer terca, Vanderbilt —le digo al oído, lo suficientemente cerca para ver cómo se tensa.
Ella da un salto, casi derramando el agua. —Señor Blackwood. Le dije que no aceptaría sus... sugerencias de vestuario.
—Era un regalo de diez mil dólares, Clementine. Podrías haberlo usado aunque sea para limpiar el polvo —suelto con desdén, aunque por dentro me molesta que haya preferido esconderse otra vez—. ¿Tanto miedo tienes de que alguien se de cuenta de que eres una mujer hermosa?
Ella se gira hacia mí, y por primera vez veo una grieta en su timidez. Sus ojos verdes brillan con una mezcla de rabia y algo que se parece mucho al agotamiento.
—No tengo miedo de ser hermosa, Julian —sisea en voz baja para que nadie nos oiga—. Tengo miedo de que hombres como tú crean que, por el simple hecho de serlo, tienen derecho a decirme qué hacer, qué vestir o cómo sentirme. Quédese con su ropa y con su arrogancia. Yo estoy aquí para trabajar.
Se da la vuelta para alejarse, pero en su prisa, no ve al camarero que viene en dirección contraria. El choque es inevitable.
El estruendo de los platos rompiéndose contra el suelo de mármol silencia la música del salón. Clementine trastabilla, y esta vez antes de que pueda caerse o esconderse, mi mano se cierra sobre su brazo para sostenerla.
La gente empieza a susurrar. Los flashes de los fotógrafos de la prensa captan el momento: la heredera de los Vanderbilt, desaliñada y en medio de un desastre, sostenida por el heredero de los Blackwood.
—Suéltame —susurra ella, con el rostro rojo de la humillación.
—Si te suelto, te caes —le respondo, sintiendo el calor de su brazo bajo la tela de su vestido—. Y en mi empresa no dejamos que nuestros socios se hundan en público. Camina. Ahora.
La guío hacia una de las salidas laterales, lejos de las miradas juiciosas de su familia y de las risitas de mi tía. Ella no pelea, está demasiado ocupada tratando de no llorar delante de trescientas personas.
Al salir a la terraza, el aire frio de la noche nos golpea. Ella se suelta de mi agarre de un tirón y se apoya en la barandilla, temblando.
—Esto es un desastre —dice tapándose la cara con las manos—. Mañana estaré en todas las redes sociales y noticias. Mi padre va a...
—Tu padre puede irse al infierno —la interrumpo, sacando mi encendedor—. Lo que importa es que dejes de disculparte por existir.
Me quedo allí, fumando en silencio mientras la observo desmoronarse y recomponerse en cuestión de segundos. No es afecto lo que siento, es una irritaciónn profunda porque no entiendo por qué alguien con tanto fuego dentro se empeña en vivir en las cenizas.
—¿Por qué me mandaste el vestido? —pregunta de repente, sin mirarme.
—Porque odio el desperdicio de color —respondo con sinceridad brutal—. Y porque quería ver si tenías las agallas de llevarlo. Ya tengo mi respuesta.
Ella levanta la vista, y bajo la luz de la luna, su rostro se ve más joven, más vulnerable. —No todo el mundo puede permitirse ser tan descarado como tú, Julian. Algunos tenemos que vivir con las consecuencias de nuestros errores.
—Entonces comete errores nuevos —le digo, dando un paso hacia ella—. Porque los viejos te están matando lentamente.
