Capítulo 6 Sombras

***JULIAN ***

Llegamos a su edificio en el Upper East Side. Es un bloque de piedra caliza que grita dinero viejo y soledad. Clementine apenas puede mantener los ojos abiertos cuando detengo el motor. No dice nada, pero cuando intento ayudarla a salir, aparta mi mano con un manotazo torpe que casi me golpea la cara.

—Puedo... yo puedo —balbucea, tropezando con sus propios pies.

—Claro que puedes, por eso casi te tragas el pavimento —gruño, rodeando su cintura con mi brazo antes de que termine en el suelo mojado.

Ella es suave. A pesar de todas las capas de lana y seda rígida, su cuerpo tiene una elasticidad que no esperaba. Al entrar en su apartamento, el aire huele a cera de muebles, a limpieza obsesiva y ha un vacío que me revuelve el estómago. Es un lugar hermoso, decorado con un gusto exquisito y frío, como una página de revista de arquitectura donde nadie vive realmente.

—Vete, Julian —dice ella mientras se apoya en la encimera de mármol de la cocina—. Ya cumpliste con tu cuota de... de ser un caballero grosero.

—No me voy a ir hasta que te tomes un vaso de agua y dejes de parecer un fantasma —respondo, moviéndome por su cocina como si fuera mía. Abro la nevera: agua mineral, yogur griego y poco más. Un desierto.

Le sirvo el agua y ella se la bebe de un trago, mirándome con una mezcla de desafío y cansancio. El alcohol ha hecho que sus mejillas se tiñan de un rosa que la hace parecer diez años más joven, y su cabello, ahora totalmente suelto, es un caos de oro que me pica la curiosidad.

—¿Qué? —pregunta ella, notando mi escrutinio—. ¿Vas a decirme que mi cocina también es aburrida?

—Iba a decir que este lugar es una tumba, Clementine. Pero supongo que combina con tu ropa.

Ella suelta una risa corta, seca. —No tienes idea. No sabes nada. Crees que porque tienes veintiocho años y el mundo a tus pies puedes juzgarlo todo.

De repente, se da la vuelta y camina hacia el pasillo del fondo con un paso sospechosamente firme para alguien que ha bebido tres botellas de Chardonnay entre toda la mesa.

—¡Espera! ¿A dónde vas? —La sigo, ignorando la voz en mi cabeza que me dice que debería irme ahora que está a salvo.

—A mi mundo real —suelta ella por encima del hombro.

Se detiene frente a una puerta de madera maciza que tiene un candado electrónico. Teclea un código con dedos rápidos y la puerta se abre con un clic que resuena en el pasillo silencioso. Entra y, por un segundo, se queda en el umbral, mirándome como si estuviera decidiendo si dejarme entrar a su mente o echarme de su vida para siempre.

—Pasa —dice finalmente—. Pero si te ríes, te juro que encontraré la forma de arruinar tus acciones antes de que salga el sol.

Entro. Mis pulmones se llenan de un olor que no tiene nada que ver con el resto del apartamento. Óleo, aguarrás, lino húmedo y algo terrenal.

Es un estudio. Las paredes están cubiertas de lienzos, algunos terminados, otros son solo explosiones de color inacabadas. No son paisajes aburridos ni retratos de familia. Son figuras abstractas, cuerpos que parecen gritar, cielos que sangran en tonos de naranja y violeta que nunca he visto en Nueva York. Es violento, es hermoso y es... ella.

—Tú hiciste esto —no es una pregunta, es una revelación.

Clementine se acerca a un lienzo grande en el centro de la habitación. Se quita el saco gris, tirándolo al suelo sin mirarlo, y se queda solo con la blusa blanca manchada de aquel café y ahora un poco de vino. Se ve desordenada, descalza y, por primera vez, real.

—Es mi pecado —dice ella, acariciando el borde del marco con una ternura que nunca ha mostrado en la oficina—. Mi padre dice que es una pérdida de tiempo. Mi ex-prometido... bueno, él decía que era una distracción de mis deberes. Así que lo hago aquí. A escondidas. Como si fuera una criminal.

Se gira hacia mí, y la timidez ha desaparecido. Sus ojos verdes brillan con la intensidad del alcohol y de la verdad desnuda. Se acerca a mí, invadiendo mi espacio, y por primera vez soy yo el que se queda sin palabras.

—¿Sabes qué es lo más gracioso, Julian? —dice, apoyando un dedo sobre mi pecho, justo sobre mi corazón—. Que tú crees que eres el único que sabe romper las reglas. Pero yo las rompo todas las noches en este lienzo, y luego me pongo mi máscara gris para que el mundo no me queme.

—¿Y por qué te escondes? —mi voz sale más ronca de lo habitual. La tengo tan cerca que puedo ver las pequeñas motas doradas en su iris—. Tienes un talento que la mitad de las galerías de Soho matarían por tener.

—Porque el talento es peligroso —susurra ella, y su mano sube por mi pecho hasta mi cuello—. Porque si la gente ve lo que siento, pueden usarlo en mi contra. Me pueden... romper. Otra vez.

No soy un hombre de consuelos. Soy un hombre de impulsos. Pero verla así, con la guardia baja, con el olor de la pintura y el vino mezclándose en el aire, hace que algo en mi interior se tense hasta el punto de rotura. No es solo deseo, es una curiosidad abrasadora por la mujer que ha estado escondiendo un incendio bajo una capa de hielo.

—Nadie va a romperte, Clementine —digo, y mi mano se cierra sobre su nuca, mis dedos enredándose en su cabello rubio—. No mientras yo este mirando.

Ella suelta un suspiro entrecortado, una mezcla de sollozo y risa, y se inclina hacia mí. Sus labios están a milímetros de los míos, y el mundo exterior, los Vanderbilt, los Blackwood y el escándalo de la cena, dejan de existir. Solo queda el rastro del óleo en el aire y la tensión de dos polos opuestos que están a punto de colisionar.

—Eres un mentiroso —murmura ella contra mi boca—. Pero eres el único que no me mira como si fuera un balance contable.

Antes de que pueda responder, ella rompe la distancia. El beso sabe a vino dulce y a una necesidad desesperada que me golpea como un tren de carga. No es un beso delicado; es un choque de dientes y lenguas, una urgencia que me hace empujarla suavemente contra la mesa de sus pinceles, haciendo que varios caigan al suelo con estrépito.

Sus manos se aferran a mis hombros con una fuerza sorprendente, y por un momento, olvido que ella es la virgen de hierro y yo soy el tiburón. Solo somos dos personas tratando de no ahogarse en sus propios secretos.

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