Capítulo 4 Capítulo 2
Tragué en seco mientras las manos comenzaban a temblarme.
—¿Irme? —le pregunté presa del pánico.
La muy perra asintió.
—Esta es mi casa, no voy a irme a ningún lado —dije, esta vez enojada—. No sé qué rayos se te ha metido en la cabeza pero mi padre…
—Tu padre ya no está —me interrumpió—. Y este negocio está sobre mis hombros. Estamos a punto de ir a la ruina, Bianka. Necesitamos el dinero que el señor Snow nos ofrece.
El susodicho se mantiene en silencio jugueteando con los adornos del escritorio mientras yo siento unas enormes ganas de matarlo a él y de paso a mi madrastra.
—¿Me estás vendiendo a un completo desconocido? —custioné totalmente indignada.
Era el colmo, mi padre le había entregado todo lo que teníamos, había confiado mi educación a una mujer que ahora me entregaba a otra persona por dinero. La rabia y la ira me invadieron, aún así intenté mantenerme tranquila, le tenia un respeto a mi madrastra por todo lo que había hecho por mi.
—Bianka, es solo por un tiempo, serás su empleada. Él firmará este contrato en el que se compromete a cuidarte y a no tocarte ni un solo pelo, iré a visitarte cada vez que pueda.
—¡¿Pero te estás escuchando?! —grité perdiendo la compostura.
Me sentía totalmente usada y sin importancia. Como un maldito objeto que podía pasar de una mano a otra. Sin valor, sin respeto, como papel que usas y luego desechas.
—Necesitamos ese dinero, este es el patrimonio de tu padre, no puedo dejar que se destruya.
—¿Y para eso tienes que destruirme a mi? —le pregunté con las lágrimas a punto de salir.
Delle se puso de pie, rodeó la mesa y se acercó a mi. Sus manos tomaron mi rostro y depositó un beso en mi frente.
—Eres como una hija para mí, sería incapaz de hacerte daño, Bianka —una lágrima cayó por su mejilla—. Tienes veintiún años y sigues viviendo aquí, te alimento, te visto y pago tus estudios, sin que eso se convierta en una molestia.
El corazón se me afligió al ver su rostro lleno de tristeza. Era cierto que desde que desde la muerte de mi padre, se convirtió en mi tutora y aún después de cumplir dieciocho seguía cuidando de mi como si fuese una niña pequeña.
—Si no haces esto nos iremos a la calle —me adviertió con ojos llorosos.
Miré al hombre desconocido que seguía de espaldas a nosotros y en un total silencio. Estaba esperando una respuesta, no le importaba en absoluto nuestra conversación, solo cumplir su objetivo y marcharse.
—¿Sólo serán unos meses? —pregunté dudosa y Delle asintió.
—Por supuesto, luego regresarás y todo volverá a la normalidad.
Solté un suspiro. Se lo debía, por todo lo que había hecho por mí. Ella merecía que cumpliera con cualquier cosa que me pidiera.
—¿Sólo seré su sirvienta? —cuestioné.
—Limpiarás, lavarás, cocinarás para él, nada más, mi niña —me explicó ella—. Si te hace algo yo misma lo mato.
Volví a suspirar, miré a Delle y luego al hombre. Relajé los hombros y miré el reloj en la pared que marcaba las siete. Ya era momento de abrir el burdel.
—Acepto —solté antes de siquiera pensarlo—. Pero como esto salga mal…
—Iré por ti —me respondió.
El hombre se puso de pie y se giró hacia nosotras, su mirada se encontró con la mía y era tan intimidante que la aparté de inmediato y observé el suelo.
—Bien —dijo—. He firmado los papeles mientras debatían. Ahora podemos irnos.
Sin dejarme despedirme tomó mi mano y me hizo caminar con él por las escaleras hacia la parte baja del burdel. Las lágrimas cayeron por mis ojos mientras caminaba detrás suyo con la cabeza gacha. Escuché a Delle a lo lejos desearme buena suerte y decirme que pronto iría a visitarme. Mi cuerpo temblaba con pequeños espasmos y una sensación de soledad y miedo invadió mi cuerpo.
Al salir del burdel un auto nos esperaba, él hombre montó delante y yo en la parte trasera. Continué con mi cabeza baja mientras dejaba las lágrimas salir. Era el momento de desahogarme, una vez allí, debía cumplir con sus órdenes para poder regresar pronto a casa. Mi padre me protegería desde donde quiera que se encontrase. No iba a ser tan malo, esperaba, solo debía hacer las tareas domésticas y con un poco de suerte en un mes estaba de regreso y le habría devuelto a Delle todo lo que había hecho por mí.
Tomé varias respiraciones mientras intentaba calmarme. Debía ser fuerte y enfrentarme a todo lo que estaba por venir. No importaba que me encontrase sola con alguien desconocido, tenía que ser capaz de sobrevivir a las adversidades. Papá me lo había dicho antes de morir.
"No importa que tan malo sea, sigue de pie y con la cabeza en alto"
Sequé mis lágrimas con el dorso de mis manos y levanté la cabeza. Miré por la ventanilla del coche y un espeso bosque nos rodeaba. Mis ojos fueron al espejo retrovisor y admiré el rostro de mi nuevo jefe —me niego a llamarlo dueño—, sus ojos azules estaban fijos en la carretera concentrados.
Pasó una hora cuando una enorme casa apareció en el camino. Era majestuosa, con un espeso jardín al frente. Habían varios hombres fuera con armas y vestidos totalmente de negro. No sabía quién era este hombre pero por lo visto, tenía dinero y era alguien importante.
Salió del coche, abrió mi puerta y me ayudó a bajar. Todos estaban vestidos de forma elegante, miré mi blusa ancha y falda holgada, sin hablar de mis bragas húmedas por el orgasmo de hace un rato. Estaba horrible y me sentí intimidada.
—Entremos —me ordenó él.
No respondí solo lo seguí por los escalones de la entrada. La puerta fue abierta por uno de esos hombres vestidos de negro y luego nos adentramos por un pasillo hasta un enorme salón con varios muebles. Me quedé quieta mientras el siguió su camino. Seguramente mi mente me estaba jugando una mala pasada y por todo el shock de venir hacía aquí estaba viendo visiones.
No sólo estaba allí el hombre desconocido. Estaba viendo seis hombres más en ese salón. Todas sus miradas estaban posadas en mi. Estrujé mis ojos totalmente asustada.
—¿Qué te has traído a casa, Austros? —preguntó uno de ellos con una sonrisa pícara.
El hombre que me llevó hasta allí y que se llamaba Austros me miró con el semblante serio.
—Hermanos, ella es Bianka White, nuestra nueva empleada —anunció y mi cuerpo se estremeció.
No iba a ser solo su sirvienta, sino también la de sus seis hermanos.
«Excelente, Bianka, como si tu vida no pudiese empeorar más»
