Capítulo 5 Capítulo 3
Me quedé quieta, sin mover un músculo mientras los siete pares de ojos me detallaban de pies a cabeza. Me sentí abrumada por la sorpresa. La imagen que había creado en mi mente de un hombre al que ayudaría con las tareas domésticas, se desvaneció ante la realidad de siete hombres de diversas edades y personalidades esperándome en el salón. Mi corazón latía acelerado y cerré mis manos en puños intentando controlar el miedo. Ellos se mantuvieron en silencio y yo me preparé para en cualquier momento llamar a Delle y pedirle que fuera por mí. Aquello no era parte del trato, se suponía que solo trabajaría para Austros.
¿Cómo iba a sobrevivir conviviendo con siete hombres?
Mi cuerpo comenzaba a traicionarme y un ligero temblor casi imperceptible subió por mi espalda hasta mi cabeza. Tomé una profunda respiración e intenté aparentar calma. Finalmente ellos terminaron de observarme y uno se puso de pie. Di un paso hacia atrás por reflejo cuando lo vi con intenciones de acercarse a mí.
Era enorme. El hombre más alto y fuerte que había visto alguna vez. Tenía el cabello castaño claro recogido en un moño. Al contrario de sus hermanos, él llevaba un traje menos formal y parecía totalmente agotado mientras caminaba hasta mi. Sus ojos fueron a los míos y bajé la cabeza al instante. Él también me intimidaba, aún más que su hermano. Tenía un aura de peligro alrededor que mandaba alertas claras de que su cercanía significaba problemas. No sabía que esperar de estos hombres y el miedo a que intentaran dañarme me impedía razonar con claridad.
—¿Por qué carajos trajiste una mujer a esta casa, hermano? —lo escuché preguntar con enojo.
—Necesitamos ayuda, esto parece un basurero —respondió Austros.
Sentí un toque frío en mi barbilla y acto seguido una mano alzó mi mentón, los ojos cafés de aquel hombre hicieron que sintiera una ola de frío en mi interior. Carecían de expresión alguna.
—¿Bianka, no? —cuestionó y asentí con nerviosismo—. ¿Eres capaz de hacerte cargo del desastre de estos?
No respondí. Ni siquiera yo sabía si era capaz de sobrevivir a ellos.
—Gerión —otro de los hermanos habló y él se giró al instante—. Estoy de acuerdo con Austros, necesitamos ayuda femenina.
Él asintió y volvió su mirada a mi, manteniendo su expresión de frialdad y su mano en mi barbilla. En cualquier momento mi corazón iba a sufrir un colapso y caería desmayada ante ellos.
—Bien, Bianka —liberó mi barbilla y se alejó un poco para mirarme—. Mi hermano pagó por tus servicios y sería injusto hacerle perder dinero. Serás nuestra empleada.
Me quedé en silencio y llevé mirada por un segundo hacia Austros que sonrió con suficiencia. Los demás se mantuvieron en silencio observándonos. Gerión volvió a hablar.
—Soy el hermano mayor, Gerión Snow. Bienvenida a nuestra casa.
Asentí sin pronunciar palabra alguna mientras tragué en seco intentando controlar los nervios. Todos siguieron con sus miradas fijas en mi y tuve la sensación de ir cayendo por un precipicio. Él comenzó a presentarlos y yo mantuve mi mirada baja, apenas atreviéndome a alzar los ojos para echar un vistazo a los rostros desconocidos que me rodeaban.
—Ya conoces a Austros —me señaló a su hermano—. Ellos son: Balios —señaló al que intervino a favor de Austros—. Caelus, Deimos, Elais, Felis y yo, Gerión.
Cada palabra resonó en mi mente y traté de memorizar los nombres y memorizar los pocos rasgos que podía observar en sus miradas furtivas. El sonido de mis propios latidos llenaba mis oídos mientras luchaba por controlar mi respiración y mantener una expresión serena.
Balios era de cabello rubio y ojos avellanados, parecía ser el más joven de todos. Caelus era muy parecido a Austros pero llevaba el cabello corto como un militar. Deimos tenía ojos color miel, cabello rubio y tatuajes en sus brazos. Elais tenía una sonrisa luminosa con ojos café brillantes y el cabello castaño. Felis llevaba el cabello negro y ojos oscuros.
—Un placer conocerlos —logré decir sin tartamudear.
—Bienvenida, Bianka —dijo uno de ellos y al levantar la vista me encontré con el rostro agradable de Elais.
Gerión tomó una profunda respiración frente a mi, observó a sus hermanos y negó con la cabeza. Con grandes zancadas desapareció por la puerta dejándome sola con los seis hermanos restantes. Austros se puso de pie y caminó hasta mi.
—Bien, puedes respirar tranquila, ya has pasado lo peor —me dijo mientras rodeaba mis hombros con sus brazos.
Me alejé al instante de su tacto.
—Esto no era parte del trato, señor —le dije con voz temblorosa sacando la poca valentía que conservaba—. Se suponía que solo iba a ser su empleada.
Escuché las risas de sus hermanos y llevé mi mirada hasta ellos, el de los tatuajes: Deimos, me miró con una sonrisa.
—Ya aprenderá que Austros ama mentir, señorita White.
Regresé mi mirada y él rodó los ojos restándole importancia a las palabras de su hermano.
—Bien, hora del resumen —dijo Austros—. Gerión, es el hermano mayor, el amargado cómo pudiste notar y el jefe de la casa, lo que diga Gerión es la ley. Luego le sigue Deimos —el susodicho levantó la mano—.Se encarga de los asuntos legales de la familia, es él más inteligente de todos.
—Me siento halagado por tu descripción, hermano —añadió Deimos riendo.
Austros lo ignoró y siguió con su presentación.
—Luego estoy yo —pasó la mano por su cabello—. Como podrás observar, el más atractivo de los hermanos, Snow.
—Y también el más picaro, mentiroso y bromista —añadió el que reconocí como Caelus.
Me mantuve en silencio escuchando con atención las palabras de Austros mientras trataba de fijar los detalles de cada uno de ellos con la esperanza de que me sirvieran para poder llevar la fiesta en paz en el tiempo que trabajase allí.
—Luego le sigue Caelus —señaló al chico del corte militar que levantó su mano—. Es la mano derecha de Gerión, llegó hace un meses del ejército. Luego está Elais —el del cabello castaño alzó su mano—, que es el alma de la casa, le gusta mucho el arte, cada cuadro que hay por aquí fue obra suya. Felis, el de ojos grises como los míos, trabaja mano a mano junto a mi, y por último pero no menos importante Balios, nuestro hermano menor.
—¿De mi no dices nada? —preguntó él con enojo.
—Está enojado porque Gerión aún no lo deja entrar a los negocios —me susurró—. Eso sería todo, Caelus. ¿Puedes llevarla a su habitación?
El recién nombrado se puso de pie y caminó hasta mi. Sus ojos me escanearon de pies a cabeza —todos me llevaban varios centímetros de altura—. Me hizo una seña con la mano para lo que lo siguiera y caminé detrás suyo hacia una enorme escalera de piedra. En la planta de arriba habían varias puertas que imaginé eran sus habitaciones me llevó hasta el final donde había una puerta más pequeña que las anteriores.
—Esta es tu habitación —me anunció—. Mucha suerte.
Se dio la vuelta y me dejó sola. El enorme pasillo solo estaba iluminado por una pequeña luz tenúe. Lo observé alejarse y bajar las escaleras, entonces solté todo el aire que había estado conteniendo. Abrí la habitación y entré rápidamente cerrando detrás de mi. Me dejé caer al piso recargada de la puerta mientras sentía mi corazón latir angustiado.
«¿Qué estoy haciendo en este lugar?»
