Capítulo 1 Capítulo 1

Lilián

El sol de media mañana se filtraba entre las hojas de los árboles del campus como si quisiera recordarme que el mundo seguía siendo hermoso, aunque yo me empeñara en mirarlo a través de una grieta.

Ajusté la correa de la mochila sobre el hombro y aceleré el paso por el sendero que bordeaba el edificio de Humanidades. No era la ruta más corta hacia la biblioteca, pero era la más segura. La otra pasaba frente a la facultad de Economía, y Nick Kingsley tenía clases allí los martes a esa hora. Lo sabía porque, a pesar de todos mis esfuerzos, mi cerebro se negaba a olvidar su horario.

Odiaba eso de mí.

Odiaba aún más el pequeño salto que dio mi estómago cuando, al girar la esquina, creí ver un mechón oscuro entre la multitud. No era él. Solo un chico cualquiera con el pelo revuelto. Aun así, mi corazón necesitó tres segundos de más para volver a latir con normalidad.

Suspiré y seguí caminando.

Había perfeccionado el arte de evitarlo. Sabía qué cafeterías frecuentaba, qué bancas del jardín prefería, incluso qué puertas usaba para salir de los edificios. Durante los últimos dos años y medio había convertido la universidad en un mapa de zonas prohibidas. Y, sin embargo, cada vez que un banquete familiar o una obligación social nos obligaba a coincidir, el esfuerzo de meses se desmoronaba en segundos.

Porque Nick no necesitaba buscarme.

Bastaba con que estuviera en la misma habitación para que yo sintiera su presencia como una quemadura lenta bajo la piel.

—Te ves como si hubieras visto un fantasma —dijo una voz familiar a mi lado.

Volteé y encontré a Damián Walter caminando a mi ritmo, las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta negra. El sol le sacaba reflejos miel de los ojos y le acentuaba esa sonrisa perezosa que siempre lograba sacarme de mis pensamientos más oscuros.

—No fue un fantasma —murmuré—. Solo casi.

Él no preguntó de quién hablaba. No hacía falta. Damián sabía. Sabía desde hacía años.

Seguimos caminando en silencio durante unos metros. El campus estaba especialmente vivo esa mañana: risas, hojas crujiendo bajo los pies, el lejano sonido de alguien tocando la guitarra cerca de la fuente central. Un escenario demasiado perfecto para el nudo que llevaba en el pecho.

—¿Quieres hablar de eso o prefieres que finja que no noté cómo desviaste el camino completo solo para no pasar por Economía? —preguntó al fin, con esa suavidad que solo usaba conmigo.

Me detuve bajo un árbol de hojas doradas y dejé que la mochila se deslizara hasta el césped. Damián se apoyó en el tronco frente a mí, cruzado de brazos, esperando.

—No hay nada de qué hablar —respondí, aunque ambos sabíamos que era mentira.

Él alzó una ceja.

—Lilián.

Mi nombre en su boca siempre sonaba como un recordatorio de que no podía esconderme de él. No de verdad.

Bajé la mirada hacia mis manos. Las uñas estaban impecables, recién hechas. Una de las pocas cosas que todavía controlaba.

—Lo vi el viernes —confesé en voz baja—. En el banquete de los Harrington. Solo de lejos. Estaba hablando con Adeline cerca de la terraza y… se reían de algo. Ella le tocaba el brazo y él no se apartaba.

Damián no dijo nada. Solo esperó.

—Sé que es estúpido —continué, la voz un poco más áspera—. Sé que Adeline lleva tiempo con Ethan y que están bien. Sé que Nick no… que él no siente nada por ella de esa forma. O al menos eso dice todo el mundo. Pero cada vez que los veo juntos, algo dentro de mí se rompe igual. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si todavía tuviera quince años y estuviera escondida detrás de la puerta de la biblioteca de casa, escuchando cómo él le hablaba con esa voz suave que nunca usaba conmigo.

El recuerdo me golpeó con más fuerza de la que esperaba.

Cerré los ojos un segundo y el campus desapareció.

Tenía quince años. El jardín de la mansión Vance olía a jazmín y a tierra mojada después de la lluvia. Nick y yo estábamos sentados en el columpio viejo, empujándonos con los pies. Él me había tirado del pelo tres veces esa tarde y yo le había contestado con un empujón que casi lo manda al suelo. Nos odiábamos. O al menos eso creíamos.

Entonces Adeline salió de la casa con un libro bajo el brazo. Dieciséis años, el pelo castaño recogido en una coleta perfecta, esa sonrisa tranquila que siempre lograba calmar cualquier tormenta. Nick se bajó del columpio de inmediato. Le sostuvo el libro. Le preguntó si quería que le llevara algo de beber. Le habló con una amabilidad que yo jamás había recibido de él.

Yo me quedé balanceándome sola, sintiendo cómo algo pequeño y afilado se clavaba en el pecho.

Esa noche intenté decirle que me gustaba. Había ensayado las palabras frente al espejo durante días. Pero cuando lo encontré en el pasillo, él estaba riéndose de algo que Adeline le había contado. Y yo supe, con la certeza cruel de los niños, que no tenía ninguna posibilidad.

Guardé las palabras.

Y nunca más las saqué.

Abrí los ojos. Damián seguía mirándome, la mandíbula tensa.

—Odio que todavía me afecte —susurré—. Odio que después de tantos años, solo con verlo sonreírle a ella, yo quiera desaparecer.

Damián se pasó una mano por el pelo oscuro y soltó un suspiro largo.

—No es estúpido, Lil. Es humano. Te gustaba desde antes de que supieras lo que significaba gustar de alguien. Y él… él fue un idiota de niño. Y sigue siéndolo de adulto, solo que ahora de formas más sofisticadas.

Una risa amarga se me escapó.

—No es un idiota. Es… Nick. Frío. Intimidante. Perfecto en todo lo que hace. Y yo soy la hermana menor que siempre estuvo ahí, demasiado ruidosa, demasiado sarcástica, demasiado… yo.

—Eres exactamente suficiente —dijo él con firmeza—. El problema nunca fuiste tú.

Me miró de esa forma que solo él tenía: como si pudiera ver todas las grietas que yo intentaba cubrir con sonrisas y comentarios ácidos.

—¿Quieres que hable con él? —ofreció de repente.

Abrí los ojos de par en par.

—Ni se te ocurra.

—Solo digo...

—Damián. No. Él cree que somos… —no terminé la frase. El rumor era absurdo, pero nunca lo habíamos desmentido del todo. Era más fácil dejar que la gente pensara que estábamos juntos. Así nadie preguntaba por qué Damián siempre estaba a mi lado. Así Nick tenía una razón más para mantenerme a distancia.

O al menos eso me decía a mí misma.

Damián apretó los labios, pero no insistió. Sabía cuándo rendirse.

El silencio se instaló entre nosotros otra vez, cómodo y pesado al mismo tiempo. Un grupo de estudiantes pasó riéndose cerca. Alguien gritó el nombre de otra persona desde el otro lado del jardín. La vida universitaria seguía su curso, indiferente a los corazones rotos que caminaban entre sus edificios.

—Voy a estar bien —dije al fin, más para convencerme a mí que a él—. Solo necesito… no verlo. Evitarlo un poco más. Hasta que deje de doler.

Damián me miró con una tristeza tan profunda que casi me hizo apartar la vista.

—Llevas años diciendo eso, Lil. Y cada vez que lo ves, duele igual.

No respondí. Porque tenía razón.

Me agaché, recogí la mochila y me la volví a colgar al hombro. Él empujó el tronco del árbol con el pie y se puso a mi lado de nuevo. Caminamos juntos hacia la biblioteca, como tantas otras veces. Su presencia era el único lugar del mundo donde el peso en el pecho se volvía un poco más ligero.

Pero incluso con él a mi lado, una parte de mí seguía girando la cabeza cada pocas esquinas, buscando —y temiendo— encontrar unos ojos oscuros que me conocían desde que éramos niños.

Y que, a pesar de todo, todavía tenían el poder de destrozarme con solo existir.

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