Capítulo 10 Capítulo 10
Lilián
El miércoles por la tarde el campus olía a tierra mojada y a hojas aplastadas.
Había llovido durante el almuerzo y los senderos estaban llenos de charcos que reflejaban el cielo todavía nublado. Yo caminaba con prisa hacia el edificio de la biblioteca, la mochila colgando de un solo hombro y los auriculares puestos aunque, una vez más, no sonaba ninguna canción. Era solo una barrera. Una más. Después de lo ocurrido en las escaleras el día anterior, sentía que necesitaba todas las que pudiera conseguir.
Nick me había pedido hablar. Sin pelear.
Y yo había huido.
La cobardía me sabía amarga en la boca.
Giré en la esquina del edificio de Ciencias exactamente en el momento en que él salía por la puerta lateral.
El mundo se detuvo durante un segundo completo.
Nick llevaba una camisa oscura arremangada hasta los codos y el pelo todavía un poco revuelto por el viento. En una mano sostenía una carpeta negra. En la otra, el teléfono. Cuando levantó la vista y me encontró, algo en su expresión cambió. No fue sorpresa. Fue peor. Fue reconocimiento. Como si hubiera estado esperando exactamente este cruce.
Me detuve sin querer. Él también.
Los estudiantes pasaban a nuestro alrededor, ajenos, hablando de exámenes y fiestas de fin de semana. Nadie parecía notar la tensión que se había instalado de pronto entre los dos, espesa como la humedad que todavía flotaba en el aire.
—Lilián —dijo él. Mi nombre en su boca sonó más bajo de lo necesario, más íntimo.
—Nick —respondí, odiando lo poco firme que salió mi voz.
Hubo un silencio incómodo. Él guardó el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón sin dejar de mirarme. Yo ajusté la correa de la mochila solo para tener algo que hacer con las manos.
—¿Vas a la biblioteca? —preguntó al fin.
Asentí. No confiaba en mi voz lo suficiente como para añadir nada más.
—Yo también —dijo. Y entonces, con una calma que me resultó casi sospechosa, añadió—: ¿Puedo caminar contigo?
La pregunta me desarmó. No era una provocación. No era una orden disfrazada. Era una petición simple. Peligrosamente simple.
Recordé las palabras de Anna. Recordé la conversación de las escaleras. Recordé la forma en que él había admitido que no sabía acercarse sin empujar.
—Está bien —escuché decirme a mí misma.
Empezamos a caminar. Uno al lado del otro. Con una distancia prudente de por medio que, aun así, se sentía demasiado pequeña. El silencio se extendió entre nosotros, cargado de todo lo que no decíamos. Cada vez que nuestros brazos casi se rozaban, yo sentía una corriente eléctrica subir por la piel.
—Sobre ayer… —empezó él después de un rato.
—No hace falta —lo interrumpí demasiado rápido.
—Sí hace falta —insistió, sin alzar la voz—. Te pedí hablar y tú te fuiste. No te culpo. Pero no voy a fingir que no pasó.
Me mordí el interior del labio. El edificio de la biblioteca se veía ya a lo lejos, demasiado cerca y demasiado lejos al mismo tiempo.
—No sé cómo hacer esto, Nick —admití en voz baja—. Cada vez que intentamos hablar terminamos… destrozándonos.
—Lo sé —dijo. Y por primera vez su voz sonó cansada. De verdad cansada—. Yo también. Pero estoy intentando algo diferente. Aunque se me dé como el culo.
La sinceridad me golpeó más fuerte que cualquiera de sus provocaciones anteriores. Aparté la vista hacia los charcos del sendero.
—¿Por qué ahora? —pregunté—. Después de tantos años… ¿por qué de repente quieres hablar sin pelear?
Él no respondió de inmediato. Escuché cómo soltaba el aire despacio, como si estuviera eligiendo las palabras con mucho cuidado.
—Porque seguirte desde lejos ya no es suficiente —dijo al fin—. Porque ver cómo te alejas cada vez que me acerco me está volviendo loco. Y porque anoche… —se interrumpió. Luego, más bajo—: Anoche me di cuenta de que si sigo empujándote, un día vas a desaparecer de verdad. Y no sé si podría soportarlo.
El corazón me dio un vuelco tan violento que casi me detuve. Lo miré de reojo. Su perfil estaba tenso, la mandíbula apretada, los ojos fijos en el camino. No parecía el Nick frío y dominante de siempre. Parecía alguien que estaba sosteniendo algo demasiado pesado con las manos desnudas.
Llegamos a la escalinata de la biblioteca. Me detuve. Él también. Ninguno de los dos dio el paso para entrar.
—No sé qué quieres que te diga —susurré.
—No quiero que me digas nada todavía —respondió—. Solo… no huyas. Aunque sea esta vez.
El viento levantó un mechón de mi pelo y me lo pegó contra los labios. Antes de que yo pudiera apartarlo, la mano de Nick se levantó. Se detuvo a milímetros de mi cara, como si de pronto dudara. Luego, con una lentitud casi dolorosa, apartó el mechón y lo colocó detrás de mi oreja. Sus dedos rozaron la piel de mi mejilla apenas un segundo.
Fue suficiente.
El aire se me atascó en la garganta. El calor de su piel se sintió como una marca. Él no retiró la mano de inmediato. Se quedó ahí, con los dedos todavía cerca de mi rostro, mirándome con una intensidad que me hizo sentir completamente expuesta.
—Nick… —mi voz salió apenas un soplo.
—Dime que no lo sientes —desafió en un murmullo—. Dime que cuando te toco no te pasa lo mismo que a mí.
Tragué saliva. Quería mentir. Quería empujarlo. Quería correr hacia la puerta de la biblioteca y esconderme entre los estantes hasta que el temblor de mis manos desapareciera. En cambio, me quedé quieta. Demasiado quieta.
—No puedo decir eso —confesé.
Algo oscuro y hambriento cruzó por sus ojos. Dio un paso más cerca. Ahora estábamos demasiado cerca. El olor a su colonia —madera, cítrico, frío— me envolvió por completo. Su pecho casi rozaba el mío. Podía sentir el calor que emanaba de él a través de la tela de mi chaqueta.
—Entonces no huyas —repitió, más bajo todavía—. No esta vez.
El mundo alrededor desapareció. No había estudiantes. No había charcos. No había rumor ni Damián ni años de distancia. Solo existía la forma en que él me miraba y la forma en que mi cuerpo respondía a esa mirada, traicionándome por completo.
Su mano bajó desde mi mejilla hasta el lateral de mi cuello. El pulgar rozó la línea de mi mandíbula. Yo no me aparté. No pude. El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.
—Lilián… —mi nombre sonó como una advertencia y una súplica al mismo tiempo.
Por un segundo pensé que me iba a besar. El aire entre nosotros se volvió eléctrico. Sus ojos bajaron a mi boca. La mía se abrió apenas, sin permiso. Él se inclinó un milímetro. Solo un milímetro.
Entonces alguien abrió la puerta de la biblioteca con demasiada fuerza y el momento se rompió.
Nos separamos como si nos hubieran quemado. Yo di un paso atrás, el pecho subiendo y bajando demasiado rápido. Nick cerró los ojos un segundo, como si estuviera reordenando algo dentro de sí, y cuando los abrió otra vez la máscara de control había vuelto… aunque no del todo.
—Ve a estudiar —dijo con voz ronca—. Antes de que haga algo de lo que después no pueda disculparme.
Asentí. No confiaba en mi voz. Me giré y subí las escaleras con las piernas temblando. Sentí su mirada clavada en mi espalda hasta que empujé la puerta de cristal y me metí dentro.
El aire acondicionado de la biblioteca me golpeó la cara como una bofetada. Me apoyé contra la pared del vestíbulo, lejos de las miradas, y me llevé una mano al pecho. El corazón seguía desbocado. La piel de mi mejilla todavía ardía donde él me había tocado.
Había estado a punto de dejarme besar por Nick Kingsley en plena escalinata de la biblioteca.
Y lo peor no era eso.
Lo peor era que, por primera vez en años, no estaba segura de haber querido apartarme.
