Capítulo 2 Capítulo 2
Lilián
La biblioteca olía a papel viejo y a café recién hecho. Era uno de los pocos lugares del campus donde todavía lograba respirar con normalidad.
Me senté en mi mesa de siempre, la del fondo junto a la ventana que daba al jardín interior, y saqué el portátil. Damián se había quedado en la cafetería del primer piso “solo cinco minutos”, lo que en su lenguaje significaba al menos veinte. No me importaba. Necesitaba un momento a solas con mis pensamientos después de lo que le había confesado.
Abrí el documento de la exposición de Historia del Arte y miré la pantalla en blanco durante un rato demasiado largo. Las palabras no llegaban. En su lugar, la imagen de Nick riéndose con Adeline en el banquete del viernes volvía una y otra vez, como una herida que se negaba a cerrar.
Suspiré y apoyé la frente contra la palma de la mano.
¿Hasta cuándo iba a seguir haciendo esto? ¿Hasta cuándo iba a permitir que un hombre que ni siquiera me dirigía la palabra en condiciones tuviera tanto poder sobre mí?
La respuesta, amarga y verdadera, era simple: desde que tenía memoria.
—¿Otra vez pensando en el príncipe oscuro? —la voz alegre de Anna Cooper me sacó de golpe de mis cavilaciones.
Levanté la vista. Mi mejor amiga estaba de pie al otro lado de la mesa, el cabello rubio recogido en una coleta desordenada y una bandeja con dos cafés en las manos. Su sonrisa era la misma de siempre: amplia, traviesa y imposible de ignorar.
—No sé de qué hablas —mentí, aunque mi tono carecía de convicción.
Anna dejó un vaso frente a mí y se sentó sin pedir permiso, como hacía desde que teníamos ocho años.
—Por favor, Lil. Te conozco desde que te comías los mocos en el arenero. Sé perfectamente cuándo estás en modo “Nick Kingsley me destroza el alma en silencio”.
Me encogí de hombros y tomé el café. Estaba demasiado caliente, pero el ardor me ayudó a concentrarme.
—Solo fue un mal momento el viernes —murmuré—. Ya pasó.
—Claro. Por eso estás escondida en la esquina más lejos de la entrada y elegiste la ruta de los cobardes para llegar hasta aquí.
La miré con el ceño fruncido.
—¿Damián te lo contó?
—No tuvo que hacerlo. Te vi desviarte como si el edificio de Economía estuviera en llamas.
Solté una risa corta, sin humor.
—Es más fácil así.
Anna apoyó los codos en la mesa y me miró con esa seriedad que solo sacaba cuando de verdad le importaba algo.
—¿Y hasta cuándo va a ser “más fácil”, Lil? Llevas años evitando al chico. Años. Y cada vez que lo ves, aunque sea de lejos, vuelves a casa hecha un desastre. No es sano.
—Lo sé —admití en voz baja—. Pero ¿cuál es la alternativa? ¿Acercarme? ¿Hablarle? ¿Preguntarle por qué de niño me trataba como si fuera una molestia y a mi hermana como si fuera de cristal? No. Prefiero la distancia. Al menos la distancia no habla. No miente. No ilusiona.
Anna guardó silencio un momento. Luego estiró la mano y apretó la mía con suavidad.
—Mereces que alguien te mire como tú lo miras a él. Y no estoy hablando de Damián, aunque el pobre se desviva por ti de la forma más fraternal posible.
Sonreí a pesar mío. Damián era exactamente eso: el hermano que la vida me había regalado cuando más lo necesitaba. Después de la muerte de su hermana pequeña, yo me había convertido en su ancla. Y él, sin pedirlo, se había convertido en la mía.
—Damián es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo —dije con sinceridad—. No sé qué habría hecho sin él todos estos años.
—Lo sé. Y por eso mismo me da rabia ver cómo usas su amistad como escudo para no enfrentar lo que sientes por Nick.
Antes de que pudiera responder, el sonido de una silla arrastrándose nos hizo levantar la vista. Damián apareció con su propio café y una bolsa de croissants, dejándolos en la mesa con su habitual despreocupación.
—¿De qué hablan las dos bellezas? —preguntó, sentándose a mi lado.
Anna y yo intercambiamos una mirada rápida.
—De lo terrible que eres eligiendo croissants —respondió ella sin pestañear—. Siempre traes los de almendras y sabes que a Lil no le gustan.
Damián puso cara ofendida.
—Son los mejores y lo sabes.
La conversación se desvió hacia temas más ligeros: el examen de Anna de la semana siguiente, la fiesta que estaban organizando en la residencia de los juniors, el nuevo café que habían abierto cerca del campus. Por un rato logré relajarme. Reí de verdad. Olvidé, aunque fuera temporalmente, el peso que llevaba en el pecho.
Hasta que, al levantar la vista hacia la entrada de la biblioteca, lo vi.
Nick Kingsley estaba de pie junto a las puertas de cristal, hablando con Lucke Wilder. Alto, impecable, el cabello negro cayéndole un poco sobre la frente, la expresión seria de siempre. Llevaba una camisa oscura arremangada hasta los codos y tenía los auriculares colgando del cuello. Como si el mundo entero le perteneciera y él simplemente estuviera de paso.
Mi estómago se contrajo con violencia.
Aparté la mirada tan rápido que casi me dolió el cuello. Pero fue demasiado tarde. Durante una fracción de segundo, nuestros ojos se encontraron a través de la distancia.
No sonrió.
No hizo ningún gesto.
Solo me sostuvo la mirada con esa intensidad fría que siempre me dejaba sin aire.
Luego Lucke le dijo algo y Nick apartó la vista, como si yo no hubiera existido.
El croissant se me atragantó en la garganta.
—Lil —susurró Damián, notándolo al instante—. Respira.
Asentí, pero el aire no llegaba bien a los pulmones. Anna también se había dado cuenta. Su mano volvió a buscar la mía bajo la mesa.
—¿Quieres que nos vayamos? —preguntó en voz baja.
Negué con la cabeza.
—No. No voy a dejar que me eche de mi propio sitio.
Pero la mentira sabía amarga. Porque una parte de mí ya quería levantarse y salir corriendo por la puerta trasera. Ocultarme. Desaparecer. Todo con tal de no sentir otra vez esa mezcla venenosa de deseo y dolor que solo él provocaba.
Damián pasó un brazo por mis hombros y me atrajo un poco hacia él, un gesto protector que conocíamos de memoria. Al otro lado de la biblioteca, Nick y Lucke se dirigieron hacia las escaleras del segundo piso. No volvió a mirarme.
Y, aun así, el daño ya estaba hecho.
Me quedé quieta en mi silla, el café enfriándose entre mis manos, preguntándome cuántas veces más iba a tener que aprender a respirar después de cruzarme con él.
Y cuántas veces más iba a fingir que no me importaba.
