Capítulo 3 Capítulo 3

Nick

La vi.

Durante menos de dos segundos, pero fue suficiente.

Estaba sentada en la biblioteca, exactamente en la misma mesa de siempre, la del fondo junto a la ventana. El sol le golpeaba el cabello negro y le sacaba esos destellos azules que solo aparecían con cierta luz. Damián Walter tenía el brazo alrededor de sus hombros. Anna Cooper le sostenía la mano bajo la mesa. Y Lilián… Lilián me miró.

Solo un instante.

Luego apartó la vista como si yo fuera veneno.

Apreté la mandíbula con tanta fuerza que sentí el crujido en el oído. Lucke seguía hablando a mi lado, algo sobre el partido del sábado, pero su voz sonaba lejana, ahogada bajo el ruido sordo que me llenaba la cabeza.

Ella me había evitado. Otra vez.

Como llevaba haciendo desde que teníamos quince años.

Salí de la biblioteca sin esperar a que Lucke terminara la frase. El aire frío del pasillo me golpeó la cara, pero no sirvió de nada. La imagen seguía ahí: el brazo de Damián sobre ella, la forma en que ella se inclinaba ligeramente hacia él, esa confianza absurda que compartían y que todo el puto campus interpretaba como algo más.

El rumor de que eran pareja llevaba casi dos años circulando. Nunca lo habían desmentido. Y cada vez que lo escuchaba, algo dentro de mí se retorcía con violencia.

Subí las escaleras del edificio de Economía de dos en dos. Necesitaba movimiento. Necesitaba golpear algo. Necesitaba dejar de pensar en cómo la mano de ese hijo de puta tocaba lo que yo no podía ni mirar de cerca sin que ella saliera corriendo.

Llegué a mi apartamento cuarenta minutos después. Cerré la puerta de un golpe y me quité la chaqueta con movimientos bruscos. El silencio del piso era absoluto. Exactamente como lo necesitaba.

Caminé directo al estudio.

La habitación estaba en penumbra. Bajé la persiana solo un poco, lo suficiente para que entrara un hilo de luz dorada. En la pared izquierda, ordenados con precisión quirúrgica, colgaban los lienzos. Doce. Algunos a lápiz, otros al óleo. Todos de ella.

Lilián a los catorce, riendo con la cabeza echada hacia atrás.

Lilián a los dieciséis, mirando por la ventana de la biblioteca de su casa con esa expresión triste que nadie más parecía notar.

Lilián el año pasado, en el banquete de Navidad, con el vestido verde esmeralda que le hacía resaltar los ojos.

Ninguna de esas imágenes existía en el mundo real. Las había pintado de memoria. De obsesión. De las noches en las que el sueño se negaba a llegar y la única forma de calmar el ruido era plasmar su cara en algo tangible.

Abrí el cajón inferior del escritorio y saqué el cuaderno negro de tapa dura. El diario.

Lo había empezado a los diecisiete. Al principio solo eran notas sueltas. Después se convirtió en un registro meticuloso:

Prefiere el café con una sola cucharada de azúcar.

Odia las películas de terror, pero las ve si Damián insiste.

Se muerde el interior del labio inferior cuando está nerviosa.

Su perfume cambia según la estación: cítrico en verano, vainilla y sándalo en invierno.

Horario de la biblioteca: martes y jueves de 10:00 a 13:30. Siempre la misma mesa.

Pasé las páginas con el pulgar. Había fechas. Observaciones. Fragmentos de conversaciones que había alcanzado a escuchar desde lejos. Detalles que nadie más conocía porque nadie más la miraba con la misma desesperación.

Cerré el cuaderno de golpe.

El álbum estaba en el estante de arriba. No lo abrí. No hacía falta. Sabía exactamente qué había dentro: fotografías tomadas desde la distancia a lo largo de los años. Algunas borrosas. Otras nítidas. Todas secretas. Todas mías.

Me pasé las manos por la cara.

¿En qué momento se había torcido todo?

Recordaba con claridad los días en los que éramos niños. Yo la molestaba porque no sabía hacer otra cosa. Tirarle del pelo, esconderle los juguetes, empujarla al lago en verano. Y ella… ella me devolvía cada golpe con esa lengua afilada que ya tenía a los diez años. Me gustaba. Me gustaba demasiado. Pero Adeline era diferente. Adeline era tranquila, predecible, fácil de proteger. Con Lilián nunca supe cómo estar cerca sin terminar discutiendo.

Y entonces ella empezó a alejarse.

Primero fueron las sonrisas menos frecuentes. Después las conversaciones cortadas. Luego la distancia completa. Yo intenté acercarme de mil formas estúpidas: provocándola, buscándola en las fiestas, incluso pidiéndole consejos a Adeline. Nada funcionó. Cada intento terminaba en una discusión o en ella desapareciendo de la habitación.

Y mientras tanto, Damián Walter se convertía en su sombra.

Apreté los puños hasta que los nudillos dolieron.

No podía seguir así. No podía seguir mirándola desde lejos como un puto enfermo mientras otro hombre tenía el derecho de tocarle el hombro, de hacerla reír, de saber exactamente qué decirle cuando tenía los ojos tristes.

Agarré la llave del gimnasio y salí del apartamento sin molestarme en cambiarme de ropa.

El saco de boxeo del club privado fue lo único que me impidió destrozar algo más valioso. Golpeé. Una y otra vez. Los nudillos se abrieron. El sudor me quemaba los ojos. Cada impacto era una maldición dirigida a Damián, a mí mismo, a los años perdidos, a la forma en que ella me miraba como si yo fuera el enemigo.

Cuando por fin me detuve, el pecho me ardía y las manos temblaban.

Apoyé la frente contra el saco húmedo y cerré los ojos.

—Vas a terminar matándote, Kingsley —murmuré para nadie.

Pero la verdad era otra.

No me estaba matando a mí.

Me estaba matando la distancia.

Y la certeza de que, por mucho que la observara, por muchos diarios y pinturas y fotografías que acumulara… Lilián Vance seguía siendo la única persona del mundo a la que no sabía cómo alcanzar.

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