Capítulo 4 Capítulo 4

Lilián

El salón del Club Metropolitan brillaba con una luz dorada que parecía diseñada para hacer que todo —y todas— se vieran perfectos. Candelabros de cristal, manteles de lino blanco, el murmullo elegante de conversaciones que nunca alzaban demasiado la voz. Era el tipo de banquete al que mi familia no podía faltar: una recaudación de fondos para el hospital infantil que los Kingsley patrocinaban cada otoño. Obligatorio. Inevitable. Y, para mí, una tortura disfrazada de glamour.

Llevaba un vestido negro sencillo de tirantes finos y el cabello suelto, exactamente como me gustaba. Nada demasiado llamativo. Nada que invitara a comentarios. Aun así, sentía las miradas. Siempre las sentía. En estos círculos, ser una Vance significaba estar bajo un microscopio permanente.

—Deja de mirar la entrada como si esperaras que apareciera el diablo en persona —susurró Adeline a mi lado, ajustándome un mechón de pelo detrás de la oreja con esa ternura que solo ella lograba hacer sentir natural.

Sonreí por compromiso.

—Solo estoy asegurándome de saber por dónde escapar si la conversación se pone demasiado densa.

Mi hermana soltó una risa suave. Llevaba un vestido color champagne que le quedaba impecable y, como siempre, irradiaba esa calma que yo envidiaba en secreto. Ethan, su novio, estaba a unos metros hablando con mi padre. Se veían bien juntos. Estables. Fáciles. Todo lo que yo no sentía en ese momento.

—Vas a estar bien —me dijo Adeline, apretándome el brazo con suavidad—. Y si no, Damián ya está aquí para salvarte, como siempre.

Seguí su mirada. Damián estaba cerca de la barra de vinos, conversando con un par de chicos de su facultad. Cuando nuestros ojos se encontraron, me guiñó un ojo y levantó su copa en un brindis silencioso. La tensión en mis hombros bajó un milímetro.

Había llegado con él. Era más fácil así. Nadie cuestionaba por qué siempre aparecíamos juntos. El rumor de que éramos pareja llevaba tanto tiempo circulando que ya casi se había convertido en una verdad a medias que ninguno de los dos se molestaba en corregir. Me protegía. Y, en noches como esta, esa protección era lo único que me mantenía de pie.

Pasaron veinte minutos relativamente tranquilos. Saludé a las personas correctas, sonreí cuando correspondía, respondí preguntas sobre la universidad con la cantidad justa de entusiasmo. Anna apareció poco después, radiante en un vestido rojo que le quedaba espectacular, y me arrastró hacia un rincón menos concurrido.

—Lucke está aquí —me susurró, fingiendo interés en una bandeja de canapés—. Y se ve ridículamente bien. No mires ahora, pero está hablando con…

No terminó la frase.

No hizo falta.

Porque en ese preciso instante sentí la mirada.

No fue un escalofrío. Fue algo más profundo, más antiguo. Una conciencia instantánea que solo él provocaba. Giré la cabeza con la mayor naturalidad que pude fingir y lo vi.

Nick Kingsley acababa de entrar al salón.

Alto. Impecable. Vestido de negro de arriba abajo, la camisa sin corbata y el primer botón desabrochado, como si las reglas de etiqueta le importaran exactamente cero. El cabello oscuro le caía un poco sobre la frente y sus ojos —esos ojos casi negros que siempre parecían guardar tormentas— barrieron el salón con calma hasta encontrarme.

No apartó la vista.

Yo tampoco pude.

El aire se volvió espeso.

Anna murmuró algo que no escuché. Alguien se rió a mi derecha. El mundo seguía girando, pero yo estaba atrapada en esa mirada que duró demasiado y, al mismo tiempo, no lo suficiente.

Nick inclinó apenas la cabeza, un saludo mínimo, casi irónico, y luego se dirigió hacia donde estaban sus padres. Como si nada. Como si no acabara de atravesarme con los ojos de esa forma.

—Respira —dijo Damián a mi espalda. No había notado cuándo se acercó. Su mano se posó en la parte baja de mi espalda, un gesto protector y familiar—. Estoy aquí.

Asentí sin hablar. El corazón me latía demasiado rápido.

Durante la siguiente hora intenté fingir que todo estaba bien. Hablé con la esposa de un senador sobre arte contemporáneo. Reí ante un chiste mediocre de un compañero de clase de Adeline. Bebí una copa de vino blanco demasiado rápido. Pero cada cierto tiempo, sin poder evitarlo, mi mirada buscaba la suya.

Y cada vez que lo hacía, Nick ya estaba mirándome.

No de forma evidente. No de forma que otros pudieran notar. Era sutil. Peligroso. Como si estuviera esperando el momento exacto para acercarse.

Ese momento llegó durante el discurso del anfitrión.

Yo estaba de pie junto a una de las columnas de mármol, un poco apartada, cuando una voz grave y conocida sonó justo detrás de mí.

—Sigues eligiendo los rincones más oscuros, Vance.

Me giré despacio. Nick estaba a menos de un metro. Demasiado cerca. El olor a su colonia —madera, algo cítrico y frío— me envolvió de inmediato.

—Y tú sigues apareciendo donde no te llaman, Kingsley —respondí, manteniendo la voz baja y el tono lo más neutro posible.

Una sonrisa apenas perceptible curvó el extremo de sus labios. No llegó a los ojos.

—Es el banquete de mi familia. Técnicamente, tú eres la que está en territorio ajeno.

—Mi padre es uno de los principales donantes. Así que, técnicamente, tengo tanto derecho a estar aquí como tú.

Él dio un paso más cerca. No lo suficiente para que nadie lo notara, pero sí lo bastante para que yo tuviera que levantar un poco la barbilla para sostenerle la mirada.

—Damián no te quita ojo —comentó, casi en un murmullo—. Da la impresión de que le perteneces.

La forma en que dijo esa última palabra me hizo apretar la copa con más fuerza.

—Damián es mi amigo. Y a diferencia de otros, no necesita provocarme para llamar mi atención.

Los ojos de Nick se oscurecieron un tono.

—¿Amigo? —repitió con lentitud—. Qué conveniente. El rumor dice otra cosa.

—El rumor puede decir lo que quiera. A mí no me importa.

Mentira. Me importaba. Me importaba demasiado. Porque ese rumor era el único escudo que tenía contra él. Contra la posibilidad de que se acercara de verdad. Contra la esperanza idiota que todavía se negaba a morir del todo.

Nick inclinó la cabeza, estudiándome como si pudiera leer cada mentira en mi cara.

—Entonces dile que deje de tocarte como si tuviera derecho —dijo con voz baja, peligrosa—. Porque cada vez que lo hace, me dan ganas de recordarle que no lo tiene.

El corazón me dio un vuelco violento.

Antes de que pudiera responder, una mano familiar se deslizó por mi cintura.

—¿Todo bien aquí? —preguntó Damián, situándose a mi lado con una sonrisa educada que no llegaba a sus ojos. Miró a Nick directamente—. Kingsley.

—Walter —respondió Nick, sin moverse.

La tensión entre los tres era casi tangible. Varias personas cercanas empezaron a lanzar miradas discretas. El rumor volvía a alimentarse solo con nuestra presencia.

—Lilián y yo íbamos a buscar algo de beber —dijo Damián con calma, aunque noté cómo su mandíbula estaba tensa—. Si nos disculpas.

Nick no respondió de inmediato. Sus ojos se movieron de Damián a mí y de nuevo a Damián. Había algo oscuro en ellos. Algo que me hizo sentir un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del salón.

—Claro —dijo al fin, dando un paso atrás—. No los retengo.

Pero cuando pasé a su lado, su voz llegó solo a mis oídos, baja y afilada:

—Esta conversación no ha terminado, Lilián.

No me giré. No le di el gusto.

Damián me guió hasta un rincón más alejado, cerca de las puertas que daban al jardín interior. Solo cuando estuvimos lo suficientemente lejos, soltó el aire que había estado conteniendo.

—¿Qué te dijo? —preguntó en voz baja.

—Nada importante —mentí.

Él me miró con esa expresión que decía claramente que no me creía, pero no insistió. En su lugar, me pasó una copa nueva de vino y se quedó a mi lado en silencio, como una barrera silenciosa entre yo y el resto del mundo.

Desde el otro lado del salón, sentí la mirada de Nick otra vez.

No necesitaba verlo para saber que estaba ahí. Que me observaba. Que cada gesto de Damián a mi alrededor era registrado, analizado y guardado en ese lugar oscuro donde guardaba todo lo relacionado conmigo.

Apreté la copa entre los dedos y fingí prestar atención a una conversación cercana sobre inversiones inmobiliarias.

Pero por dentro solo podía pensar en las palabras que me había dicho.

Cada vez que lo hace, me dan ganas de recordarle que no lo tiene.

Y en lo mucho que odiaba —y necesitaba— que me hablara de esa forma.

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