Capítulo 5 Capítulo 5

Lilián

La cena se sirvió con la precisión de un reloj suizo. Platos que costaban más de lo que la mayoría de la gente ganaba en un mes, vinos que mis padres coleccionaban desde antes de que yo naciera, conversaciones que giraban en torno a fusiones empresariales, fundaciones benéficas y los próximos viajes a Europa. Yo sonreía cuando tocaba, asentía en los momentos correctos y movía la comida de un lado a otro del plato sin realmente probarla.

Damián estaba sentado a mi derecha. Su presencia era un ancla silenciosa. Cada vez que alguien mencionaba de pasada “la pareja tan unida” o lanzaba un comentario ambiguo sobre lo bien que nos veíamos juntos, él respondía con una sonrisa educada y desviaba el tema con una facilidad que yo envidiaba. El rumor no necesitaba más combustible, pero esa noche parecía haber encontrado gasolina nueva.

Desde el otro extremo de la mesa principal, Nick no apartaba del todo la mirada.

No era evidente. Nadie que no me conociera de verdad lo habría notado. Pero yo lo sentía. Cada vez que levantaba la vista, sus ojos oscuros estaban ahí, evaluándome, midiendo la distancia entre Damián y yo, registrando cada roce de su mano contra la mía cuando me pasaba la sal o me llenaba la copa.

Adeline, sentada tres sillas más allá, me lanzó una mirada preocupada en más de una ocasión. Conocía demasiado bien mi rostro. Sabía cuándo estaba fingiendo.

Cuando el postre llegó —una escultura de chocolate y frutos rojos que parecía demasiado perfecta para ser comida—, me excusé con una sonrisa educada y me dirigí hacia el jardín interior. Necesitaba aire. Necesitaba dejar de sentir esa presión constante en el pecho.

El aire de la noche era fresco y olía a jazmín y a tierra húmeda. Las luces del salón se filtraban a través de los ventanales, dibujando rectángulos dorados sobre el césped. Me apoyé en la barandilla de piedra y cerré los ojos un segundo, intentando ordenar el caos que llevaba dentro.

—Sabía que te encontraría aquí.

La voz de Anna me hizo abrir los ojos. Se acercó con dos copas de champagne y me ofreció una.

—Te ves como si acabaras de salir de una guerra —dijo sin rodeos, apoyándose a mi lado—. ¿Qué pasó con Kingsley?

Solté una risa corta, sin humor.

—Lo de siempre. Apareció, dijo algo que no debería haber dicho y se fue como si no hubiera pasado nada.

—¿Qué te dijo exactamente?

Vacilé. Las palabras de Nick todavía resonaban en mi cabeza con demasiada claridad.

—Que le molesta que Damián me toque. Que… que le dan ganas de recordarle que no tiene derecho.

Anna chasqueó la lengua.

—Ese hombre está obsesionado contigo y ni siquiera se da cuenta de lo obvio que es. O sí se da cuenta y simplemente no le importa.

—No está obsesionado —respondí demasiado rápido—. Está… molesto. Celoso de la idea de que alguien más tenga lo que él cree que le pertenece por algún motivo absurdo de infancia. Nada más.

Anna me miró de reojo.

—Lil. Te conozco. Y también conozco esa forma en la que te muerdes el interior del labio cuando mientes. Llevas años diciéndote que él siente algo por Adeline, pero cada vez que te mira… Dios, hasta yo siento la tensión desde el otro lado del salón.

Apreté la copa con más fuerza.

—Él trataba a Adeline como si fuera de cristal. A mí me tiraba del pelo y me empujaba al lago. Las cosas no cambian tanto.

—Las cosas cambian más de lo que crees —murmuró ella—. Solo que a veces nos negamos a verlo porque duele menos seguir creyendo la versión antigua.

Antes de que pudiera responder, escuché pasos detrás de nosotros. Me giré y encontré a Damián acercándose con las manos en los bolsillos y esa expresión serena que usaba cuando estaba evaluando una situación.

—Las buscaba —dijo, deteniéndose a mi lado—. Adeline preguntó si estabas bien. Le dije que necesitabas un respiro.

Anna le dedicó una sonrisa cómplice.

—Yo ya me iba. Tengo que rescatar a Lucke de una conversación sobre seguros de vida antes de que se muera de aburrimiento. Ustedes dos… no hagan nada que alimente más el rumor, ¿sí?

Se alejó con un gesto de la mano, dejándonos solos en la penumbra del jardín.

Damián se apoyó en la barandilla a mi lado. Durante un rato no dijo nada. Solo miramos las luces de la ciudad a lo lejos, el brillo lejano de los rascacielos que se recortaban contra el cielo nocturno.

—¿Quieres que nos vayamos? —preguntó al fin, con voz baja.

—Aún no. Si nos vamos ahora, va a parecer que huimos. Y no pienso darle esa satisfacción.

Él asintió, comprendiendo sin necesidad de más explicaciones.

—Te escuché hablar con Anna —admitió después de un momento—. Sobre lo que te dijo Kingsley.

Me tensé.

—No era nada.

—Lil. Me dijo que le molesta que te toque. Eso no es “nada”.

Me giré hacia él. La luz del salón le iluminaba parcialmente el rostro, resaltando la seriedad de sus ojos color miel.

—Es Nick. Provoca. Es lo único que sabe hacer conmigo desde que éramos niños. No le des demasiada importancia.

Damián sostuvo mi mirada con una intensidad que rara vez mostraba.

—Le doy la importancia que merece. Porque cada vez que él se acerca, tú te encierras un poco más. Y yo… yo odio verlo. Odio ver cómo te afecta. Odio que después de todos estos años todavía tenga ese poder sobre ti.

Su voz se había vuelto más grave, más cargada de algo que no era solo preocupación fraternal. Era dolor. El mismo dolor que yo sentía cada vez que lo veía sufrir por su hermana muerta, solo que ahora estaba dirigido a mí.

Apreté los labios.

—No tiene poder sobre mí —susurré—. Yo se lo doy. Y eso es lo que más me enfurece.

Damián levantó una mano y me apartó un mechón de pelo de la cara con una ternura que me hizo tragar saliva.

—Entonces deja de dárselo —dijo con suavidad—. O enfréntalo de una vez. Porque esto… esto te está consumiendo, Lil. Y a mí también me duele verte así.

Antes de que pudiera responder, la puerta del salón se abrió y una figura alta y oscura apareció en el umbral.

Nick.

Se detuvo al vernos. La luz de atrás lo convertía en una silueta imponente. Durante un segundo que se sintió eterno, ninguno de los tres se movió. Luego él dio un paso hacia adelante, las manos en los bolsillos del pantalón, la expresión imposible de leer.

—Adeline te está buscando —dijo, dirigiéndose a mí, aunque sus ojos se deslizaron hacia la mano de Damián que todavía estaba cerca de mi rostro—. Dice que tu padre quiere presentarte a alguien.

La forma en que pronunció esas palabras era educada. Correcta. Pero debajo había algo afilado, algo que me hizo sentir como si acabara de ser atrapada haciendo algo prohibido.

Damián no retiró la mano de inmediato. En su lugar, la bajó despacio hasta mi hombro y la dejó ahí, en un gesto claramente posesivo.

—Gracias por el aviso, Kingsley —respondió con calma—. Ya íbamos para adentro.

Nick inclinó la cabeza. Su mirada se clavó en la mano de Damián un segundo más de lo necesario.

—Claro —dijo—. No los entretengo.

Pero no se movió. Se quedó de pie en el camino, obligándonos a pasar a su lado para volver al salón. Cuando estuve lo suficientemente cerca, su voz llegó otra vez, apenas un murmullo destinado solo a mí:

—Cuídate de los jardines oscuros, Lilián. Nunca se sabe quién puede estar mirando.

Seguí caminando sin responder. El corazón me latía con tanta fuerza que estaba segura de que ambos podían oírlo.

Dentro del salón, la música había cambiado a algo más suave. Varias parejas bailaban en el centro. Adeline me hizo una seña desde cerca de la mesa de mis padres. Sonreí, fingí que todo estaba bien y me dejé llevar hacia donde me necesitaban.

Pero durante el resto de la noche sentí la presencia de Nick como una sombra constante. Cada vez que Damián me pasaba una copa, cada vez que su mano rozaba la mía, cada vez que alguien hacía un comentario sobre lo bien que nos veíamos juntos… sabía que él lo estaba registrando todo.

Y lo peor era que una parte de mí —la parte más oscura, la que todavía guardaba el recuerdo de un niño que me tiraba del pelo y me hacía reír al mismo tiempo— quería que lo registrara.

Que le doliera.

Que sintiera siquiera una fracción de lo que yo llevaba años sintiendo cada vez que lo veía sonreírle a mi hermana.

Cuando por fin llegó la hora de irnos, Damián me ayudó a ponerme el abrigo con la misma naturalidad de siempre. Nick estaba cerca de la salida, hablando con Lucke. Nuestros ojos se encontraron una última vez a través de la distancia.

No hubo sonrisa.

No hubo saludo.

Solo esa intensidad fría y contenida que me dejó sin aire una vez más.

En el auto, de camino a casa, Damián condujo en silencio durante varios minutos. Luego, sin apartar la vista de la carretera, dijo:

—No voy a dejar que te haga daño, Lil. Ni él ni nadie.

Apreté las manos sobre el regazo y miré por la ventana las luces de Nueva York deslizándose a nuestro lado.

—Lo sé —susurré—. Y eso es exactamente lo que más miedo me da.

Porque mientras Damián me protegía del mundo…

yo seguía sin saber cómo protegerme de Nick Kingsley.

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