Capítulo 6 Capítulo 6
Nick
El café de la mañana sabía a ceniza.
Estaba sentado en la terraza de mi ático, la ciudad extendiéndose a mis pies bajo un cielo grisáceo de octubre, y todavía podía verla. Lilián en el jardín del Club Metropolitan, el vestido negro cayéndole sobre el cuerpo como si hubiera sido hecho solo para ella, el cabello suelto moviéndose con la brisa. Damián Walter tocándole la cara. La forma en que ella no se apartó.
Apreté la taza con tanta fuerza que el líquido se derramó sobre mis nudillos. Ni siquiera lo sentí.
Había dormido tres horas. Las otras las pasé mirando el techo, repitiendo cada palabra que le había dicho, cada gesto, cada segundo en el que ella me sostuvo la mirada sin huir de inmediato. Había sido progreso. Mínimo. Miserable. Pero progreso.
Y aun así, terminó igual que siempre: con ella alejándose bajo la protección de otro hombre.
El timbre del intercomunicador me sacó de mis pensamientos. No necesitaba mirar la pantalla para saber quién era.
—Abre, idiota. Traje comida de verdad y no pienso comérmela solo —la voz de Lucke sonó metálica a través del altavoz.
Solté un suspiro y pulsé el botón. Dos minutos después, Lucke Wilder entraba en el ático con dos bolsas de papel grasientas y esa sonrisa fácil que nunca parecía abandonarlo del todo.
—Te ves como mierda —dijo a modo de saludo, dejando las bolsas sobre la isla de la cocina—. ¿Otra noche de insomnio cortesía de cierta morena de ojos verdes?
No respondí. Me limité a rellenar mi taza de café y a observar cómo él sacaba contenedores de comida china todavía caliente.
Lucke conocía la verdad desde hacía años. No todos los detalles —nadie conocía todos los detalles—, pero sí lo suficiente. Sabía del diario. Sabía de las pinturas. Sabía que cada vez que Lilián Vance aparecía en una habitación, yo dejaba de prestar atención a cualquier otra cosa.
—El banquete de anoche fue un espectáculo —continuó, sirviéndose arroz frito como si no notara la tensión que impregnaba el ambiente—. Especialmente la parte en la que casi le saltas al cuello a Walter en medio del jardín. Muy sutil, por cierto. Nadie se dio cuenta. Excepto, ya sabes, todo el puto salón.
—No le salté al cuello.
—Casi. Y ella lo notó. Se te quedó mirando como si no supiera si quería golpearte o…
—Cállate, Lucke.
Él levantó las manos en señal de paz, pero la sonrisa no desapareció.
—Solo digo que esta estrategia de “provocarla hasta que me haga caso” no está funcionando especialmente bien. Llevas años haciéndolo y cada vez está más lejos.
Me apoyé en la encimera, cruzándome de brazos. El café seguía sin saber a nada.
—No sé cómo acercarme sin que termine en una discusión —admití al fin, la voz más baja de lo que pretendía—. Cada vez que lo intento, ella se cierra. O saca esa lengua afilada. O simplemente desaparece. Y yo… yo no sé hacerlo de otra forma.
Lucke me miró con una seriedad que rara vez mostraba.
—Porque la única forma que conoces de interactuar con ella es la de cuando eran niños. Tú la molestabas, ella te devolvía el golpe, y de alguna manera eso funcionaba. Pero ya no tienen once años, Nick. Ella no va a responder igual.
—Entonces ¿qué se supone que haga? —pregunté, frustrado—. ¿Que le mande flores? ¿Que le escriba una carta? ¿Que me arrodille y le diga que llevo años pintando su cara en lienzos que nadie más ha visto?
Lucke arqueó una ceja.
—Bueno, lo de arrodillarse podría funcionar. Pero tal vez empieza por algo menos… intenso. Como una conversación normal. Sin provocaciones. Sin mencionar a Walter. Sin esa mirada de “te estoy devorando con los ojos”.
Solté una risa amarga.
—No sé tener una conversación normal con ella. Cada vez que la veo, algo dentro de mí se tensa. Como si estuviera a punto de perder el control.
—Eso se nota —dijo él con franqueza—. Se nota demasiado. Anoche, cuando la viste con el brazo de Walter alrededor, pensé que ibas a romper una copa con la mano. Adeline también lo notó, por cierto. Me preguntó si estabas bien.
Mencionó a Adeline y algo en mi pecho se removió. Adeline Vance era una de las pocas personas a las que realmente respetaba. Siempre lo había sido. Tranquila, inteligente, capaz de ver a través de las fachadas sin necesidad de empujar. Durante años había intentado ayudarme con Lilián, ofreciéndome consejos que yo nunca lograba seguir del todo.
Como si hubiera invocado su nombre, el teléfono vibró sobre la isla. El nombre de Adeline apareció en la pantalla.
Lucke silbó bajito.
—Habla del diablo.
Contesté.
—Adeline.
—Nick —su voz era suave, como siempre—. ¿Tienes un momento?
—Sí.
—Estaba pensando en lo de anoche. En cómo se pusieron las cosas en el jardín. Y… mírame, no quiero meterme donde no me llaman, pero creo que necesitas escuchar esto.
Me alejé de la cocina hacia el ventanal. Lucke se quedó comiendo en silencio, fingiendo que no escuchaba cada palabra.
—Te escucho —dije.
Adeline guardó silencio un segundo, como si estuviera eligiendo las palabras con cuidado.
—Lilián no es fácil. Nunca lo ha sido. Y tú… tú la trataste de una forma muy distinta a como me tratabas a mí cuando éramos niños. Ella lo notó. Lo notó demasiado. Durante mucho tiempo creyó que… bueno, que yo te gustaba. Que por eso eras amable conmigo y con ella solo sabías pelear.
Apreté la mandíbula.
—Eso no es—
—Lo sé —me interrumpió con suavidad—. Yo lo sé. Pero ella no. Y ese malentendido se quedó clavado en ella durante años. Cada vez que intentas acercarte provocándola, le recuerdas exactamente al niño que le tiraba del pelo en lugar de sostenerle los libros. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
Cerré los ojos. El recuerdo de Lilián a los once años, sentada sola en el columpio mientras yo le hablaba a Adeline, me golpeó con una claridad dolorosa.
—No sé cómo hacerlo de otra forma —admití, la voz más ronca de lo que me hubiera gustado—. Cada vez que intento ser… diferente, ella ya tiene las defensas arriba. Como si esperara el golpe.
—Entonces no le des el golpe —respondió Adeline—. Dale espacio. Pero no el espacio de la distancia fría. El espacio de alguien que está dispuesto a quedarse aunque ella intente empujarlo. Lilián tiene miedo, Nick. Miedo de que lo que siente no sea correspondido. Miedo de hacer el ridículo. Miedo de perder incluso la versión rota de lo que sea que ustedes dos tienen.
El silencio se extendió entre nosotros. En la cocina, Lucke había dejado de fingir que comía.
—No sé si soy capaz de eso —dije al fin.
—Sí lo eres —respondió ella con una certeza que me desarmó—. Solo tienes que dejar de pelear con ella el tiempo suficiente para que se dé cuenta de que ya no estás peleando.
La llamada terminó poco después. Me quedé mirando el teléfono en la mano, las palabras de Adeline repitiéndose en bucle.
Lucke se acercó con dos cervezas a pesar de que apenas eran las once de la mañana y me ofreció una.
—¿Y bien? —preguntó.
—Dice que deje de provocarla. Que le dé espacio sin alejarme. Que ella tiene miedo.
Lucke asintió, como si eso fuera lo más obvio del mundo.
—Tiene sentido. Tú la asustas, Nick. No porque seas un monstruo, sino porque sientes demasiado y no sabes esconderlo. Ella lo percibe. Y como cree que ese “demasiado” no es para ella, se protege de la única forma que conoce: huyendo.
Me llevé la botella a los labios y bebí un trago largo. El alcohol no ayudó a aclarar nada.
—Entonces ¿qué hago?
—Empieza por no buscarla solo para pelear —dijo Lucke con simpleza—. La próxima vez que la veas, no menciones a Walter. No la acorrales. No le digas cosas que suenen a amenaza disfrazada de interés. Solo… habla. Aunque sea de la puta universidad. Aunque sea del clima. Cualquier cosa que no termine con ella mirándote como si fueras el enemigo.
La idea parecía absurda. Ridícula. Después de años de tensión, de miradas cargadas, de palabras afiladas… ¿hablar del clima?
Pero las alternativas se estaban agotando.
Había intentado la distancia. Había intentado la provocación. Había intentado seguir los consejos a medias. Nada había funcionado.
Y mientras tanto, Damián Walter seguía a su lado. Tocándola. Protegiéndola. Siendo exactamente lo que yo no sabía cómo ser.
Dejé la cerveza sobre la encimera y me pasé una mano por el pelo.
—Voy a intentarlo —dije, más para mí que para Lucke—. La próxima vez… voy a intentarlo de otra forma.
Lucke sonrió, pero sus ojos eran serios.
—Más te vale. Porque si sigues así, un día vas a pararte frente a ella y ya no va a quedar nada que recuperar. Solo el recuerdo de lo que pudiste haber tenido si hubieras dejado de pelear el tiempo suficiente para quererla en voz alta.
Me quedé mirando la ciudad a través del ventanal.
Las palabras de Adeline y de Lucke se mezclaban en mi cabeza con la imagen de Lilián en el jardín, la forma en que su respiración se había acelerado cuando me acerqué, el brillo en sus ojos verdes cuando me sostuvo la mirada sin retroceder de inmediato.
Había algo ahí.
Algo que no era solo rechazo.
Y por primera vez en mucho tiempo, sentí algo parecido a una posibilidad.
Pequeña. Frágil. Fácil de destrozar.
Pero real.
Solo tenía que aprender a no destruirla con mis propias manos.
