Capítulo 7 Capítulo 7
Lilián
El lunes llegó con un cielo gris que parecía hecho a medida para mi estado de ánimo.
Habían pasado casi dos días desde el banquete y todavía sentía las palabras de Nick pegadas a la piel como una quemadura que no terminaba de enfriarse. Cada vez que lo hace, me dan ganas de recordarle que no lo tiene. Las había repasado tantas veces que ya formaban parte del ruido de fondo de mi cabeza. Junto con la forma en que me había mirado en el jardín. Junto con la tensión que se instaló entre él y Damián cuando este me tocó la cara.
Odiaba lo mucho que me afectaba.
Odiaba todavía más que una parte de mí hubiera querido que se quedara hablando, aunque fuera para pelear.
Estaba en mi habitación de la residencia, sentada en el borde de la cama con las rodillas pegadas al pecho, cuando la puerta se abrió sin llamar. Anna entró como un torbellino de pelo rubio y energía, cargando dos vasos de café helado y una bolsa de galletas que olían a canela.
—Traje refuerzos —anunció, dejando todo sobre el escritorio—. Porque tienes cara de haber pasado el fin de semana discutiendo con tus propios pensamientos.
Solté una risa débil.
—¿Se me nota tanto?
—Lil. Te conozco desde que teníamos trenzas y nos escondíamos debajo de la mesa de tus padres para escuchar los chismes de los adultos. Sé exactamente cuándo estás en modo “Nick Kingsley me está matando por dentro”.
Me hice a un lado para que se sentara. Anna se acomodó con las piernas cruzadas, me entregó el café y me miró con esa mezcla de paciencia y determinación que solo sacaba cuando de verdad quería respuestas.
—Habla —dijo simplemente.
Durante un momento contemplé la posibilidad de mentir. De decirle que estaba bien, que solo estaba cansada, que el banquete había sido aburrido como siempre. Pero Anna no se merecía eso. Y yo… yo necesitaba sacar algo de todo lo que llevaba atragantado.
—Me dijo que le molesta que Damián me toque —confesé al fin, mirando el vaso entre mis manos—. Que le dan ganas de recordarle que no tiene derecho.
Anna no pareció sorprendida. Solo asintió despacio, como si hubiera estado esperando exactamente eso.
—Y tú ¿qué le respondiste?
—Lo de siempre. Que Damián es mi amigo. Que el rumor puede decir lo que quiera. Pero… —mordí el interior del labio—. No logré sonar convincente. Y él lo notó. Siempre lo nota.
El silencio se instaló entre nosotras durante unos segundos. Afuera se escuchaban risas de alguien pasando por el pasillo y el sonido lejano de una puerta cerrándose.
—Lil —dijo Anna con suavidad—, ¿cuánto tiempo más vas a seguir fingiendo que lo que sientes por él es solo un resto de la infancia?
La pregunta me golpeó más fuerte de lo que esperaba. Aparté la vista hacia la ventana. El campus se veía borroso a través del cristal.
—No es un resto —admití en voz baja—. Nunca lo fue. Desde que tenía once años sé exactamente lo que siento. Y también sé que él nunca me miró de la misma forma en que miraba a Adeline. Esa es la verdad. La única que importa.
—¿Y si esa no es la verdad? —insistió Anna—. ¿Y si lo que tú interpretaste como amor hacia tu hermana era solo… respeto? ¿Cuidado? ¿La forma en que un niño inmaduro trata a alguien que le parece frágil mientras a ti te trataba como a una igual porque, en el fondo, eras la única que le devolvía los golpes?
Negué con la cabeza, aunque una parte traicionera de mí quiso aferrarse a esa posibilidad.
—Si fuera así, no habría pasado años provocándome y alejándome al mismo tiempo. No me miraría como si quisiera devorarme y odiarme en la misma respiración. Nick Kingsley no sabe lo que quiere, Anna. O sí lo sabe y simplemente no soy yo.
Anna dejó el café a un lado y me tomó las manos entre las suyas.
—Escúchame con atención. Ese hombre te sigue con la mirada en cada habitación en la que coinciden. Se pone tenso cada vez que Damián se acerca. Anoche, cuando te vio en el jardín, pensé que iba a romper algo. Eso no es indiferencia, Lil. Eso es alguien que está perdiendo la cabeza por ti y no sabe cómo manejarlo.
—Entonces ¿por qué no lo dice? —pregunté, y odié lo vulnerable que sonó mi voz—. ¿Por qué sigue con esos juegos? ¿Por qué me empuja en lugar de…?
No terminé la frase. No hacía falta. Anna ya sabía qué iba a decir.
—Porque es un idiota emocionalmente constipado —respondió con honestidad brutal—. Y porque tú también tienes miedo. Miedo de que, si dejas de correr, descubras que todo este tiempo estuviste equivocada… o peor, que no lo estabas.
Me reí sin ganas.
—Qué alentador.
—Soy tu mejor amiga, no tu terapeuta de autoayuda barata. Te digo la verdad. Y la verdad es que llevas años haciéndote daño con una historia que quizás nunca fue real. Al menos no de la forma en que tú la contaste.
Me quedé en silencio. Las palabras de Anna se filtraban despacio, removiendo cosas que prefería dejar quietas. El recuerdo del columpio. La forma en que Nick se bajó para ayudarle a Adeline con el libro. La certeza infantil y cruel de que yo nunca sería la elegida.
—No sé cómo dejar de creer en eso —susurré—. Está tan metido en mí que ya forma parte de quién soy.
Anna apretó mis manos con más fuerza.
—Entonces no lo dejes de golpe. Pero al menos… deja de usar a Damián como escudo. Él te quiere, Lil. De la forma más pura posible. Y se está comiendo todos tus pedazos rotos sin quejarse. Tarde o temprano eso le va a pasar factura. A los dos.
La mención de Damián me hizo sentir una punzada de culpa. Él siempre estaba ahí. Siempre. Después de la muerte de su hermana, yo me había convertido en su ancla. Y él, sin pedirlo, se había convertido en la mía. El rumor de que éramos pareja nos protegía a ambos de preguntas incómodas. Pero Anna tenía razón. Estaba usando esa protección para no enfrentar lo que realmente sentía.
—Voy a intentar… no sé. Ser más honesta. Al menos conmigo misma —dije al fin.
Anna sonrió, satisfecha.
—Eso es un comienzo. Ahora bebe ese café antes de que se ponga asqueroso y cuéntame qué vas a hacer cuando vuelvas a cruzártelo en el campus. Porque, seamos realistas, va a pasar.
Pasamos el resto de la tarde hablando de cosas más ligeras: el examen de Anna, el crush que seguía negando tener por Lucke, una fiesta que se organizaba para el fin de semana. Por un rato logré respirar sin sentir el peso constante en el pecho. Reí de verdad cuando ella imitó la cara de Lucke cada vez que alguien mencionaba seguros de vida. Comimos las galletas de canela hasta dejarnos los dedos llenos de azúcar. Y, por unas horas, el nombre de Nick no salió de mis labios.
Pero cuando ella se fue y la habitación volvió a quedarse en silencio, las palabras regresaron con fuerza.
Cuídate de los jardines oscuros, Lilián. Nunca se sabe quién puede estar mirando.
Me duché con el agua demasiado caliente, como si pudiera quemar la sensación de su mirada todavía pegada a la piel. Me puse el pijama favorito, ese oversized que me hacía sentir pequeña y a salvo, y me metí en la cama mucho antes de lo razonable.
Apagué la luz. Cerré los ojos.
Y entonces los recuerdos vinieron sin permiso.
El jardín de la mansión. El columpio. El olor a jazmín después de la lluvia. Nick tirándome del pelo y yo empujándolo hasta casi mandarlo al suelo. La risa de los dos. Y después… Adeline saliendo con el libro. La forma en que él se transformaba. La amabilidad que nunca me dedicaba a mí. La certeza cruel de una niña de once años que decide, en un solo segundo, que su corazón no tiene derecho a querer lo que quiere.
Me giré hacia el lado y apreté la almohada contra el pecho.
Anna tenía razón en una cosa: tenía miedo. Miedo de que, si dejaba de correr, descubriera que todo este tiempo había estado equivocada. Y miedo todavía mayor de descubrir que no lo estaba.
Porque si Nick realmente nunca me había querido… entonces todos esos años de dolor habrían sido por nada.
Y si sí me había querido… entonces yo había desperdiciado años enteros escondiéndome de la única persona que alguna vez me hizo sentir viva y destrozada al mismo tiempo.
Dormí mal. Soñé con ojos oscuros que me sostenían la mirada sin piedad y con un brazo ajeno alrededor de mis hombros que no lograba protegerme del todo. Me desperté dos veces con el corazón desbocado y la certeza absurda de que alguien estaba mirándome desde la oscuridad.
A la tercera, cuando el reloj marcaba las cuatro y diecisiete de la mañana, me senté en la cama y me abracé las rodillas.
—Ya no puedo seguir así —susurré para nadie.
La frase se quedó flotando en la habitación silenciosa, demasiado grande para el pecho que la había contenido durante tanto tiempo.
No sabía qué iba a hacer con ella.
Solo sabía que, por primera vez en años, la distancia ya no se sentía segura.
Se sentía como una condena.
