Capítulo 8 Capítulo 8
Lilián
El martes por la mañana intenté convencer a mi cerebro de que la conversación con Anna había sido suficiente. Que al sacar las palabras de mi pecho algo se había aliviado. Mentira. Las palabras seguían ahí, solo que ahora sonaban más altas. Más claras. Más peligrosas.
Llevas años haciéndote daño con una historia que quizás nunca fue real.
Caminaba por el sendero lateral del campus con los auriculares puestos, aunque no sonaba ninguna canción. Era solo una excusa para no tener que saludar a nadie. El cielo seguía gris y el aire tenía ese olor a lluvia cercana que siempre me ponía nostálgica. Odiaba los días así. Me hacían recordar demasiadas cosas.
Damián me esperaba sentado en la escalinata del edificio de Humanidades, exactamente donde habíamos quedado. Llevaba una sudadera oscura y el pelo todavía húmedo de la ducha. Cuando me vio, sonrió con esa facilidad que siempre lograba bajar un poco la guardia que yo cargaba encima.
—Llegas tarde —dijo a modo de saludo, poniéndose de pie.
—Tres minutos. Eso no es llegar tarde, es llegar con estilo.
Él soltó una risa baja y me pasó un café con un solo azúcar, exactamente como me gustaba. El gesto era tan natural, tan nuestro, que por un segundo casi olvidé la culpa que Anna había plantado en mí la tarde anterior.
Caminamos juntos hacia la biblioteca. La gente nos miraba de reojo, como siempre. Algunas sonrisas cómplices, algún susurro demasiado alto. El rumor seguía vivo y saludable. Nunca lo habíamos alimentado de forma activa, pero tampoco lo habíamos matado. Era más fácil dejar que existiera. Me protegía de preguntas. Me protegía de Nick. O al menos eso había creído durante mucho tiempo.
—Estás rara —comentó Damián después de un rato, sin mirarme—. Más de lo normal.
—Gracias por el cumplido.
—Hablo en serio, Lil. Desde el banquete estás… encerrada. Como si estuvieras discutiendo con alguien que no está presente.
Me detuve un segundo bajo un árbol cuyo tronco estaba cubierto de musgo. Él se detuvo también, esperando.
—Hablé con Anna ayer —admití—. Sobre Nick. Sobre… todo.
Damián no pareció sorprendido. Solo asintió despacio y señaló un banco vacío a unos metros. Nos sentamos. El café todavía estaba caliente entre mis manos.
—¿Y qué te dijo?
—Lo de siempre. Que estoy siendo idiota. Que quizás me equivoqué de niña. Que uso nuestra amistad como escudo.
Esta vez sí se tensó. Noté cómo su mandíbula se endurecía apenas un milímetro.
—¿Y tú qué piensas?
Miré el vapor que salía del vaso.
—Pienso que tengo miedo —confesé en voz baja—. Miedo de que ella tenga razón. Miedo de que no la tenga. Miedo de lo que pasaría si dejo de correr. Porque si dejo de correr y descubro que él nunca me quiso… no sé si voy a poder levantarme otra vez.
Damián guardó silencio durante un rato largo. Luego apoyó los codos en las rodillas y habló sin mirarme.
—Cuando mi hermana murió, yo tenía seis años. No entendía casi nada. Solo sabía que el color de su pelo era igual al tuyo y que se reía de la misma forma en que tú lo haces cuando de verdad te relajas. Tú apareciste después y de alguna manera… llenaste un hueco que yo no sabía cómo nombrar. Nunca te vi como algo más, Lil. Nunca. Eres mi familia. La que elegí.
Me giré hacia él. Sus ojos color miel estaban serios, sin ninguna de las bromas habituales.
—Lo sé —susurré.
—Entonces deja de usar eso como excusa para no vivir lo que te toca —continuó, con una suavidad que dolía—. Yo voy a estar aquí. Siempre. Pero no puedo protegerte de ti misma. Y mucho menos de él.
Antes de que pudiera responder, escuché risas familiares. Levanté la vista y vi a Lucke Wilder caminando por el sendero principal… acompañado de Nick.
El corazón se me detuvo un segundo completo.
Nick llevaba una camisa negra arremangada y el pelo todavía un poco húmedo, como si acabara de salir de la ducha. Iba hablando con Lucke, las manos en los bolsillos, la expresión seria de siempre. Y entonces, como si hubiera sentido mi mirada, giró la cabeza y me encontró.
El mundo se redujo a esos ojos oscuros.
No sonrió. No hizo ningún gesto. Solo me sostuvo la mirada a través de la distancia mientras seguía caminando. Lucke dijo algo y Nick respondió sin apartar los ojos de mí. Luego, con una calma que me resultó casi cruel, inclinó apenas la cabeza en un saludo mínimo y siguió su camino.
Damián notó exactamente cuándo se me escapó el aire.
—¿Quieres que nos vayamos? —preguntó en voz baja.
—No —respondí demasiado rápido—. No voy a esconderme. No otra vez.
Pero mis manos temblaban alrededor del vaso de café.
Pasamos el resto de la mañana en la biblioteca. Intenté concentrarme en el ensayo que tenía que entregar, pero las palabras se me escapaban. Cada pocos minutos levantaba la vista hacia la entrada, esperando —y temiendo— verlo aparecer. No lo hizo. Y de alguna forma eso fue peor.
A la hora del almuerzo Damián insistió en que comiéramos algo. Fuimos a la cafetería del campus, esa que siempre estaba demasiado llena y olía a comida frita y café quemado. Conseguimos una mesa en el fondo. Yo movía la ensalada de un lado a otro del plato mientras él hablaba de un proyecto de construcción en el que estaba ayudando a su padre.
Entonces los vi.
Nick y Lucke habían entrado. Se dirigieron a la fila de comida. Nick no miró hacia nuestra mesa de inmediato, pero yo supe el preciso instante en que lo hizo. Sus ojos se clavaron primero en mí… y después en Damián. La mandíbula se le tensó de una forma que solo yo parecía notar. Lucke le dijo algo al oído y Nick asintió una sola vez, sin dejar de mirarnos.
Damián siguió hablando, ajeno a la tormenta que se estaba formando a pocos metros.
Yo no podía dejar de mirar.
Nick recogió su bandeja y se sentó en una mesa del otro extremo, de espaldas a la pared, con vista directa a nosotros. No comía. Solo sostenía el tenedor y me observaba con una intensidad que me hacía sentir expuesta, como si pudiera ver a través de todas las capas que yo había construido durante años.
—Lil —murmuró Damián, notando por fin mi distracción—. Está mirándote.
—Lo sé.
—¿Quieres que hagamos algo?
—¿Cómo qué? ¿Levantarnos y irnos? ¿Enfrentarlo? No. Voy a terminar de comer y me voy a mi clase. Como una persona normal.
Pero no me sentía normal. Me sentía como un animal acorralado que fingía no notar al depredador al otro lado de la habitación.
Cuando por fin terminamos, me levanté con las piernas un poco inestables. Damián puso una mano en la parte baja de mi espalda, un gesto automático de protección, y juntos cruzamos la cafetería hacia la salida. Sentí la mirada de Nick clavada en ese punto exacto donde la mano de Damián me tocaba. Cada paso era un esfuerzo consciente.
Fuera, el aire fresco me golpeó la cara. Respiré hondo.
—¿Estás bien? —preguntó Damián.
—No —respondí con honestidad—. Pero voy a fingir que sí hasta que se convierta en verdad.
Él no insistió. Solo me acompañó hasta el edificio de mi próxima clase y me dio un abrazo rápido antes de irse a la suya.
—Llámame si lo necesitas —dijo.
Asentí. Lo vi alejarse entre la multitud de estudiantes y, por primera vez en mucho tiempo, me pregunté si Anna tenía razón. Si estaba usando a Damián de una forma que no era justa para ninguno de los dos.
Me quedé unos segundos más en la escalinata, intentando ordenar el caos de mi pecho. Entonces escuché pasos detrás de mí. Lentos. Seguros.
No necesitaba girarme para saber quién era.
—Sigues eligiendo lugares públicos para esconderte —dijo la voz de Nick a mi espalda—. Curiosa estrategia.
Me giré despacio. Estaba a dos escalones de distancia, las manos en los bolsillos, la expresión imposible de leer. El viento le movía un poco el pelo oscuro sobre la frente.
—No me estoy escondiendo —respondí, odiando lo poco firme que sonó mi voz—. Estoy yendo a clase.
—Claro. Por eso te quedaste parada aquí tres minutos completos después de que Walter se fuera.
Odié que lo hubiera notado. Odié todavía más que estuviera lo suficientemente cerca como para que yo pudiera oler su colonia.
—¿Qué quieres, Nick?
Él dio un paso más. No lo suficiente para invadir mi espacio del todo, pero sí lo bastante para que tuviera que levantar la barbilla.
—Quiero que dejes de mirarme como si yo fuera el enemigo cada vez que coincidimos en el mismo lugar —dijo con voz baja, grave—. Quiero que dejes de usar a ese tipo como muro. Y quiero… —se interrumpió, como si las siguientes palabras le costaran físicamente—. Quiero hablar. Sin pelear. Aunque sea una vez.
La confesión me dejó sin aire durante un segundo.
—No sé hacerlo —admití, y fue la verdad más honesta que le había dicho en años—. Cada vez que intentamos hablar terminamos… así.
—Lo sé —respondió él—. Yo también. Pero estoy cansado, Lilián. Cansado de mirarte desde el otro lado de cada habitación. Cansado de ver cómo te alejas antes de que yo pueda siquiera acercarme.
Mis dedos se cerraron alrededor de la correa de la mochila.
—Entonces ¿por qué sigues provocándome? ¿Por qué anoche…?
—Porque no sé hacerlo de otra forma —cortó, y por primera vez escuché algo parecido a frustración real en su voz—. Porque cada vez que te veo con él siento que se me acaba el aire. Y la única manera que conozco de recuperar el control es empujarte. Aunque eso solo te aleje más.
El silencio que siguió fue denso. Peligroso. Alrededor nuestro los estudiantes seguían pasando, ajenos a la tormenta que se estaba formando en esas escaleras.
—No puedo hacer esto ahora —susurré al fin—. Tengo clase.
Nick sostuvo mi mirada un segundo más. Luego asintió una sola vez, como si hubiera esperado exactamente esa respuesta.
—Está bien —dijo—. Pero esto no se acabó.
Se dio la vuelta y se alejó sin mirar atrás. Yo me quedé en la escalinata, el corazón latiéndome con demasiada fuerza, preguntándome cuánto tiempo más iba a poder seguir fingiendo que la distancia era más segura que la verdad.
Porque por primera vez en años, Nick Kingsley no me había empujado.
Había pedido hablar.
Y eso, de alguna forma, me aterraba mucho más que todas sus provocaciones juntas.
