Capítulo 9 Capítulo 9

Nick

La vi salir del edificio de Humanidades a las once y diecisiete de la mañana.

No era casualidad. Nunca lo era.

Llevaba el cabello negro suelto, ese que siempre se movía con vida propia, y una chaqueta beige que le quedaba un poco grande en los hombros. Damián Walter caminaba a su lado. Demasiado cerca. La mano de él rozaba la parte baja de su espalda cada pocos pasos, un gesto automático, posesivo sin pretenderlo, y cada vez que lo hacía algo dentro de mí se cerraba con violencia.

Los seguí.

No de forma evidente. Nunca lo era. Conocía cada rincón del campus, cada atajo, cada punto ciego donde podía detenerme sin ser visto. Mantuve una distancia prudente, lo suficiente para no perderlos de vista y lo bastante lejos para que ella no sintiera esa mirada que, según Lucke, la atravesaba incluso cuando yo creía estar siendo discreto.

Caminaban hacia la cafetería central. Ella hablaba. Él reía. En un momento ella le dio un pequeño empujón en el hombro y él fingió tambalearse, exagerando el gesto solo para arrancarle una sonrisa. Esa sonrisa. La misma que yo no conseguía desde hacía años.

Apreté la mandíbula hasta que dolió.

Adeline me había dicho que dejara de provocarla. Lucke me había dicho que intentara hablar sin pelear. Y yo lo había intentado. En las escaleras del día anterior le había pedido exactamente eso: hablar. Sin gritos. Sin veneno. Solo hablar. Ella se había cerrado igual que siempre. Había usado la clase como excusa y se había marchado dejándome con las manos vacías y la certeza amarga de que cada intento solo empujaba más lejos lo que yo quería alcanzar.

Y ahora estaba aquí. Otra vez. Siguiéndola como un puto enfermo mientras otro hombre tenía el derecho de tocarle la espalda.

Entraron en la cafetería. Yo esperé tres minutos exactos antes de seguirlos. El lugar olía a café quemado y comida frita, como siempre. Los localicé en una mesa del fondo. Ella movía la ensalada sin realmente comer. Él hablaba de algo que la hacía asentir de vez en cuando. Desde mi posición junto a la pared, con una bandeja que no tenía intención de tocar, los observé en silencio.

Cada vez que Damián se inclinaba hacia ella, mi mano se cerraba alrededor del borde de la bandeja con más fuerza. Cada vez que ella sonreía, aunque fuera una sonrisa pequeña y cansada, algo en mi pecho se retorcía. El rumor de que eran pareja flotaba en el aire del campus como un veneno lento. Nadie lo cuestionaba ya. Y ella nunca lo desmentía.

Yo tampoco.

Porque desmentirlo habría significado admitir que me importaba. Y admitir que me importaba habría significado exponerme de una forma que todavía no sabía manejar.

Cuando se levantaron para irse, la mano de Damián volvió a posarse en la parte baja de su espalda. La guió entre las mesas con una familiaridad que me hizo probar sangre al morder el interior de la mejilla. Salieron juntos. Yo los seguí de nuevo.

El aire exterior estaba frío. El cielo seguía gris. Ellos caminaron hacia el edificio de Ciencias. En un momento ella se detuvo a ajustarse la correa de la mochila y él esperó, paciente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo me detuve detrás de un grupo de estudiantes que discutían sobre un examen, lo bastante lejos para no ser notado y lo bastante cerca para ver cómo ella le decía algo al oído que lo hacía reír otra vez.

Odiaba esa risa.

Odiaba la forma en que ella se sentía segura con él.

Odiaba, sobre todo, que yo no supiera cómo darle esa misma seguridad sin terminar destrozándolo todo.

Los vi separarse frente al edificio. Él le dijo algo, ella asintió, y luego se abrazaron. Un abrazo rápido. Familiar. De esos que se dan las personas que confían ciegamente la una en la otra. Cuando se separaron, Damián le revolvió el pelo con cariño y se marchó en dirección contraria. Ella se quedó unos segundos en la escalinata, mirando hacia ningún lado, antes de entrar al edificio.

Me quedé inmóvil detrás del grupo de estudiantes hasta que desapareció.

El pecho me ardía.

No de forma metafórica. Ardía de verdad. Como si alguien hubiera encendido una brasa justo detrás de las costillas y la estuviera removiendo con calma.

Me alejé del campus sin destino claro. Caminé durante casi veinte minutos hasta que mis pies me llevaron, por inercia, hasta el edificio de mi propia facultad. Subí las escaleras dos a dos. Cerré la puerta de mi casillero con más fuerza de la necesaria. El ruido resonó en el pasillo vacío.

Saqué el teléfono. Abrí la galería. No las fotos normales. Las otras. Las que nadie más había visto. Las que había tomado a lo largo de los años desde distancias seguras: Lilián riendo en un banquete dos navidades atrás, Lilián caminando bajo la lluvia con los auriculares puestos, Lilián sentada en la misma mesa de la biblioteca donde siempre se escondía. Las miré una por una, como si necesitara recordarme por qué seguía haciendo esto.

Porque no sabía parar.

Porque cada vez que intentaba mantenerme lejos, el vacío se volvía insoportable. Y cada vez que me acercaba, ella se cerraba y yo terminaba provocándola solo para sentir que todavía existía en su radar.

Guardé el teléfono. Apoyé la frente contra la puerta fría del casillero y cerré los ojos.

La conversación de las escaleras del día anterior volvió a mí con demasiada claridad. Le había pedido hablar. Sin pelear. Y ella había huido igual. Como siempre. Como si cualquier intento de cercanía fuera una amenaza.

Y mientras tanto, Damián Walter podía tocarle la espalda, hacerla reír y abrazarla en plena luz del día sin que ella retrocediera ni un centímetro.

La rabia subió de golpe. Caliente. Familiar. Peligrosa.

Necesitaba golpear algo.

Salí del edificio y crucé el campus en dirección al club privado que quedaba a menos de diez minutos caminando. El saco de boxeo me esperaba como un viejo conocido. Me cambié en el vestuario sin molestarme en saludar al personal. Me puse las vendas con movimientos mecánicos, las ajusté demasiado fuertes a propósito, y salí al área de entrenamiento.

El primer golpe resonó con un sonido sordo y satisfactorio. El segundo también. Para el quinto ya no pensaba. Solo golpeaba. Cada impacto era una imagen: la mano de Damián en su espalda. La sonrisa que ella le dedicaba. El abrazo. La forma en que ella me había mirado en las escaleras, con ese miedo y ese deseo mezclados que me volvían loco.

Golpeé hasta que los nudillos ardiaron bajo las vendas. Hasta que el sudor me corría por la espalda y la respiración se me volvía un jadeo irregular. Hasta que el ruido en mi cabeza bajó lo suficiente como para poder pensar otra vez.

Me apoyé contra el saco, el pecho subiendo y bajando con fuerza.

Adeline tenía razón. Lucke tenía razón. Esta forma de hacer las cosas no funcionaba. Seguirla desde lejos, provocarla cuando estaba cerca, acumular fotos y notas en un diario que nadie más tocaría jamás… no me estaba acercando a ella. Solo me estaba convirtiendo en algo que ni yo mismo reconocía del todo.

Pero la alternativa me aterraba más.

La alternativa era bajar la guardia. Dejar de empujar. Quedarme quieto el tiempo suficiente para que ella decidiera si quería acercarse o desaparecer para siempre. Y yo no sabía si era capaz de sobrevivir a esa espera.

Me quité las vendas con movimientos bruscos. Los nudillos estaban enrojecidos, uno de ellos empezaba a sangrar apenas. Me lavé las manos en el lavabo del vestuario y miré mi reflejo en el espejo. Ojos oscuros. Mandíbula tensa. El mismo rostro de siempre.

—Ya no puedes seguir así —me dije en voz baja.

La frase sonó vacía en el silencio del vestuario.

Porque la verdad era otra. Podía seguir así. Llevaba años haciéndolo. El problema era que ya no quería.

Quería tocarla. Quería que me mirara sin miedo. Quería ser yo quien le revolviera el pelo y la hiciera reír en medio del campus, no Damián Walter. Quería que el rumor fuera sobre nosotros, no sobre ella y él.

Y para conseguirlo, iba a tener que hacer algo que se me daba terriblemente mal: dejar de pelear.

Me sequé las manos, me puse la chaqueta y salí del club. El aire frío de la tarde me golpeó la cara. Saqué el teléfono una vez más. Abrí el contacto de Lilián. El número que había memorizado hace años y que nunca me atrevía a usar.

El pulgar se quedó suspendido sobre la pantalla.

No escribí nada.

Guardé el teléfono, metí las manos en los bolsillos y empecé a caminar de regreso al campus sin un plan claro. Solo con la certeza amarga de que, si seguía observándola desde lejos, un día me iba a despertar y ella ya no estaría.

Y esa posibilidad, por primera vez, me aterraba más que el rechazo.

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