Capítulo 1 Capítulo 1

Camille

La luz de la lámpara de pie dibujaba círculos dorados sobre la mesa del comedor. Había puesto el mantel blanco que solo usábamos en ocasiones especiales, el de encaje que mi madre me dejó antes de morir. En el centro, una pequeña tarta de chocolate con una sola vela. Veinticinco.

Miré el reloj de la pared por décima vez.

Nueve y cuarenta y tres.

Leo había prometido llegar a las ocho. “Te tengo una sorpresa, mi vida”, había dicho esa mañana mientras se abrochaba la corbata frente al espejo. Me besó la frente, como siempre hacía cuando tenía prisa, y salió. Yo me quedé sonriendo como una idiota, creyendo que por fin, después de tanto tiempo, iba a cumplir una promesa.

Me levanté y caminé hasta la ventana. Desde el sexto piso se veía la avenida iluminada. Coches pasando, gente riendo, parejas caminando tomadas de la mano. El mundo seguía girando mientras yo esperaba en un apartamento que olía a cena fría y a esperanza vencida.

Volví a la mesa. Toqué el borde del plato con el dedo. La comida ya no echaba vapor. El pollo al horno que había preparado con tanto cuidado estaba frío. Las verduras, mustias. Hasta la tarta parecía haberse resignado.

Saqué el teléfono del bolsillo del vestido negro. El mismo que me había comprado la semana anterior pensando en esta noche. Un vestido sencillo, de tirantes finos, que dejaba ver los hombros. Leo siempre decía que le gustaba cuando me vestía “como una mujer de verdad”. Yo solo quería que me mirara como antes.

Ningún mensaje nuevo.

Abrí la conversación. El último mensaje mío era de las ocho y media:

Ya está todo listo. Te espero ❤️

Había visto el doble check azul a las ocho y treinta y dos. Y nada más.

Una parte de mí, la parte estúpida que todavía se aferraba a los recuerdos buenos, susurraba que tal vez se había retrasado en el trabajo. Que quizás estaba comprando flores. Que tal vez la sorpresa era grande y necesitaba más tiempo.

La otra parte, la que había aprendido a sobrevivir en segundo lugar durante los últimos tres años, sabía la verdad.

Lily.

Siempre Lily.

Me senté otra vez. Las manos me temblaban un poco, así que las escondí bajo la mesa. Odiaba cuando me temblaban. Odiaba todavía más darme cuenta de que ya no sabía si temblaban de nervios o de humillación.

Cerré los ojos y dejé que la memoria me llevara hacia atrás, a un tiempo en el que todo era diferente.

Tenía diecinueve años la primera vez que lo vi. Era el segundo semestre de la universidad. Yo estudiaba diseño de joyería y él, administración de empresas. Nos conocimos en una fiesta de la facultad. Él era el chico rubio de sonrisa fácil que hacía reír a todo el mundo. Yo era la chica callada de pelo negro que se escondía en una esquina dibujando en una libreta.

Se acercó, me quitó el lápiz de las manos con suavidad y dijo:

—Si vas a esconderte, al menos déjame esconderme contigo.

Fue tonto. Fue simple. Fue suficiente para que mi corazón, que nunca había latido tan fuerte por nadie, se rindiera sin pelear.

Los primeros dos años fueron… hermosos. Leo me trataba como si yo fuera algo frágil y valioso al mismo tiempo. Me llevaba café a las clases, me escuchaba hablar durante horas de piedras preciosas y metales, me besaba como si el mundo fuera a acabarse si dejaba de hacerlo. Cuando le conté que era huérfana desde los catorce, él me abrazó tan fuerte que pensé que por fin había encontrado un hogar.

—Voy a ser tu familia —me prometió aquella noche—. La única que vas a necesitar.

Yo le creí.

Dios, cómo le creí.

Todo cambió el día que Lily Crowley volvió a su vida.

Era su amiga de la infancia. La niña de pelo rubio y ojos celestes que había pasado los veranos en la casa de los Holloway. Se había mudado a otra ciudad durante años y de pronto, sin aviso, apareció en la puerta de nuestro pequeño apartamento con una maleta y una sonrisa dulce que no llegaba a los ojos.

—Solo necesito un lugar por unas semanas —dijo, abrazando a Leo con una familiaridad que me hizo sentir como una intrusa en mi propia casa.

Las semanas se convirtieron en meses. Los meses, en años.

Al principio Leo se disculpaba. “Es temporal, Camille. Es como una hermana para mí”. Después dejó de disculparse. Empezó a cancelar nuestras citas porque Lily “necesitaba hablar”. Empezó a llegar tarde porque Lily “se sentía sola”. Empezó a mirarme con impaciencia cada vez que yo me quejaba.

—Deja de ser tan celosa —me decía, con esa voz cansada que usaba cuando yo era el problema—. Lily no tiene a nadie más. Tú sí me tienes a mí.

Y yo cedía. Siempre cedía.

Porque amaba. Porque tenía miedo de quedarme sola otra vez. Porque cada vez que amenazaba con irme, él me sujetaba la cara con las dos manos y me decía:

—Vamos a casarnos, mi vida. Solo dame un poco más de tiempo. Quiero que todo sea perfecto.

El anillo de compromiso llegó dos años después. Un solitario sencillo que él mismo eligió. Me lo puso de rodillas en el mismo comedor donde ahora esperaba. Lloré de felicidad. Él me besó las lágrimas y prometió que pronto seríamos una familia de verdad.

Esa misma noche, Lily se quedó a dormir en el sofá porque “no quería interrumpir el momento”.

Al día siguiente, Leo le dio las llaves del apartamento.

“Por si necesita algo mientras nosotros no estamos”.

Yo sonreí y dije que no había problema.

Por dentro, algo se quebró.

Desde entonces empecé a diseñar en secreto. Leo tenía una pequeña empresa de accesorios y necesitaba diseños nuevos. Yo se los entregaba. Él los firmaba con el nombre de Lily porque “ella necesita construir un portafolio” y yo “igual voy a ser ama de casa cuando nos casemos”. Yo asentía. Guardaba silencio. Dibujaba de madrugada, cuando él dormía, y escondía los bocetos debajo del colchón.

Cuatro años diseñando joyas que nunca llevarían mi nombre.

Cuatro años sonriendo mientras mi propia voz se hacía cada vez más pequeña.

Cuatro años esperando que el hombre que decía amarme me eligiera a mí, aunque fuera una sola vez.

Abrí los ojos.

El reloj marcaba las diez y diecisiete.

El teléfono vibró sobre la mesa. El corazón me dio un vuelco tan fuerte que me dolió el pecho. Agarré el aparato con manos torpes.

No era Leo.

Era una historia de Instagram. Lily Crowley. Hace doce minutos.

La abrí.

Apareció una foto borrosa, tomada en un restaurante caro. Leo aparecía de perfil, riendo, con una copa de vino en la mano. Lily estaba a su lado, la cabeza apoyada en su hombro, sonriendo a la cámara con esa expresión de niña inocente que tanto odiaba. El texto decía:

Noches como estas ❤️ Gracias por existir, Leo.

Debajo, un comentario de una desconocida: “Qué linda pareja hacen 🥰”.

Lily había respondido con un emoji de corazón.

Solté el teléfono como si quemara.

El silencio del apartamento se volvió ensordecedor. Solo se oía el zumbido del refrigerador y el latido furioso de mi propia sangre en los oídos.

Me levanté tan rápido que la silla chirrió contra el suelo. Caminé hasta el baño y me miré en el espejo. El vestido negro me quedaba bien. El maquillaje todavía estaba en su sitio. El pelo, recogido en un moño bajo que a Leo le gustaba. Pero los ojos… los ojos eran los de una extraña. Grandes, azules, y completamente vacíos.

—Eres patética —le dije a mi reflejo en un susurro—. Seis años. Seis malditos años y todavía estás esperando.

Las lágrimas llegaron sin permiso. Calientes, pesadas, humillantes. Me las sequé con el dorso de la mano, enfadada conmigo misma por llorar. Ya había llorado demasiado por él. Demasiadas noches. Demasiadas excusas.

Volví al comedor. Apagué la vela de la tarta con los dedos. El humo subió en una línea delgada y desapareció.

Me senté en el suelo, de espaldas a la pared, con las rodillas contra el pecho. El vestido se arrugó. No me importó.

Sacó el teléfono otra vez. Esta vez no busqué mensajes de Leo. Busqué el contacto que había borrado hace un año, después de aquella discusión horrible. El nombre todavía estaba ahí. Violeta Thorne.

Mi dedo tembló sobre la pantalla.

¿Y si no contestaba?

¿Y si me odiaba?

¿Y si yo ya no merecía su amistad después de haberle dado una cachetada y echarla de mi vida por decirme la verdad?

Respiré hondo. El aire me entró a trozos.

Si Leo no venía esta noche… si de verdad me había dejado plantada en mi propio cumpleaños por estar con ella… entonces ya no quedaba nada que salvar. Ni la relación. Ni la versión de mí que había intentado ser para él. Ni las promesas vacías de una familia que nunca iba a llegar.

Solo quedaba el vacío. Y la vergüenza. Y la necesidad desesperada de escuchar una voz que me conociera de verdad.

Marqué el número.

El tono de llamada sonó una vez. Dos. Tres.

Cada segundo era un recordatorio de todo lo que había perdido por aferrarme a un hombre que nunca me eligió.

A la cuarta sonó la voz al otro lado. Ronca, sorprendida, viva.

—¿Camille?

Mi nombre en su boca fue suficiente.

El primer sollozo se me escapó antes de que pudiera detenerlo. Después vino otro. Y otro. Hasta que solo pude apoyarme contra la pared y llorar como no lo había hecho en años, mientras al otro lado de la línea Violeta guardaba silencio, esperando, como solo una verdadera amiga sabe esperar.

Y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí completamente sola.

Siguiente capítulo