Capítulo 3 Capítulo 3

Camille

Violeta me guió hacia dentro del apartamento sin soltarme del todo. Cerró la puerta con el pie y me llevó hasta el sofá como si yo fuera de cristal. Me senté porque las piernas ya no me sostenían. Ella se arrodilló frente a mí, me tomó la cara con las dos manos y me obligó a mirarla.

—Respira conmigo —ordenó en voz baja—. Despacio. Inhala… exhala.

Obedecí. El aire seguía entrando a trozos, pero al menos ya no me ahogaba. Violeta me limpió las mejillas con las mangas de su sudadera, sin importarle que el rímel le manchara la tela. Después se levantó, fue a la cocina y volvió con un vaso de agua. Me lo puso entre las manos.

—Bebe.

Bebí. El agua estaba fría y me ayudó a bajar el nudo que tenía en la garganta. Cuando pude hablar sin que la voz se me rompiera del todo, miré a mi alrededor. El mantel blanco, la tarta a medio derretir, los platos con la cena intacta. Todo seguía ahí, como una burla silenciosa.

—Preparé todo —dije, y mi propia voz me sonó ajena—. Pollo, verduras, postre. Me compré este vestido. Me maquillé. Incluso puse la música que a él le gusta. Y él… él está cenando con ella.

Violeta se sentó a mi lado. No me interrumpió. Solo esperó.

—No es la primera vez —continué, y las palabras empezaron a salir solas, como si llevaran demasiado tiempo presionando para escapar—. Nunca es la primera vez. Siempre hay una excusa. Siempre hay una razón por la que Lily necesita estar primero.

Cerré los ojos y la memoria me arrastró hacia una de esas noches que yo había intentado enterrar.

Había sido un viernes de hace siete meses. Leo organizó una cena en un restaurante italiano caro para presentar su “nuevo proyecto” a unos posibles inversores. Me pidió que fuera. “Necesito que estés a mi lado, mi vida. Quiero que vean que tengo una mujer inteligente y elegante”. Yo me ilusioné. Elegí un vestido color vino, me peiné con cuidado y llegué al restaurante quince minutos antes, como siempre hacía.

Lily ya estaba ahí.

Sentada a la derecha de Leo, en el lugar que normalmente ocupaba yo. Llevaba un vestido pastel que la hacía lucir delicada y joven. Cuando me vio llegar, sonrió con esa dulzura falsa que ya me resultaba familiar.

—Camille, qué bien te ves. Te guardamos un sitio.

El sitio era al otro lado de la mesa, entre dos hombres de traje que apenas me miraron. Leo se levantó, me dio un beso rápido en la mejilla y murmuró:

—Gracias por venir. Lily está un poco nerviosa, la estoy ayudando a que se sienta cómoda.

Yo asentí. Sonreí. Me senté donde me indicaron.

Durante la cena, cada vez que alguien hacía una pregunta sobre los diseños de la empresa, Leo miraba a Lily. Ella bajaba la mirada con modestia y respondía con frases que yo misma le había enseñado semanas atrás, cuando él me pidió que “le explicara un poco el proceso a Lily para que no se sintiera perdida”. Los inversores asentían, impresionados. Uno de ellos incluso dijo:

—Qué talento tiene su socia, Holloway. Esas piezas tienen una sensibilidad muy particular.

Leo sonrió, orgulloso, y puso una mano sobre el hombro de Lily.

—Es un genio. Yo solo me encargo de los números.

Nadie preguntó por mí. Nadie me miró. Cuando intenté participar en la conversación, Leo cambió de tema con una fluidez que dolió más que un grito. Lily, en cambio, recibió toques en la mano, miradas de complicidad y la atención completa de la mesa.

En un momento, uno de los hombres le preguntó a Leo cómo había conocido a “su diseñadora”. Él respondió, riéndose:

—Somos amigos desde niños. Lily siempre tuvo ese don. Camille… bueno, Camille es mi apoyo en casa. La que me aguanta cuando llego tarde.

Risas educadas. Lily bajó la mirada, sonrojada. Yo me atraganté con el vino.

Al final de la noche, cuando ya nos levantábamos, Leo se quedó conversando con los inversores junto a Lily. Yo esperé junto a la puerta del restaurante durante casi veinte minutos. Cuando por fin salieron, él tenía el brazo alrededor de los hombros de ella y reían de algo que yo no había escuchado. Al verme, Leo pareció recordar que yo existía.

—¿Lista? Perdona, se nos hizo un poco tarde hablando de negocios.

En el taxi de regreso, Lily iba en el asiento del medio, entre los dos. Su pierna tocaba la de Leo. Yo miraba por la ventana y contaba los semáforos para no llorar. Cuando llegamos al apartamento, Leo le dijo a Lily que se quedara a dormir porque “era tarde y no quería que volviera sola”. Ella aceptó con una sonrisa tímida. Yo fui al baño, me quité el vestido y me miré en el espejo.

La mujer que me devolvió la mirada tenía los ojos vacíos.

Esa misma noche, mientras Leo y Lily conversaban en voz baja en la sala, yo me metí en la cama y me apreté una almohada contra el pecho para no hacer ruido al llorar. A la mañana siguiente, Leo me besó la frente y me dijo que había sido “una cena perfecta”. Yo sonreí y respondí que sí, que había sido perfecta.

Volví al presente con un escalofrío. Violeta seguía a mi lado, en silencio. Su mandíbula estaba tensa.

—Eso era todos los días —dije, y mi voz sonó más cansada que furiosa—. En las cenas, en las reuniones, en las llamadas. Yo era la que limpiaba, la que cocinaba, la que cedía el paso. Lily era la que brillaba con mi trabajo y mi silencio. Y él… él me hacía sentir que yo era la afortunada por poder quedarme a su lado.

Violeta exhaló despacio, como si estuviera conteniendo muchas palabras.

—¿Cuánto tiempo más pensabas aguantar? —preguntó al fin, sin acusarme, solo queriendo entender.

—No lo sé. Hasta que él decidiera casarse, supongo. Hasta que Lily se cansara. Hasta que yo dejara de sentir que me ahogaba cada vez que sonreía. Me prometió una familia, Vi. Me prometió que yo sería suficiente. Y yo… yo necesitaba creerle. Porque si no le creía, entonces ¿qué me quedaba?

Se me quebró la voz otra vez. Violeta tomó una de mis manos y la apretó entre las suyas.

—Te queda todo —dijo con firmeza—. Te queda tu talento. Te queda tu vida. Te quedo yo. Y te queda la posibilidad de no volver a sentarte nunca más en el extremo de una mesa mientras otra persona ocupa tu lugar.

La miré. Sus ojos miel no tenían lástima. Tenían algo más parecido a una determinación feroz.

—No puedo quedarme aquí —susurré—. Si me quedo, voy a seguir esperándolo. Voy a seguir justificándolo. Y no quiero ser esa mujer nunca más.

Violeta asintió una sola vez.

—Entonces no te quedas.

Se levantó y miró alrededor del apartamento con expresión práctica.

—¿Dónde está tu maleta grande? La azul.

—En el armario del pasillo —respondí, sorprendida por lo rápido que había pasado de consolerme a actuar.

Ella fue a buscarla sin decir nada más. Yo me quedé sentada unos segundos, absorbida el hecho de que alguien estuviera dispuesta a ayudarme a irme de verdad. Después me puse de pie. Las piernas todavía me temblaban, pero ya no era solo de dolor. Había algo más. Una rabia pequeña, tibia, que empezaba a crecer debajo de las lágrimas.

Caminé hasta el dormitorio. Abrí el armario y miré la ropa colgada. La mayoría la había elegido pensando en lo que a Leo le gustaba. Colores suaves, cortes modestos, nada que llamara demasiado la atención. Saqué solo lo esencial: vaqueros, camisetas, un par de sudaderas, la caja con mis bocetos más recientes y el kit de herramientas de diseño que había escondido detrás de las toallas. Todo lo demás podía quedarse. Ya no me pertenecía.

Cuando volví a la sala, Violeta había dejado la maleta abierta sobre el sofá. Me ayudó a doblar la ropa en silencio. No hizo preguntas incómodas. No me dijo que me había demorado demasiado en reaccionar. Solo estuvo ahí, llenando la maleta conmigo, como si hubiera estado esperando este momento desde hace un año.

En un momento, mientras guardábamos los últimos abrigos, preguntó en voz baja:

—¿El anillo?

Miré mi mano izquierda. El solitario sencillo seguía ahí, frío contra mi piel. Lo había llevado todos los días durante dos años, incluso cuando Leo olvidaba nuestro aniversario o cancelaba planes por estar con Lily. Lo giré despacio alrededor del dedo.

—No me lo quedo —dije.

Me lo quité. El dedo se sintió extrañamente ligero. Caminé hasta la mesita de noche del dormitorio, abrí el cajón y dejé el anillo encima de un par de calcetines de Leo. No puse nota. No hacía falta. El vacío que dejaba ya era mensaje suficiente.

Cuando regresé, Violeta cerraba la maleta.

—¿Lista? —preguntó.

Miré el apartamento una última vez. La tarta, el mantel, los platos sin tocar, la lámpara que todavía iluminaba una cena que nunca ocurrió. Seis años de mi vida resumidos en una habitación que de pronto se sentía ajena.

—Lista —respondí.

Violeta tomó la maleta. Yo agarré el bolso con mis bocetos y el teléfono. Antes de salir, apagué la lámpara. La oscuridad se tragó el comedor entero.

Cerré la puerta sin mirar atrás.

Mientras bajábamos las escaleras, el eco de nuestros pasos llenaba el hueco de la caja de la escalera. Violeta no hablaba. Yo tampoco. Pero por primera vez en mucho tiempo, el silencio no me pesaba. Era un silencio distinto. Uno que no pedía que me hiciera pequeña ni que sonriera cuando quería gritar.

Afuera lloviznaba. La noche olía a asfalto mojado y a posibilidades que todavía no sabía nombrar. Violeta abrió el maletero de su coche y metió la maleta. Después me miró por encima del techo del vehículo, con el pelo pegado a la frente por la humedad.

—Vamos a casa —dijo simplemente.

Subí al asiento del copiloto. Me abroché el cinturón. Cuando el motor arrancó, sentí que algo dentro de mí también lo hacía, despacio, con miedo, pero hacia adelante.

Dejé el edificio donde había aprendido a desaparecer en el espejo retrovisor. Y por esta vez, no sentí la necesidad de volver la cabeza.

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