Capítulo 4 Capítulo 4

Camille

El departamento de Violeta olía a café recién hecho y a lavanda. Era pequeño, con paredes de un blanco cálido y plantas en casi cada rincón. Había una manta tejida sobre el sofá y una pila de libros desordenados en la mesa de centro. Nada que ver con el apartamento que acababa de dejar: ese había sido siempre demasiado limpio, demasiado perfecto, como si nadie viviera realmente ahí.

Me dejé caer en el sofá en cuanto entramos. La maleta quedó junto a la puerta. Violeta no dijo nada. Fue directo a la cocina, puso agua a calentar y regresó con dos tazas. Me entregó una. El calor del cerámica me devolvió un poco de sensación a los dedos.

—Gracias —murmuré.

Ella se sentó en el sillón de enfrente, con las piernas cruzadas y la taza entre las manos. Me miró un rato en silencio, como evaluando cuánto podía aguantar.

—No tienes que hablar ahora si no quieres —dijo al fin—. Pero si lo necesitas… estoy aquí. Sin juicios. Sin “te lo dije”.

La frase me atravesó. Porque sí me lo había dicho. Hace un año. Y yo le había gritado. Le había puesto una mano en la cara. La había echado de mi vida por atreverse a nombrar lo que yo no quería ver.

—Lo siento —volví a decir, y esta vez la voz me salió más firme, aunque todavía rota—. De verdad, Vi. Fui una estúpida. Te traté como basura cuando lo único que hacías era cuidarme.

Violeta bajó la mirada a su taza. Dio un sorbo lento antes de responder.

—Duele, sí. Mucho. Pero yo también me fui. Podría haber insistido más. Podría haber vuelto a golpear tu puerta. No lo hice. Así que… estamos a mano en la parte de cagarla, ¿ok?

Solté una risa corta, amarga. Ella sonrió un poco, solo con un lado de la boca.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue necesario. Yo miraba el vapor subir de la taza y sentía cómo el cuerpo empezaba a registrar todo lo que había pasado en las últimas horas: el vestido arrugado, el maquillaje corrido, el peso de haber dejado un anillo sobre una mesita de noche como si fuera basura.

—Hay algo que nunca te conté —dije de pronto.

Violeta levantó la vista.

—¿El qué?

—Lo de los diseños.

Ella frunció el ceño, confusa.

—Pensé que dejaste de diseñar cuando te saliste de la carrera.

Negué con la cabeza. El movimiento me dolió un poco, como si el cuerpo todavía estuviera en modo supervivencia.

—Nunca dejé de diseñar. Solo… dejé de firmarlos.

Me incorporé un poco en el sofá, abrazando la taza con las dos manos porque necesitaba algo que me anclara.

—Empezó hace cuatro años. Leo tenía la empresa pequeña de accesorios. Estaba estancado. Un día me vio dibujando en la libreta y me pidió que le pasara algunas ideas. “Solo para inspirarme”, dijo. Yo se las di. A la semana siguiente esas mismas piezas estaban en su catálogo. Con el nombre de Lily.

Violeta abrió la boca, pero no dijo nada. Solo esperó.

—La primera vez me molestó —continué—. Se lo dije. Me miró como si yo estuviera exagerando. “Lily necesita un portafolio, Camille. Tú no. Tú vas a ser mi esposa. Vas a estar en casa. ¿Para qué quieres crédito profesional si vas a dejar de trabajar?”. Y yo… yo le creí. O quise creerle. Porque en ese momento todavía pensaba que casarme con él era el final feliz.

Me reí sin gracia.

—Después se volvió costumbre. Yo diseñaba de madrugada, cuando él dormía. Escondía los bocetos debajo del colchón. Se los entregaba en un sobre sin nombre. Él los revisaba, hacía algunos cambios mínimos y se los daba a Lily para que los presentara como suyos. “Es temporal”, me decía. “Solo hasta que la empresa despegue. Después te hago socia. Después firmamos juntos”.

—Y nunca pasó —completó Violeta en voz baja.

—Nunca pasó. En cambio, cada vez que había una reunión importante, Lily era “la diseñadora brillante”. Yo era “la novia de Leo”. La que sonreía en las fotos. La que servía el vino. La que se quedaba callada cuando alguien elogiaba un arete o un collar que yo había dibujado a las tres de la mañana con los ojos ardiendo.

Apreté la taza con más fuerza. El borde me marcó la piel de los dedos.

—Hubo una vez… hace como año y medio. Había diseñado una colección completa. Collares con engarces que parecían ramas, anillos con piedras en bruto. Estaba orgullosa. De verdad orgullosa. Se la mostré a Leo una noche y sus ojos se iluminaron. “Esto es oro, Camille. Esto nos va a sacar adelante”. Al día siguiente me pidió los originales. Yo se los di. Dos semanas después vi la misma colección en una presentación. Lily en el escenario. Leo presentándola. “El talento de mi socia y amiga de toda la vida”. Yo estaba en la segunda fila. Sonriendo. Aplaudiendo. Muriendo un poco por dentro.

Violeta dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco.

—Y tú no dijiste nada.

—Dije algo. Esa misma noche. Le dije que me dolía. Que quería crédito. Que era mi trabajo. ¿Sabes qué me respondió?

Tragué saliva. La memoria todavía me quemaba la garganta.

—Me dijo que yo era mezquina. Que Lily no tenía el respaldo que yo tenía. Que yo lo tenía a él, y que eso debería bastarme. Que si seguía con esa actitud celosa iba a arruinarlo todo. Y después… después me empujó. No fue fuerte. Solo un manotazo en el hombro cuando intenté seguir discutiendo. Tropecé contra la cómoda. Me salió un moretón. Él se asustó. Me abrazó. Me pidió perdón. Me dijo que yo lo había provocado por insistir. Y yo… yo me disculpé. Otra vez.

El silencio que siguió fue distinto. Más denso. Violeta tenía los ojos brillantes, pero no de pena. De rabia contenida.

—Hijo de puta —susurró.

Asentí. Por primera vez en mucho tiempo, la palabra no me sonó exagerada. Me sonó justa.

—Cada vez que cedía —seguí—, pensaba que era temporal. Que si aguantaba un poco más, si demostraba que podía ser la mujer comprensiva y madura que él necesitaba, entonces él iba a elegirme. De verdad. Sin Lily en el medio. Sin mis diseños con otro nombre. Sin yo sintiéndome invisible en mi propia vida.

Me pasé una mano por la cara. El maquillaje ya era un desastre seco.

—Hoy me di cuenta de que nunca iba a pasar. Que yo podía desaparecer por completo y él ni se enteraría. Que la familia que me prometió era solo una zanahoria que me ponía delante para que siguiera jalando el carro.

Violeta se levantó de golpe. Caminó hasta la ventana, miró a la calle un segundo y después se giró hacia mí.

—Escúchame bien, Camille. Eso que hiciste hoy… irte… no es solo dejar a un hombre. Es recuperar tu puta vida. Y no voy a dejar que vuelvas a achicarte por nadie. Ni por Leo. Ni por culpa. Ni por miedo a estar sola. ¿Me oyes?

Asentí. Las lágrimas volvieron, pero esta vez eran distintas. Ya no eran solo de dolor. Había alivio en ellas. Y algo parecido a rabia. Una rabia limpia, que no pedía permiso.

—No sé qué voy a hacer —admití—. No tengo trabajo. No tengo casi ahorros. Dejé la carrera a medio camino. Todo lo que sé hacer lo hice en secreto durante años.

Violeta volvió a sentarse, esta vez a mi lado. Me tomó una mano.

—Vas a diseñar. Con tu nombre. Y vas a buscar trabajo. Y mientras tanto vas a quedarte aquí el tiempo que necesites. Sin pagar renta. Sin deberme nada. ¿Claro?

—No puedo aceptar eso…

—Sí puedes. Y lo vas a hacer. Porque yo tampoco voy a dejar que mi mejor amiga se quede en la calle después de haber sobrevivido a seis años de mierda.

Me reí entre lágrimas. Ella también. Un poco. El sonido fue extraño y necesario al mismo tiempo.

Después de un rato me levanté, fui al baño y me miré al espejo. La mujer que me devolvió la mirada tenía los ojos hinchados, el pelo revuelto y restos de rímel en las mejillas. Pero por primera vez en mucho tiempo no desvié la vista. Me sostuve la propia mirada.

—Hola —le susurré a mi reflejo—. Hace tiempo que no te veía.

Cuando volví a la sala, Violeta había sacado sábanas limpias y estaba preparando el sofá cama.

—Puedes quedarte en mi cama si quieres —ofreció—. Yo me acomodo aquí.

—No. El sofá está bien. De verdad.

Asintió. No insistió. Esa era una de las cosas que siempre había amado de ella: sabía cuándo empujar y cuándo dejar espacio.

Mientras tendíamos las sábanas juntas, pregunté en voz baja:

—¿Crees que soy idiota por haber aguantado tanto?

Violeta se detuvo. Me miró con seriedad.

—Creo que estabas asustada. Y sola. Y que alguien que decía amarte te enseñó que tu valor dependía de cuánto podías callarte. Eso no te hace idiota. Te hace humana. Y ahora estás aquí. Esa es la parte que importa.

Me mordí el labio para no llorar otra vez. Asentí.

Cuando por fin apagamos las luces, me recosté en el sofá y miré el techo. El departamento estaba en silencio, solo se oía el tráfico lejano y la respiración tranquila de Violeta en la otra habitación. Por primera vez en años no estaba esperando el sonido de una llave en la puerta. No estaba calculando si Leo llegaría o no. No estaba preparando una sonrisa por si acaso.

Cerré los ojos.

En la oscuridad, los recuerdos del robo de mis diseños seguían ahí. Pero ya no pesaban igual. Ahora tenían bordes. Tenían nombre. Y por primera vez sentí que podía mirarlos sin convertirme en ellos.

Mañana sería otro día. Mañana tendría que pensar en trabajo, en dinero, en cómo reconstruir algo que llevaba años hecho pedazos. Pero esta noche… esta noche solo necesitaba estar viva. Y lo estaba.

En el departamento de mi mejor amiga. Sin anillo. Sin excusas. Sin nadie a quien cederle el lugar.

Y por primera vez en mucho tiempo, eso fue suficiente.

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