Capítulo 5 Capítulo 5
Camille
Me desperté con el cuello entumecido y un segundo de pánico absoluto.
Por un instante no supe dónde estaba. El sofá era demasiado blando, la luz entraba por un ángulo distinto y no se oía la respiración pesada de Leo a mi lado. El corazón me golpeó el pecho con fuerza hasta que la memoria regresó de golpe: la tarta, el anillo sobre la mesita, la maleta, Violeta abrazándome en el pasillo.
Solté el aire despacio. Estaba en el departamento de Violeta. Estaba a salvo.
Al menos por ahora.
Me incorporé. El cuerpo me pesaba como si hubiera corrido un maratón. Tenía los ojos hinchados y la boca pastosa. En la cocina se oía el ruido suave de alguien moviéndose. El olor a café ya llenaba el ambiente.
Violeta apareció en el marco de la puerta con dos tazas y el pelo todavía revuelto del sueño.
—Pensé que ibas a dormir hasta mediodía —dijo, dejándome una taza en la mesa de centro—. Bebé. Está fuerte.
Acepté la taza. El primer sorbo me quemó la lengua, pero me ayudó a aterrizar.
—¿Dormiste algo? —pregunté.
—Lo suficiente. Tú no se te ve muy descansada.
Sonreí sin ganas.
—Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la puerta del apartamento. O la cara de Lily en esa foto. O… otras cosas.
Violeta se sentó en el sillón, con las piernas recogidas bajo el cuerpo. No presionó. Solo esperó, como siempre hacía cuando sabía que yo necesitaba tiempo.
Guardé silencio un rato, mirando el vapor del café. Después hablé, porque el recuerdo ya estaba ahí, empujando.
—Una vez me empujó.
Ella levantó la vista de inmediato. No dijo “¿qué?”, ni “¿cuándo?”. Solo apretó la mandíbula y esperó a que yo siguiera.
—No fue… no fue una paliza ni nada de eso —aclaré rápido, como si todavía necesitara justificarlo—. Fue un manotazo. En el hombro. Pero… me hizo tropezar. Caí contra la cómoda. Me salió un moretón enorme en la cadera. Morado. Feo.
Violeta no apartó la mirada.
—¿Por qué?
Me encogí de hombros, aunque el gesto me dolió.
—Porque le dije que estaba cansada de que Lily usara mis cosas. Esa noche ella se había llevado mi kit de herramientas de diseño sin preguntar. Rompió una lima cara. Yo se lo reclamé a él cuando llegó. Le dije que no era justo. Que yo también existía en esa casa. Él se puso rojo. Me gritó que era una mezquina, que Lily no tenía nada y que yo tenía de sobra. Yo insistí. Le dije que estaba harta de ceder siempre. Y entonces… me empujó. Como para callarme. Como para que dejara de hablar.
Tragué saliva. El café de pronto me supo amargo.
—Después se asustó. Me ayudó a levantarme. Me pidió perdón mil veces. Me besó el moretón. Me dijo que yo lo había sacado de quicio, que sabía que él no era así, que la discusión se le había ido de las manos. Y yo… yo me disculpé. Por haber insistido. Por haberlo “provocado”.
La última palabra me salió como un escupitajo.
Violeta dejó la taza sobre la mesa con cuidado, como si tuviera miedo de romperla.
—Camille…
—Ya sé —la interrumpí, porque si me dejaba seguir iba a empezar a justificarme otra vez por inercia—. Ya sé que no está bien. Que nadie tiene derecho a ponerme una mano encima. Que disculparme yo fue una estupidez. Lo sé ahora. En ese momento solo… solo quería que dejara de estar enojado. Quería que volviera a mirarme como antes. Quería que la casa dejara de sentirse como un campo minado.
Me pasé una mano por el brazo, ahí donde a veces todavía sentía el eco del empujón aunque ya no hubiera moretón.
—Después de eso empecé a medir cada palabra. Cada gesto. Si levantaba demasiado la voz, si ponía una cara demasiado seria, si preguntaba demasiado… tenía miedo de que volviera a pasar. Y él lo sabía. No lo decía. Pero lo sabía. Porque cada vez que yo me quedaba callada después de una discusión, él me acariciaba el pelo y me decía “así me gusta, mi vida. Tranquila. Sin dramas”.
Violeta se pasó las manos por la cara. Cuando las bajó, sus ojos miel estaban brillantes de furia contenida.
—Ojalá estuviera aquí ahora mismo —murmuró—. Le partiría la cara.
Solté una risa corta, sin humor.
—Eso mismo pensé yo muchas noches. Y después me odiaba por pensarlo. Porque “él no era así de verdad”. Porque “había sido un momento de estrés”. Porque “yo también tenía la culpa por no saber cuándo parar”.
—Dejá de hacer eso —dijo ella, más firme—. Dejá de cargarte la culpa que no te corresponde. Él te puso la mano encima. Él te hizo sentir que tu seguridad dependía de cuánto podías achicarte. Eso no se negocia. No se justifica. Punto.
Asentí. Las lágrimas me picaron los ojos otra vez, pero esta vez no las dejé salir. Estaba cansada de llorar. Quería otra cosa. Quería rabia. Quería claridad.
—Tengo miedo —admití en voz baja—. Miedo de que, ahora que me fui, me arrepienta. Miedo de que vuelva a buscarme y yo sea tan débil como para abrirle la puerta. Miedo de no saber quién soy si no estoy intentando agradarle a alguien.
Violeta se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—Ese miedo es normal. Se va a quedar un tiempo. Pero no vas a estar sola mientras lo atraviesas. Y cada vez que sientas que se te debilita la resolución, me vas a decir. ¿Ok? Aunque sea a las tres de la mañana. Me vas a decir y vamos a recordarlo juntas: él te empujó. Él te hizo sentir pequeña. Él te robó el crédito de tu propio trabajo. Y tú te fuiste. Eso es lo que pasó. No la versión bonita que él va a intentar venderte si alguna vez reaparece.
Me quedé mirándola. Había algo en su voz —una certeza absoluta— que me sostenía más que cualquier abrazo.
—Ok —susurré.
Ella asintió, como si hubiéramos cerrado un trato.
Después se levantó y fue a la cocina. Escuché abrir la heladera, el ruido de platos. Volvió con tostadas y mermelada.
—Comé algo. Después hablamos de lo práctico. Trabajo. Plata. Qué vas a hacer con tus diseños. Todo eso. Pero primero comé. Tenés cara de no haber metido nada al estómago desde ayer.
Obedecí. La tostada sabía simple y real. Mientras masticaba, Violeta se quedó en silencio, dándome espacio. Eso también era nuevo. Con Leo el silencio siempre había tenido peso. Aquí solo… existía.
Cuando terminé, dejé el plato a un lado y me atreví a preguntar lo que me estaba rondando desde la noche anterior.
—Vi… ¿tú sabes de algún lugar donde pueda buscar trabajo? Aunque sea de cualquier cosa. Necesito empezar a moverme. Si me quedo quieta demasiado tiempo voy a empezar a pensar de más.
Ella dejó su propia tostada y me miró con una expresión que no supe leer del todo.
—De hecho… sí. Estaba esperando a que preguntaras.
Mi estómago dio un vuelco.
—¿Qué?
—Hay alguien. Un conocido de la universidad. Tiene una empresa grande de joyería de alto nivel. Está buscando diseñadores. Le hablé de ti hace un tiempo —hizo una pausa, eligiendo las palabras—. Bueno, le hablé más de una vez. Él… conoce tu trabajo. De antes. De cuando todavía estudiabas.
Sentí un frío extraño en la nuca.
—¿Cómo va a conocer mi trabajo si nunca firmé nada?
Violeta sostuvo mi mirada.
—Porque en la universidad tus diseños corrían. La gente hablaba. Y él prestaba atención. Mucha.
Me removí en el sofá.
—¿Y ahora qué? ¿Le dijiste que me fui de casa?
—Le dije que estabas disponible. Que necesitabas un lugar donde te valoraran de verdad. Él respondió casi de inmediato. Quiere verte. Quiere que lleves tu portafolio. Dijo que tiene un puesto y que se encargaría de todo el proceso.
El corazón me empezó a latir más rápido. No sabía si de esperanza o de miedo.
—¿Y quién es? —pregunté.
Violeta dudó un segundo. Solo un segundo.
—Damián Sinclair.
El nombre no me sonó del todo desconocido, pero tampoco me trajo una cara clara. En la universidad había tantos nombres…
—¿El de Sinclair & Co.? —pregunté, frunciendo el ceño—. ¿El hijo del dueño?
—El dueño ahora. Sí.
Me llevé una mano a la boca. Sinclair & Co. era una de las empresas más importantes del sector. Piezas de alta joyería. Eventos de gala. El tipo de lugar donde yo había soñado trabajar cuando todavía creía que mi nombre iba a aparecer en algún catálogo.
—Vi… eso es demasiado grande. Yo no tengo experiencia formal. Solo tengo bocetos escondidos y cuatro años diseñando para que otra persona se llevara el crédito.
—Y él lo sabe —respondió ella con calma—. Por eso quiere verte. No te está ofreciendo un favor. Te está ofreciendo un trabajo. Según él, desde hace tiempo.
Me levanté del sofá. Necesitaba moverme. Caminé hasta la ventana y miré la calle. El sol de la mañana ya estaba alto. Gente yendo a trabajar. Vidas normales. Yo ya no sabía cómo se sentía eso.
—Tengo miedo —repetí, más para mí que para ella.
—Lo sé. Pero este miedo es distinto al otro. Este es el miedo de alguien que por fin puede elegir. No es lo mismo.
Me giré hacia ella. Violeta seguía sentada, firme, como una ancla.
—¿Y si no estoy lista? ¿Y si llego y me doy cuenta de que perdí demasiado tiempo? ¿Y si mis diseños ya no valen nada?
—Entonces lo averiguamos juntas —dijo sin dudar—. Pero no vamos a averiguarlo quedándonos escondidas en este departamento. ¿Me acompañás a buscar tu portafolio? El de verdad. El que escondías debajo del colchón. Porque ese va a ser el que le muestres.
El pecho se me apretó. Esos bocetos eran lo único que me había quedado de la mujer que fui antes de aprender a callarme. Eran prueba y herida al mismo tiempo.
Asentí despacio.
—Ok. Vamos a buscarlos.
Violeta sonrió. No fue una sonrisa grande. Fue pequeña y determinada.
—Bien. Primero duchate. Te presté ropa limpia. Después desayunamos de verdad. Y después vamos a recuperar lo que es tuyo.
Mientras caminaba hacia el baño, sentí el moretón fantasma en la cadera otra vez. Ya no estaba. Hacía más de un año que no estaba. Pero el cuerpo lo recordaba. El cuerpo recordaba el empujón, la cómoda, la disculpa que no debí haber dado.
Esta vez, en lugar de tragarlo, lo nombré en silencio:
Él me empujó.
Yo me fui.
Y ahora voy a diseñar con mi nombre.
Abrí la canilla. El agua caliente me golpeó la cara. Y por primera vez en mucho tiempo, no lloré debajo de la ducha.
Solo respiré.
