Capítulo 3 Piscina

Lili

No sé cuánto tiempo llevo en la piscina con Carlos.

Probablemente demasiado.

Pero, sinceramente, me importa poco.

Después del viaje, del barro, de la universidad, del rector y de descubrir que iba a vivir bajo el mismo techo que tres de mis mayores problemas sentimentales, necesitaba esto.

—¡Carlos! —le grito entre risas cuando intenta hundirme otra vez.

—¡No seas tramposa!

—¡Tú empezaste!

Me sumerjo antes de que pueda atraparme y nado hasta el otro extremo.

Cuando saco la cabeza, escucho una carcajada.

No es la de Carlos.

Me giro.

Pablo está sentado en una de las sillas junto a la piscina.

Y mi corazón decide que hoy quiere trabajar horas extras.

Lleva una camiseta blanca y unos shorts oscuros. Tiene el cabello ligeramente húmedo y está mirando su teléfono, aunque claramente acaba de reírse de nosotros.

O de mí.

No sé cuál de las dos opciones me pone más nerviosa.

—¿Qué? —pregunto.

Pablo levanta la mirada.

—Nada.

—¿Entonces por qué te ríes?

—Porque ustedes parecen dos niños de cinco años.

Carlos se lleva una mano al pecho.

—¿Nosotros? ¿Y tú qué haces aquí sentado como señor de cincuenta?

Pablo sonríe.

—Disfruto de la tranquilidad.

—Pues olvídate de ella —respondo.

Pablo me mira.

—Ya me di cuenta.

Siento que me arde la cara.

Genial.

Una conversación de cuatro palabras y ya estoy actuando como idiota.

Carlos nada hasta mí y me salpica.

—Minina, sal de ahí. Vamos a buscar algo para comer.

—Tengo hambre.

—Eso ya lo sé.

Salimos de la piscina y agarro una toalla. Me la pongo alrededor del cuerpo mientras Carlos se seca el cabello.

Pablo se levanta.

—Voy a preparar algo.

¿Algo?

¿Pablo cocina?

¿Por qué no sabía esto?

—¿Sabes cocinar? —pregunto, intentando sonar normal.

—Un poco.

—Yo también.

Carlos me mira.

—Mentira.

—¡Sé cocinar!

—Una vez quemaste arroz.

—Fue una vez.

—Y casi incendiaste la cocina.

—Fue una pequeña llamarada.

Pablo se ríe.

—¿Una pequeña llamarada?

—No fue para tanto.

—¿Quieres que te recuerde cómo terminamos comiendo cereal?

—¡Carlos!

Los dos empiezan a reírse.

Yo cruzo los brazos, fingiendo estar ofendida.

—Qué malos amigos tengo.

—Yo soy tu mejor amigo —dice Carlos.

—Y yo soy tu futuro mejor amigo —responde Pablo.

Me quedo quieta.

Carlos también.

Pablo parece darse cuenta de lo que acaba de decir y simplemente se encoge de hombros.

—¿Qué?

—Nada —respondo rápidamente.

Mi cerebro, en cambio:

¡¿TU FUTURO QUÉ?!

—Voy a cambiarme —digo.

—No tardes —dice Carlos.

Subo las escaleras casi corriendo.

Y justo cuando doblo el pasillo, escucho una voz.

—¿Ya empezaste?

Me detengo.

Arturo está apoyado contra la pared.

Perfecto.

Justo lo que necesitaba.

—¿Empezar qué?

—A coquetear.

—¿Con quién?

—Con Pablo.

Suelto una carcajada.

—¿Estás loco?

—Un poco.

—No estoy coqueteando con nadie.

Arturo se acerca.

—Claro que no.

Hay algo en su mirada que me incomoda.

Es la misma mirada de siempre.

La que usaba cuando sabía que tenía algún tipo de poder sobre mí.

La que me hacía sentir como si pudiera tenerme cuando quisiera.

Pero ya no.

—No vuelvas a meterte en mi vida, Arturo.

Su sonrisa desaparece un poco.

—Solo estoy diciendo.

—Pues deja de decir.

Intento pasar a su lado.

Me toma suavemente del brazo.

No con fuerza.

Pero suficiente para detenerme.

Me giro.

—Suéltame.

Lo hace.

—Sigues siendo igual.

—Y tú sigues siendo insoportable.

—Me extrañaste.

—Ni en tus sueños.

—Sí me extrañaste.

—Arturo...

—¿Qué?

—Tengo una regla.

—¿Cuál?

—No volver a caer en tus estupideces.

Sonríe.

—Veremos cuánto dura.

Me alejo sin responder.

Maldito.

Entro a mi habitación y cierro la puerta.

Apoyo la espalda contra ella.

Respira, Lili.

Respira.

No voy a dejar que Arturo arruine esto.

Esta es mi oportunidad de empezar de nuevo.

Universidad nueva.

Casa nueva.

Vida nueva.

Y, sobre todo, cero Arturo.

Bueno...

Cero Arturo es imposible.

Porque aparentemente ahora duerme en la habitación de al lado.

¡Excelente!

Me cambio rápidamente y bajo a la cocina.

El olor a comida llega hasta las escaleras.

Cuando entro, encuentro a Carlos sentado en la barra, mirando cómo Pablo cocina.

—¿Qué preparan?

—Pasta —responde Pablo.

—¡Me encanta!

—Lo suponía.

—¿Por qué?

—Porque Carlos dijo que comes como si llevaras tres días sin hacerlo.

Miro a Carlos.

—Traidor.

—Solo dije la verdad.

Pablo me entrega un plato.

—Prueba.

Lo miro.

Luego lo miro a él.

—¿Yo?

—Sí.

Tomo un tenedor.

Pruebo un poco.

Y cierro los ojos.

—Dios mío.

Pablo sonríe.

—¿Está buena?

—Está increíble.

—¿De verdad?

—Sí.

Carlos mete el tenedor en mi plato.

—A ver.

—¡Oye!

Prueba.

—Está buena.

Pablo sonríe orgulloso.

—Gracias.

Me siento.

Por un momento, todo parece normal.

Hasta que alguien entra en la cocina.

JC.

Silencio.

Lleva una camiseta negra y unos pantalones deportivos. Tiene el cabello todavía húmedo y una expresión que parece decirle al mundo entero que no quiere estar aquí.

Abre el refrigerador.

—¿Quién cocinó?

—Yo —responde Pablo.

JC mira la comida.

—¿Hay para todos?

—Sí.

—Bien.

Saca una botella de agua.

Entonces sus ojos caen sobre mí.

—¿Qué haces aquí?

Parpadeo.

—Comer.

—Esta es mi cocina.

—¿Y?

Carlos suspira.

—JC...

—Pregunté algo.

—Y yo respondí.

Me mira durante unos segundos.

—Tienes cinco minutos aquí y ya estás discutiendo conmigo.

—Tú empezaste.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Lili —interviene Carlos.

—¿Qué?

—No le sigas.

—¿Por qué?

—Porque JC siempre gana.

JC sonríe apenas.

—Exacto.

Lo miro.

—Eso está por verse.

La sonrisa desaparece.

Pablo me observa desde el otro lado de la cocina.

—Lili...

—¿Qué?

—Déjalo.

—Pero...

—Déjalo.

Hay algo en su tono que me hace callar.

JC toma su botella y se marcha.

Yo lo sigo con la mirada.

—Es raro.

Carlos se ríe.

—Mucho.

—¿Siempre es así?

—Peor.

—¿Por qué?

Carlos deja el tenedor.

—No te metas con él.

—¿Por qué todos me dicen eso?

—Porque es complicado.

—Ya lo dijiste antes.

—Y lo seguiré diciendo.

—¿Qué le pasó?

Carlos mira hacia las escaleras.

—No es algo que me corresponda contar.

Eso despierta inmediatamente mi curiosidad.

—¿Entonces tú sabes?

—Sí.

—¿Y Pablo?

—Sí.

—¿Kory?

—También.

—¿Arturo?

Carlos me mira.

—Probablemente.

Entrecierro los ojos.

—Ahora necesito saber.

—No.

—Carlos.

—No.

—Por favor.

—No.

—Te cambio mi postre.

—No.

—Te doy dos.

—No.

—Tres.

—Lili.

—Cuatro.

—No.

—Cinco.

—¡No!

Me río.

—Está bien.

Carlos niega con la cabeza.

—No sé cómo sobrevivirás aquí.

—Yo tampoco.

La puerta principal se abre.

Kory entra.

—¿Qué hay para comer?

—Pasta —responde Pablo.

Kory se acerca y toma un plato.

—¿Y tú? —me pregunta.

—Yo ya comí.

—¿Cómo te sientes?

—Bien.

—¿Segura?

Asiento.

—Solo estoy cansada.

Kory se sienta junto a mí.

—Ayer no sabía que nos veríamos hoy.

—Yo tampoco.

Carlos levanta una ceja.

—¿Ayer se vieron?

Kory asiente.

—Sí.

Carlos me mira.

—¿Y no me dijiste?

—No tuve tiempo.

—¿Qué hicieron?

—Nada.

Kory sonríe.

—Fuimos por un café.

Carlos me mira con una expresión que conozco perfectamente.

—¿Un café?

—Sí.

—¿Solo un café?

—Carlos...

—Pregunto.

Kory se ríe.

—Solo un café.

Desde el otro lado de la cocina, Arturo aparece.

—¿Ya empezaron con las mentiras?

Mi sonrisa desaparece.

Kory lo mira.

—¿Qué quieres decir?

—Nada.

—Entonces cállate.

Arturo sonríe.

—Relájate.

—Estoy relajado.

—No parece.

Carlos se pone de pie.

—Ya.

Todos lo miramos.

—Es mi primer día con Lili aquí. ¿Podemos pasar cinco minutos sin discutir?

—Yo no estaba discutiendo —dice Arturo.

—Tú nunca haces nada —responde Carlos.

—Exactamente.

Me río.

—Esto va a ser interesante.

Carlos me mira.

—No digas eso.

—¿Por qué?

—Porque todavía no sabes lo que estás diciendo.

Entonces escuchamos un golpe.

Todos nos giramos.

JC está parado en la entrada.

Tiene la mandíbula tensa.

—¿Qué?

Nadie responde.

—¿Qué miran?

—Nada —dice Pablo.

JC se queda unos segundos observándonos.

Después se marcha.

Lo sigo con la mirada.

Hay algo en él.

Algo que no puedo explicar.

No es simplemente malhumorado.

Es como si estuviera permanentemente preparado para defenderse de algo.

Como si esperara que alguien lo atacara.

Y eso me intriga.

Demasiado.

—Lili.

Me sobresalto.

Carlos me mira.

—¿Qué?

—No.

—¿No qué?

—Ni siquiera pienses en acercarte a JC.

Frunzo el ceño.

—No estaba pensando eso.

Mentira.

—Te conozco.

—No sabes nada.

—Lili.

—Está bien.

Me levanto.

—Voy a arreglar mis cosas.

—Buena idea.

Subo las escaleras.

Pero cuando llego al segundo piso, veo que la puerta de JC está entreabierta.

Me detengo.

No debería.

No voy a hacerlo.

Definitivamente no.

Doy un paso.

Luego otro.

Escucho algo caer dentro.

—¿Estás bien?

Silencio.

—JC.

Nada.

Empujo un poco la puerta.

—¿Hola?

Lo encuentro sentado en el suelo.

Hay una caja abierta frente a él.

Fotografías.

Muchas fotografías.

Pero en cuanto me ve, las recoge rápidamente.

—¿Qué haces aquí?

—Escuché un golpe.

—Estoy bien.

—¿Seguro?

—Sí.

Me quedo en la puerta.

—Bueno.

Me doy la vuelta.

—Lili.

Me detengo.

—¿Sí?

—No vuelvas a entrar aquí.

Su voz no suena enfadada.

Suena... cansada.

—Está bien.

Cierro la puerta.

Pero antes de irme, alcanzo a ver una fotografía que quedó en el suelo.

Una mujer.

Y un niño.

JC de pequeño.

La mujer lo abraza.

Y detrás de ellos hay algo escrito.

No alcanzo a leerlo.

Sigo caminando.

No sé quién es esa mujer.

No sé qué le pasó.

No sé por qué JC parece odiar a todo el mundo.

Pero ahora sé una cosa.

Tiene una historia.

Y quiero conocerla.

Aunque probablemente eso sea exactamente lo que no debería hacer.

Porque si algo he aprendido en mi vida...

es que cada vez que intento mantenerme alejada de los problemas,

los problemas parecen encontrarme primero.

:::

Capítulo anterior
Siguiente capítulo