Capítulo 4 Problema

Lili

Tengo un problema.

Uno bastante grande.

Y no, no es Arturo.

Tampoco Kory.

Ni siquiera es que Pablo esté a unos metros de mi habitación y yo tenga que fingir que no me importa cada vez que lo veo.

Mi problema es JC.

No porque me caiga mal.

Eso sería demasiado sencillo.

El problema es que me da curiosidad.

Una curiosidad enorme.

Y yo nunca he sido buena ignorando las cosas que me dan curiosidad.

Especialmente cuando alguien me dice que no debo acercarme.

Eso solo hace que quiera acercarme más.

—No lo hagas —me digo mientras entro a mi habitación.

Cierro la puerta.

—No es asunto tuyo.

Dejo caer mi cuerpo sobre la cama.

—No es asunto tuyo, Lili.

Me quedo mirando el techo.

—No es asunto tuyo.

Silencio.

—Pero quiero saber.

Me tapo la cara con ambas manos.

—¡Dios mío!

Estoy hablando sola.

Primer día en la universidad y ya estoy perdiendo la cabeza.

Me levanto y comienzo a sacar mi ropa de las maletas.

Necesito distraerme.

Tengo que organizar mi armario, mis zapatos, mis libros y todas las cosas que mamá metió en mi equipaje como si me fuera a vivir a otro país.

Encuentro tres paquetes de galletas.

Dos latas de atún.

Un montón de calcetines.

Y una nota.

La saco.

"Come bien. No confíes en cualquiera. Llámame cuando llegues. Te quiero."

Sonrío.

Mamá siempre hace lo mismo.

Guardo la nota dentro del cajón de mi mesa de noche.

Después continúo ordenando.

Mi habitación empieza a tomar forma poco a poco.

La ropa en el armario.

Los zapatos debajo de la cama.

Los libros sobre el escritorio.

Los productos de baño en el pequeño estante.

Y mis fotografías en la pared.

Una de ellas es de Carlos y yo cuando teníamos quince años.

Él tiene un brazo alrededor de mis hombros y yo estoy haciendo una mueca.

Sonrío.

—Mi mejor amigo —murmuro.

No puedo creer que esté aquí.

De todos los lugares del mundo, tenía que terminar precisamente en esta residencia.

Quizá la vida no es tan mala después de todo.

Aunque...

Arturo.

Pablo.

Kory.

JC.

Sí.

Retiro lo dicho.

La vida es una completa locura.

Unos golpes en la puerta me sacan de mis pensamientos.

—¿Sí?

La puerta se abre.

Carlos asoma la cabeza.

—¿Ya terminaste?

—Casi.

—¿Quieres salir?

—¿A dónde?

—A comprar unas cosas.

—¿Ahora?

—Sí.

Miro el reloj.

Son casi las seis de la tarde.

—Pensé que ibas a ir a ver a tu hijo.

—Mañana.

—Ah.

Carlos entra.

—Quiero comprar algunas cosas para la casa antes de irme.

—¿Qué cosas?

—Comida, bebidas, cosas de limpieza...

—¿Y me vas a dejar aquí sola?

—No estarás sola.

Lo miro.

—¿Con quién?

—Con cuatro hombres.

—Eso no me hace sentir mejor.

Carlos se ríe.

—También estará Kory.

—Eso tampoco.

—Y Pablo.

Lo miro fijamente.

—Mucho peor.

Carlos empieza a reír.

—¿Ves? Sabía que ibas a decir eso.

—No sé de qué hablas.

—Claro.

—Carlos.

—Lili.

—No me gusta Pablo.

—Nunca dije que te gustara.

—Pero lo pensaste.

—No necesito pensarlo. Lo sé desde hace años.

—¡Cállate!

Me lanza una almohada.

—Vamos.

—Está bien.

Tomo mi bolso.

Salimos al pasillo.

Bajamos las escaleras y encontramos a Kory en la sala.

—¿Van a salir?

—Sí —responde Carlos.

—Voy con ustedes.

Mi corazón hace una pequeña pirueta.

No sé por qué.

Tal vez porque Kory y yo todavía tenemos algo pendiente.

Lo que sea que sea.

—Perfecto —dice Carlos.

Kory se pone de pie.

—¿Necesitan algo específico?

—Comida.

—Eso es bastante específico.

—Entonces compraremos comida.

Carlos abre la puerta.

—Vamos.

Antes de salir, escucho una voz detrás de nosotros.

—¿A dónde van?

Me giro.

Pablo está bajando las escaleras.

—Al supermercado —responde Carlos.

—¿Puedo ir?

Carlos asiente.

—Claro.

Mi corazón vuelve a hacer una pirueta.

¡Maldito corazón!

—Entonces vamos.

Pablo toma las llaves del auto.

—Yo conduzco.

—No —dice Carlos.

—¿Por qué?

—Porque la última vez casi nos matas.

—Fue una vez.

—Una vez suficiente.

Kory se ríe.

—Yo conduzco.

—Tú tampoco —dice Carlos.

—¿Entonces quién?

Carlos levanta las llaves.

—Yo.

—Aburrido —murmura Pablo.

Salimos.

El auto es grande, así que cabemos los cuatro.

Yo me siento atrás.

Kory se sienta a mi lado.

Pablo adelante.

Y Carlos conduce.

—Esto parece una salida familiar —digo.

—No somos una familia —responde Kory.

—Gracias por destruir el momento.

Se ríe.

—Lo siento.

Pablo gira un poco la cabeza.

—¿Qué van a hacer mañana?

—Yo voy a ver a mi hijo —responde Carlos.

—¿Tienes hijo? —pregunta Pablo.

—Sí.

—¿Y tú?

Pablo me mira.

—¿Yo qué?

—¿Tienes hijos?

—No.

—¿Novia?

Silencio.

Me arrepiento inmediatamente de haber preguntado.

Kory me mira.

Carlos sonríe.

Pablo vuelve a mirar hacia adelante.

—No.

—Ah.

¿Por qué dije eso?

¿Por qué?

—¿Y tú, Kory? —pregunta Pablo.

—Tampoco.

Me muerdo el labio.

—Qué interesante.

Carlos se ríe.

—¿Qué estás haciendo?

—Nada.

—Estás haciendo preguntas.

—Solo conversamos.

—Claro.

Miro por la ventana.

La ciudad pasa frente a nosotros.

Intento ignorar la sensación extraña que tengo.

Pablo está soltero.

Pablo.

Mi crush desde hace años.

Está soltero.

No debería emocionarme.

No debería.

Pero lo hago.

Y entonces recuerdo algo.

Kory está sentado junto a mí.

Kory.

El chico con el que tuve algunas citas.

El chico que ayer me besó.

Bueno...

No exactamente.

Ayer estuvimos a punto.

Muy a punto.

Pero nada ocurrió.

Y ahora estamos todos viviendo juntos.

Esto no puede terminar bien.

Llegamos al supermercado.

Carlos toma un carrito.

—Dividámonos.

—No —dice Kory—. Si nos dividimos, vamos a terminar comprando cualquier cosa.

—Eso depende de ustedes.

Pablo toma el carrito.

—Yo voy con Lili.

Kory inmediatamente lo mira.

—¿Por qué?

—Porque ella sabe lo que quiere.

Me quedo quieta.

—Sí.

Carlos sonríe.

—Entonces yo voy con Kory.

—Perfecto.

Y se van.

Yo miro a Pablo.

—Esto es raro.

—¿Qué?

—Nada.

—Lili.

—¿Sí?

—¿Te incomoda estar aquí conmigo?

—No.

—Entonces no pasa nada.

Sonríe.

Empujamos el carrito.

—¿Qué quieres?

—Galletas.

—¿Solo galletas?

—Y chocolate.

—Eso no es comida.

—Para mí sí.

Pablo se ríe.

—Está bien.

Llegamos al pasillo de dulces.

Tomo una caja.

Después otra.

—¿Cuántas necesitas?

—No sé.

—¿Para quién compras?

—Para mí.

—¿Todo esto?

—Tengo una familia que alimentar.

—¿Tu familia?

—Yo soy mi familia.

Pablo me mira unos segundos.

—Eres graciosa.

Me quedo congelada.

¿Acaba de decirme graciosa?

—Gracias.

—De nada.

Continuamos caminando.

Por unos minutos, todo es fácil.

Natural.

Hasta que veo a alguien al final del pasillo.

Jennifer Rain.

Mi peor enemiga.

Está acompañada de dos chicas.

Me ve.

Y sonríe.

No.

No, no, no.

—Lili —dice una de sus amigas.

Jennifer se acerca.

—Mira quién está aquí.

No respondo.

—La chica que no consiguió residencia.

Aprieto los dientes.

—Hola, Jennifer.

—¿Ya encontraste dónde vivir?

—Sí.

—Qué suerte.

Su mirada cae sobre Pablo.

Después vuelve a mí.

—¿Con ellos?

No respondo.

—¿En GoodBoys?

Pablo frunce el ceño.

—¿Hay algún problema?

Jennifer sonríe.

—No.

—Entonces sigue caminando.

La sonrisa desaparece.

—No sabía que los GoodBoys necesitaban una mascota nueva.

—Jennifer —digo.

—¿Qué?

—No empieces.

—Yo no empecé nada.

—Siempre haces lo mismo.

Ella se ríe.

—Solo digo la verdad.

Pablo se adelanta un poco.

—Déjala tranquila.

Jennifer lo observa.

—¿Y tú quién eres?

Pablo la mira.

—Alguien que quiere terminar de comprar.

Jennifer sonríe de manera coqueta.

—Podrías comprar conmigo.

—No.

La sonrisa de ella desaparece.

—Qué aburrido.

Se da la vuelta.

Antes de irse, me mira.

—Nos vemos el lunes, Benoist.

Y desaparece.

Suelto el aire.

—Lo siento.

Pablo me mira.

—¿Por qué?

—Por eso.

—No tienes que disculparte por ella.

—Siempre ha sido así.

—Entonces tendrás que aprender a ignorarla.

—Lo intento.

—No parece.

—¿Qué quieres decir?

—Que reaccionas.

—¡Porque me provoca!

—Entonces gana.

Me quedo callada.

Tiene razón.

—Odio cuando tienes razón.

Pablo sonríe.

—Te acostumbrarás.

Regresamos con Carlos y Kory.

—¿Qué pasó? —pregunta Carlos.

—Jennifer —respondo.

—Ah.

—¿Qué dijo?

—Lo de siempre.

Carlos niega con la cabeza.

—No le hagas caso.

Terminamos las compras.

Cuando regresamos a la casa, ya está oscuro.

Entramos con las bolsas.

La sala está vacía.

—¿Dónde están los demás? —pregunto.

—Arturo está arriba —dice Kory.

—¿Y JC?

—No sé.

Dejo las bolsas en la cocina.

—Voy a buscarlo.

Carlos me mira.

—¿Para qué?

—No sé.

—Lili...

—Voy a dejar unas cosas.

Subo las escaleras.

Camino por el pasillo.

La puerta de JC está cerrada.

Me detengo.

No debería.

Sigo caminando.

Pero entonces escucho un ruido.

Una especie de golpe.

Me giro.

La puerta está entreabierta.

—¿JC?

No responde.

Empujo un poco.

—¿Estás bien?

Lo veo de espaldas.

Está frente a la ventana.

—¿Qué quieres?

—Nada.

—Entonces vete.

—Solo quería saber si estabas bien.

—Estoy bien.

—Siempre dices eso.

Se gira.

—Porque estoy bien.

Lo observo.

Tiene una pequeña herida en los nudillos.

—Estás sangrando.

Mira su mano.

—No es nada.

—Eso dicen las personas cuando sí es algo.

—Lili.

—¿Qué?

—No eres mi enfermera.

—Nunca dije que lo fuera.

—Entonces deja de preocuparte.

Me quedo callada.

Él también.

—¿Qué te pasó?

—Nada.

—¿Te peleaste?

—No.

—¿Entonces?

—No es asunto tuyo.

—Todo el mundo dice eso.

—Porque es verdad.

—Está bien.

Me doy la vuelta.

—Buenas noches.

—Lili.

Me detengo.

—¿Qué?

—Gracias.

Lo miro.

Es la primera vez que me habla sin parecer molesto.

—De nada.

Salgo.

Cierro la puerta.

Y sonrío.

No sé por qué.

Pero lo hago.

Bajo las escaleras.

Carlos está en la cocina.

—¿Dónde estabas?

—Arriba.

—¿Con quién?

—JC.

Carlos deja lo que está haciendo.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—¿Qué te dijo?

—Nada.

—Lili.

—Solo hablamos.

Carlos se pasa una mano por el rostro.

—Te dije que no te metieras.

—No me metí.

—Ya empezaste.

—Solo estaba preocupado.

—Ese es el problema.

—¿Qué problema?

—Que te preocupas por todos.

—¿Y eso es malo?

Carlos me mira.

—Con algunas personas, sí.

No sé qué responder.

Entonces escuchamos un ruido.

Algo cae en la sala.

Todos nos giramos.

Arturo aparece.

—¿Qué pasa?

—Nada —dice Carlos.

—Parecía un golpe.

—Se cayó algo.

Arturo me mira.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Segura?

—Sí.

Se acerca.

—Bien.

Y entonces toma mi mano.

Miro sus dedos alrededor de los míos.

—¿Qué haces?

—Nada.

—Suéltame.

Lo hace.

—Solo quería comprobarlo.

—No vuelvas a tocarme sin permiso.

Su expresión cambia.

—Está bien.

Sube las escaleras.

Carlos lo observa.

—No me gusta esto.

—¿Qué?

—Arturo.

—A mí tampoco.

—No.

Carlos niega con la cabeza.

—No me gusta cómo te mira.

No tengo tiempo de responder.

Porque en ese momento escuchamos la puerta principal abrirse.

JC entra.

Tiene la camiseta rota.

Y sangre en el labio.

Todos nos quedamos en silencio.

—¿Qué pasó? —pregunta Pablo.

—Nada.

—Otra vez —murmuro.

JC me mira.

—¿Qué?

—Nada.

Pablo se acerca.

—¿Te peleaste?

—No.

—Tienes sangre.

—Ya lo sé.

JC intenta subir las escaleras.

—Espera —digo.

Se detiene.

—¿Qué?

Tomo el botiquín del armario.

—Siéntate.

—No.

—Siéntate.

—No necesito ayuda.

—Y yo no necesito que seas tan terco.

Carlos abre la boca.

—Lili...

—No.

Camino hacia JC.

Él me mira fijamente.

—Cinco minutos —digo—. Solo cinco.

—No.

—Tres.

—Lili.

—Dos.

Pablo empieza a reírse.

JC lo mira.

—¿Qué?

—Nada.

JC vuelve a mirarme.

—Un minuto.

—Trato hecho.

Se sienta.

Me acerco con el algodón.

Cuando limpio la sangre de su labio, noto que se queda completamente quieto.

Nuestros ojos se encuentran.

Por primera vez, no parece enfadado.

Parece sorprendido.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada.

—Entonces deja de mirarme.

—Tú me estás mirando.

—Porque estoy curándote.

—Excusa.

Mi corazón da un salto.

—¿Qué dijiste?

JC sonríe apenas.

Una sonrisa pequeña.

Casi imperceptible.

Pero está ahí.

Y por alguna razón, siento que acabo de descubrir algo que nadie más conoce.

Una pequeña grieta en la armadura de JC.

—Listo —murmuro.

Me alejo.

Él toca su labio.

—Gracias.

—De nada.

Me levanto.

Y entonces veo algo.

Una pequeña cadena alrededor de su cuello.

Un dije.

Es el mismo símbolo que vi grabado detrás de la fotografía que encontré en su habitación.

Una estrella dentro de un círculo.

Lo miro unos segundos.

JC nota mi mirada.

Su expresión cambia inmediatamente.

Se levanta.

—No vuelvas a preguntarme por eso.

—¿Por qué?

—Porque no quieres saber.

—¿Cómo sabes eso?

Se acerca.

Está tan cerca que tengo que levantar la cabeza para mirarlo.

—Porque algunas historias no tienen finales felices.

Y se marcha.

Me quedo completamente quieta.

Carlos aparece detrás de mí.

—¿Qué te dijo?

Miro las escaleras.

—Nada.

—Lili.

—Nada.

Pero no es verdad.

Porque ahora quiero saber más que nunca.

Y tengo la sensación de que descubrir el pasado de JC será el peor error que pueda cometer.

O quizá...

el más importante de mi vida.

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