Capítulo 5 Aprender

Lili

Hay algo que aprendí durante mis primeros dieciocho años de vida.

Cuando alguien me dice que no haga algo, automáticamente quiero saber por qué.

Y cuando alguien me dice que no pregunte...

Bueno.

Eso es todavía peor.

Llevo casi veinte minutos acostada en mi cama mirando el techo.

No puedo dormir.

No porque esté preocupada por la universidad.

Tampoco porque mañana Carlos se irá a ver a su hijo y me quedaré prácticamente sola con cuatro chicos que probablemente terminarán peleándose por cualquier cosa.

No.

Es por JC.

"Algunas historias no tienen finales felices."

¿Quién dice algo así?

Una persona normal diría: "No es asunto tuyo".

Él dijo algo digno de una película dramática.

Y ahora mi cabeza no deja de darle vueltas.

Me incorporo.

—No te metas, Lili.

Vuelvo a acostarme.

—No es asunto tuyo.

Me giro hacia un lado.

—Duerme.

Cierro los ojos.

Cinco segundos después vuelvo a abrirlos.

—¡Agh!

Me levanto.

Necesito agua.

Salgo de mi habitación y camino descalza por el pasillo.

La casa está completamente silenciosa.

Demasiado silenciosa.

Bajo las escaleras y entro a la cocina.

Abro el refrigerador.

Tomo una botella de agua.

Cuando cierro la puerta, alguien está detrás de mí.

—¡Jesús!

Me llevo una mano al pecho.

Pablo se ríe.

—Lo siento.

—¡Me asustaste!

—No era mi intención.

—¿Qué haces despierto?

—Podría preguntarte lo mismo.

—Tengo sed.

—Claro.

Me observa unos segundos.

—¿No puedes dormir?

—No.

—¿Por qué?

—Por nada.

Pablo se apoya contra la encimera.

—¿JC?

Casi escupo el agua.

—¿Qué?

—Estás pensando en él.

—No.

—Sí.

—No.

—Lili.

—Pablo.

Sonríe.

—Eres muy mala mintiendo.

—No estaba pensando en él.

—Entonces, ¿en qué?

Me quedo callada.

—En ti.

Las palabras salen antes de que pueda detenerlas.

Pablo levanta las cejas.

Yo cierro los ojos.

—No quise decir eso.

—¿No?

—No.

—¿Entonces qué quisiste decir?

—No sé.

Pablo empieza a reír.

—Estás roja.

—Hace calor.

—Tenemos aire acondicionado.

—Soy una persona calurosa.

—Claro.

—Exacto.

Silencio.

—¿Te gusta?

Lo miro.

—¿Qué?

—JC.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Una sencilla.

—No.

—¿Segura?

—Sí.

—Porque lo mirabas bastante.

—¡Estaba herido!

—Yo no dije nada.

—Pero lo pensaste.

—Quizá.

Me cruzo de brazos.

—No me gusta.

—Bien.

—¿Por qué dices "bien"?

—Porque sí.

—Eso no tiene sentido.

—No tiene que tenerlo.

Pablo toma una botella de agua.

—Buenas noches, Lili.

—Buenas noches.

Sube las escaleras.

Me quedo mirándolo.

¿Qué demonios fue eso?

Sacudo la cabeza.

—Concéntrate.

Regreso a mi habitación.

Y, para mi desgracia, ahora tengo dos problemas en la cabeza.

JC.

Y Pablo.

Perfecto.

A la mañana siguiente me despierto con ruido.

Muchísimo ruido.

Abro los ojos de golpe.

—¿Qué demonios...?

Escucho a Carlos gritar.

—¡Lili!

Me levanto.

—¡¿Qué?!

Salgo corriendo de mi habitación.

Bajo las escaleras.

—¿Qué pasó?

Carlos está en la cocina.

—No encuentro mis llaves.

—¿Y me despiertas por eso?

—¡Tengo que irme!

—Están en tu habitación.

—No están.

—¿Buscaste bien?

—Sí.

—¿Debajo de la cama?

—Sí.

—¿En los bolsillos?

—Sí.

—¿En el baño?

—Sí.

—¿En el refrigerador?

Carlos me mira.

—¿Por qué estarían en el refrigerador?

—No sé.

—Lili.

—Solo pregunto.

Kory aparece bostezando.

—¿Qué pasa?

—No encuentro las llaves.

—¿Las del auto?

—Sí.

Pablo baja detrás de él.

—Están sobre la mesa.

Todos miramos.

Las llaves están exactamente sobre la mesa.

Carlos se queda inmóvil.

—¿Desde cuándo están ahí?

—Desde ayer —responde Pablo.

Carlos toma las llaves.

—No estaban ahí.

—Sí estaban.

—No.

—Sí.

—No.

—Carlos, las estás sosteniendo.

—Ese no es el punto.

Me río.

—Estás perdiendo la cabeza.

—Me tengo que ir.

Carlos se acerca y me abraza.

—Compórtate.

—Sí, papá.

—Hablo en serio.

—Yo también.

—No molestes a JC.

—No lo molesto.

—No investigues.

—No investigo.

—No pelees con Arturo.

—Él empieza.

—Lili.

—Está bien.

Carlos me mira unos segundos.

—Y si necesitas algo, llámame.

—Lo haré.

Me abraza otra vez.

—Te quiero, minina.

—Yo también.

Se va.

La puerta se cierra.

Y me quedo mirando la entrada.

Ahora sí.

Estoy sola.

Bueno...

No exactamente.

Porque cuatro chicos siguen viviendo aquí.

Pero mi mejor amigo no está.

—Genial —murmuro.

—¿Qué?

Me giro.

JC está detrás de mí.

—Nada.

—¿Carlos se fue?

—Sí.

—Bien.

—¿Por qué dices bien?

—Porque hay menos ruido.

—Ah.

Se sirve café.

—¿Tú no vas a clases?

—Hasta el lunes.

—Cierto.

Me sirvo cereal.

JC me mira.

—¿Eso vas a desayunar?

—Sí.

—Eso no es desayuno.

—Claro que sí.

—No.

—¿Y qué debería comer?

—Algo de verdad.

—No tengo ganas de cocinar.

—Yo tampoco.

—Entonces estamos de acuerdo.

Se queda callado.

Después abre un cajón.

Saca una sartén.

Lo miro.

—¿Qué haces?

—Cocinar.

—¿Para ti?

—Sí.

—¿Y sabes cocinar?

—Sí.

—¿Qué?

—Huevos.

—Eso es fácil.

—Hazlos tú.

—No.

JC rompe un huevo.

Luego otro.

Me quedo observando.

—¿Por qué me miras?

—Estoy viendo.

—¿Qué?

—Cómo cocinas.

—Es huevo, Lili.

—Nunca se sabe.

Él sonríe apenas.

—Eres rara.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo tomaré como uno.

Termina de cocinar.

Pone los huevos en un plato.

—Come.

—¿Me estás dando comida?

—No.

—Entonces...

—Hice demasiado.

—Ah.

Tomo el plato.

—Gracias.

JC se sienta frente a mí.

Comemos en silencio.

Es extraño.

Pero no incómodo.

Hasta que Arturo entra.

—Buenos días.

Lo miro.

—Buenos días.

Arturo observa el plato que tengo enfrente.

—¿Te cocinó?

—No.

JC lo mira.

—Sí.

Arturo sonríe.

—Qué amable.

—No empieces —dice JC.

—No dije nada.

Arturo se sienta.

—¿Dónde está Carlos?

—Se fue.

—Entonces estamos solos.

—No —responde JC.

—Somos cuatro.

—Cinco.

—¿Quién falta?

Pablo entra.

—Yo.

Arturo sonríe.

—Perfecto.

Pablo abre el refrigerador.

—¿Hay café?

—Sí.

Lo sirve.

Me mira.

—¿Dormiste bien?

—No mucho.

—Yo tampoco.

Arturo los observa.

—¿Interrumpo algo?

—No —respondo.

—Porque parece.

—Arturo.

—¿Qué?

—Cállate.

Pablo se ríe.

JC también.

Me quedo mirando a los tres.

¿Qué está pasando?

Por primera vez, los cuatro están en la misma habitación sin discutir.

Y entonces escuchamos un ruido afuera.

Un motor.

Un auto se estaciona frente a la casa.

Kory entra por la puerta.

—¿Quién llegó?

Todos nos miramos.

Kory cierra la puerta.

—Era Jennifer.

Mi estómago se revuelve.

—¿Jennifer?

—Sí.

—¿Qué quería?

—Hablar con ustedes.

—¿Con nosotros?

—Sí.

Arturo sonríe.

—Interesante.

Kory deja las llaves sobre la mesa.

—Dijo que viene a la fiesta de esta noche.

—¿Qué fiesta? —pregunto.

Los cuatro me miran.

—¿Qué? —pregunto.

Pablo se pasa una mano por el cabello.

—Esta noche hay una fiesta.

—¿Dónde?

—Aquí.

Me quedo con la boca abierta.

—¿Aquí?

—Sí.

—¿Y por qué nadie me dijo?

Arturo sonríe.

—Porque acabas de llegar.

—¿Y qué se supone que voy a hacer?

—Divertirte.

—¿Con cuántas personas?

Kory se encoge de hombros.

—No sé.

—¿Cien?

—Probablemente.

—¿Doscientas?

—Puede ser.

Me levanto.

—¡No!

Todos se ríen.

—¿Qué? —pregunta Pablo.

—Mi primer día aquí y ya van a hacer una fiesta.

—Es viernes.

—¡Precisamente!

—Relájate —dice Kory.

—No.

—Será divertido.

—No conozco a nadie.

—Nos conoces a nosotros.

Miro a Arturo.

—Eso no me tranquiliza.

Arturo sonríe.

—Me hieres.

—Sobrevivirás.

JC se levanta.

—Yo no voy a participar.

—¿Por qué? —pregunto.

—Porque no.

—¿No te gustan las fiestas?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que tienes.

—Eres insoportable.

—Y tú haces demasiadas preguntas.

—Porque tú no respondes ninguna.

Nos miramos.

Pablo empieza a reír.

—Ustedes dos son increíbles.

—¿Qué? —preguntamos al mismo tiempo.

Pablo levanta las manos.

—Nada.

JC se marcha.

Lo observo.

—No voy a dejar que me arruine la fiesta.

Kory sonríe.

—Así se habla.

Arturo se acerca.

—Entonces esta noche te quiero ver arreglada.

—¿Por qué?

—Porque quiero comprobar si sigues siendo la misma niña que conocía.

Lo miro.

—No soy una niña.

—Ya lo sé.

Su mirada baja un instante.

—Eso ya lo sé.

Me incomodo.

—Voy a subir.

Horas después, mi habitación parece un desastre.

Tengo ropa sobre la cama.

Tres vestidos sobre el suelo.

Dos pares de zapatos.

Y ninguna idea de qué ponerme.

—¡¿Por qué esto es tan difícil?!

Escucho una voz desde la puerta.

—Porque estás pensando demasiado.

Me giro.

Kory.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a ver si estabas lista.

—No.

—Ya veo.

Mira alrededor.

—¿Quieres ayuda?

—No.

—Mentira.

—Sí.

Kory entra.

Toma uno de los vestidos.

—Este.

—No.

—¿Por qué?

—Es demasiado corto.

Toma otro.

—Este.

—Demasiado elegante.

—Entonces este.

Me entrega un vestido negro sencillo.

Lo miro.

—Ese me gusta.

—Lo sabía.

—¿Cómo?

—Te conozco.

Me quedo quieta.

Kory se acerca.

—¿Qué?

—Nada.

—Lili.

—Solo estaba pensando.

—¿En qué?

—En nosotros.

Él deja de sonreír.

—¿Qué pasa con nosotros?

—No sé.

—¿Quieres que lo intentemos?

Mi corazón se acelera.

—Kory...

—No tienes que responder ahora.

—Es que estamos viviendo juntos.

—Lo sé.

—Y tú sabes que...

—¿Que te gusta Pablo?

Me quedo completamente inmóvil.

—Yo no dije eso.

—No tienes que hacerlo.

—No sé qué siento.

Kory asiente.

—Está bien.

—¿No estás molesto?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

Se acerca un poco.

—Solo quiero que seas honesta conmigo.

Asiento.

—Lo seré.

Kory sonríe.

—Entonces ponte ese vestido.

—¿Por qué?

—Porque quiero ser el primero en decirte que te ves hermosa.

Siento que mis mejillas se calientan.

—Gracias.

Kory sale.

Me quedo mirando la puerta.

No sé qué hacer.

No sé qué siento por él.

No sé qué siento por Pablo.

Y definitivamente no sé por qué sigo pensando en JC.

Me pongo el vestido negro.

Me miro al espejo.

Por primera vez desde que llegué, me veo como una universitaria.

No como la chica del barro.

No como la niña que llegó con dos maletas enormes.

Una chica nueva.

Una Lili nueva.

Bajo las escaleras.

La música ya está sonando.

Hay personas por todas partes.

Demasiadas.

Carlos no está.

Mi corazón se acelera.

—¡Lili! —grita Kory.

Me acerco.

—¿Qué te parece?

—Un desastre.

—Perfecto.

Me río.

Pablo aparece detrás de él.

Y cuando me ve, se queda quieto.

Solo un segundo.

Pero lo noto.

—Te ves bien —dice.

Bien.

Solo bien.

Aunque su mirada dice otra cosa.

—Gracias.

Arturo aparece.

—Vaya.

Lo miro.

—¿Qué?

—Definitivamente ya no eres una niña.

Pongo los ojos en blanco.

—Voy a buscar algo de beber.

Camino hacia la cocina.

Y entonces alguien me agarra de la muñeca.

Me giro.

JC.

—¿Qué?

—Ven conmigo.

—¿A dónde?

—Arriba.

—¿Por qué?

—Solo ven.

—No.

Su expresión se endurece.

—Lili.

—No puedes aparecer y ordenarme que te siga.

—Hay algo que necesito decirte.

—Entonces dilo aquí.

Mira alrededor.

—No aquí.

—¿Qué pasa?

JC se acerca.

—Jennifer no vino solo por la fiesta.

Mi sonrisa desaparece.

—¿Qué quieres decir?

—Vino por ti.

—¿Por mí?

Asiente.

—Y si yo fuera tú...

Hace una pausa.

—...esta noche tendría mucho cuidado.

Me suelta.

Y se marcha.

Me quedo inmóvil.

La música sigue sonando.

Las personas siguen riéndose.

Pablo está hablando con alguien.

Kory está sirviendo bebidas.

Arturo está junto a la escalera.

Todo parece normal.

Pero ahora sé que no lo es.

Porque Jennifer Rain nunca hace nada sin una razón.

Y si realmente vino por mí...

esta fiesta acaba de convertirse en un problema.

Uno enorme.

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