Capítulo 2 Decisiones
No suelo cometer errores.
Al menos no de los que se sienten en la piel por horas. De esos que no se borran con una ducha rápida o una taza de café.
Pero anoche, anoche fue uno de esos.
El recuerdo llega en fragmentos, música fuerte, risas que no eran mías, hasta que lo fueron. Y luego él, Dante Maxwell, mi jefe.
El hombre que en circunstancias normales apenas me dirige la palabra. El mismo que siempre mantuvo distancia impecable, como si nada ni nadie pudiera desordenarlo.
Pero anoche, no había distancia.
Cierro los ojos un segundo, mala idea, porque mi cuerpo recuerda cosas que no debería.
El peso de sus manos, la forma en la que pronunciaba mi nombre, la manera en la que me miraba, como si no existiera nada más.
—¿Estás escuchando lo que te dije?
La voz de Erick me arranca de mis pensamientos.
—Lo siento, no pude atención.
Él me observa más de lo necesario, como si intentara encontrar algo.
—Sí, eso es bastante evidente. –responde cruzándose de brazos–, ¿qué te pasa?
—Nada, solo tengo sueño.
La excusa suena débil incluso para mí.
—Claro, yo soy Mary Poppins.
No digo nada porque juro que cualquier cosa que diga ahora mismo podría traicionarme.
—¿Es por lo de Maxwell? –añade más serio.
Mi corazón se detiene, el aire contenido presiona mi pecho.
—¿Quién te dijo eso? –pregunto demasiado rápido haciendo que él frunza el ceño.
—Relájate. Todo el mundo sabe cómo te explota en el trabajo, no es ningún secreto.
El aire vuelve a mis pulmones. Se refiere a eso, no a lo que pasó anoche.
—Estas rara. –insiste.
—No es nada. –digo pero no suena convincente, aún así ya no insiste.
—Bueno, –murmura–. Tu peor pesadilla acaba de llegar.
No necesito seguir su mirada, su simple aroma llega hasta mi antes de que él lo haga. No quiero voltear pero termino por hacerlo.
Ahi esta, Dante Maxwell, impecable, pasos seguros, intocable. Cómo si la noche anterior no hubiese existido.
Cómo si yo no hubiese estado ahí, entre sus brazos. Cómo si no me hubiera...aparato los pensamientos antes de que empiecen a formarse.
Sus ojos recorren la oficina con rapidez calculada hasta que se detienen...en nosotros, en Erick. En mi. Y durante un segundo, solo uno, algo cambia.
Es casi imperceptible, pero ahí está, luego desaparece. Su expresión se vuelve neutral, profesional y decide ignorarme.
—¿Por qué no estás en tu oficina, socio?
—Estaba hablando con Danna. ¿Algún problema?
—¿Por qué no hablas con tu asistente?
—Porque no es tan divertida. –quiero rodar los ojos pero no tengo fuerza ni para eso–, de hecho hoy Danna tampoco lo es. Así que mejor me voy.
Levanta las manos en señal de rendición y se aleja.
El silencio recae sobre mi, lo siento antes de verlo, su atención, su presencia.
—¿Qué haces aquí, Danna?
Levanto la mirada y ahí está, mirándome directamente, sin distracción alguna.
—¿Trabajar? –respondo sosteniendo la mirada.
—Curiosa forma de responder.
—Estoy trabajando, señor Maxwell.
El cambio es inmediato, sutil, pero real.
—¿Señor Maxwell? –repite más bajo, como probando las palabras.
No respondo, da un paso hacia mi, solo uno, y es suficiente para que mi cuerpo reaccione.
—A mi oficina, ahora.
No es una sugerencia, es una orden. Y aún así, soy yo la que decide seguirlo.
El trayecto hasta su oficina se siente más largo de lo normal, o tal vez soy yo. Cuando llegamos abre la puerta, entra primero y yo me quedo un segundo afuera.
El suficiente para preguntarme si todavía puedo dar vuelta y fingir que nada de esto pasó.
—Sientate.
—Tenemos que hablar de lo que pasó anoche. –digo antes de que los nervios me traicionen.
—Si. –responde tan simple que me desespera.
—Entonces voy a ser clara. Lo de anoche no puede volver a pasar.
Levanta la mirada, se mueve de su silla rodeando el escritorio.
—¿Eso quieres?
—Es lo correcto.
—No es eso lo que pregunté, Danna.
—Es lo que debería pasar.
Se inclina hacia mi, no me toca aún, pero si presencia me envuelve.
—Danna, mírame. –me súplica, mi respiración se vuelve irregular–, dime qué no lo sentiste. Dime qué no significó nada.
»Tú también lo querías, o eso sentí anoche que estuvimos juntos. ¿Acaso eso está solo en mi?
—Dante...esto es una mala idea.
—Probablemente, –su mirada baja hasta mis labios–, pero no por eso deja de ser real.
Sus dedos rozan apenas mi muñeca, pero mi cuerpo reacciona como si fuera mucho más.
—No hagas eso. –susurro.
—¿Esto? –aprieta apenas un poco mi pierna.
—Sí.
—Entonces dime qué no te gusta.
No puedo, porque sería mentira. Él sonríe no con arrogancia sino con certeza. Se inclina un poco más, si respiración roza mi piel.
Sus labios se acercan a los míos, pero no los toca, está esperando a que yo le dé luz verde.
—Danna, Danna, me vuelves loco.
Cierro los ojos y gimo cuando su mano se enredan en mi cabello y esa es una clara luz verde para él.
Me levanta de la silla y me sienta con cuidado en el escritorio, besa mis labios, la piel de mi cuello, mientras su mano se cuela por debajo de mi falda.
Murmuro su nombre, gimo en su oído mientras sus dedos acarician mi centro. Me aferro a sus hombros, beso su cuello, su agarre se vuelve más fuerte.
El calor comienza a subir mientras sus dedos acarician mi clítoris de forma lenta, echo la cabeza atrás cuando mi cuerpo se tensa con un orgasmo.
Sin dejarme de besar me lleva hasta el sofá en dónde descaradamente rompe mis bragas y entra en mi.
A horcajadas sobre su cuerpo me muevo a su ritmo. Sus dedos se presionan en mi cuerpo mientras hace sonidos de placer.
Mis labios abrazan su erección mientras me llena completamente, lo beso, sus dientes muerden mi mis labios, me abraza
a su cuerpo y se tensa.
Deja besos tiernos sobre mi cara, yo lo hago también. Sonrío sobre sus labios.
La puerta se abre de golpe.
—¡Oye Dante!
