Capítulo 2 2

Para mayor desgracia su ex investigó donde ella vivía y sin dudarlo fue a buscarla. Estaba demasiado obsesionado con ella y no aceptaba perderla. Alicia había dicho anteriormente que si la seguía acosando, lo delataría con la esposa, y eso a él no le agradó. Ahora buscaba la manera de hacerla callar, por las buenas o a las malas, no importaba el método con tal de que su matrimonio no se arruinara.

Amaba a Alicia sí, pero tampoco quería alejarse de la madre de su hijo, ya que, ni en broma había mencionado el divorcio. Todo era una maldita mentira de él para tenerlas a ambas rendidas a sus encantos de hombre guapo y fiel.

Eran días de feria en el pueblo, había mucha gente que transitaba haciendo turismo, y el bullicio era tremendo por las calles empolvadas y adornadas acorde a su santo patrón. Alicia acababa de lavar la ropa y salió a colgarla en el patio de la casa, ¡ah! Grave error el que cometió. Su ex apareció detrás de ella, causando que ella entrara en pánico, se veía tranquilo y con ganas de solo platicar, pero el cuerpo de ella ya estaba alerta ante cualquier ataque.

—¡Qué haces aquí!— exclamó con la voz temblorosa, retrocediendo unos pasos hacia atrás.

—Cariño, solo quiero que sepas que te amo y que en unos días todo estará bien. Prométeme que cuando volvamos a la ciudad arreglaremos nuestros desacuerdos y continuaremos viviendo como antes—dijo el muy descarado.

—Ni loca volvería a cometer el error de dejarte entrar en mi corazón— respondió con la voz suave, sin la intención de que él se alterara. —Ya no me busques, te he dejado claro que entre nosotros no habrá jamás un futuro, tienes una familia y deberías dedicarte a cuidar de ella y olvidarte de mí.

Al verse despreciado, el hombre la tomó del cabello y la golpeó en repetidas ocasiones hasta dejarla derrastrandose en el suelo. No pudo defenderse, tampoco tenía a nadie que lo hiciera por ella. Sus gritos de auxilio eran apagados por las risas de alegría de los que disfrutaban las fiestas a lo lejos.

Su cabeza dolía, sus cabellos habían sido arrancados del cráneo en medio del forcejeo. Era una escena dantesca y digna de una película liderada por un psicópata malvado.

En ese momento el niño lloró, ajeno de saber que era momento crucial y debía guardar silencio. Entró en pánico cuando su ex sonrió… una sonrisa macabra que le heló la sangre con solo verlo hacer eso. Él se dirigió al interior de la casa dispuesto a encontrar al niño que no era su hijo, pero que desde hace meses había prometido que se convertiría en su padre. En cambio, ahora…, ahora en su mente retorcida solo había una palabra “venganza”.

Alicia gritaba, suplicaba que no diera un paso más o se arrepentiría. Logró ponerse de pie después de tanto esfuerzo, llegó justo cuando su ex trataba de levantar al niño en brazos quien sabe con qué intenciones, pero la chica lo evitó derribándole con un jarrón vacío que había llevado desde la sala. Esa fue la única manera que encontró para defenderse y frenar al mismo demonio que había salido del infierno. 

Logró salir de casa, no podía llamar a la policía porque esta llegaría horas después y sería en vano porque su ex ya habría huido. Estuvo escondida en el monte por un largo rato hasta que lo vio alejarse por completo. Sus pies temblaban, toda ella temblaba de miedo, impotencia, rabia y dolor a los golpes que parecían que le había roto los huesos

Cuando su madre volvió de jugar con sus amigas, ni siquiera le preguntó qué había sucedido. No era importante, con tal su nieto estuviera en casa ella estaba feliz aunque ni siquiera lo cuidara por andar en la calle.

Esa indiferencia que Alicia había sufrido desde pequeña dolía. Y todo porque ella se parecía a la hermana gemela que falleció cuando era niña. Desde entonces, su madre la culpó por su muerte y descargó todo su odio y dolor en ella, y ahora… ahora la tenía amenazada diciendo que si se regresaba a la ciudad lo haría sola, sin el pequeño Gael.

Esa noche fue la peor de su vida. Su cabello no toleraba ser cepillado, su cuero cabelludo dolía y sangraba por los mechones que habían sido arrancados sin piedad.

Sus manos casi no podían cargar al bebé, dolía horrores cada gonce de sus dedos que habían estado a punto de ser fracturados durante el forcejeo.

Sus muñecas se estaban tornando entre color morado y rojo vino, al igual que sus pómulos y el resto del cuerpo. Las lágrimas brotaban como cascada, su rostro estaba caliente por ellas y sus ojos rojos de tanto expulsarlas instintivamente.

Dolía, sí, dolía como si le hubiesen arrancado el corazón, pero eso ella lo soportaba… todo por el amor que le tenía a su pequeño bebé que ya había logrado volver a dormir sin saber lo malditos que podían comportarse los adultos.

No podía recostarse en la cama, si lo hacía no podría ni siquiera levantarse al día siguiente. Permaneció sentada en el suelo, con sus piernas pegadas al pecho, siempre vigilando que aquella maldita escoria no volviera a aparecer y terminara de matarla. Lloraba y pedía ayuda en silencio, anhelaba con toda su alma salir de ese lugar, pero era imposible hacerlo sin ser vista.

Estaba arrepentida por haber sido tonta de caer en la trampa de su madre y aceptar visitarla, pero también agradecía que ese viaje le había mostrado la doble cara del hombre que tanto admiraba.

Finalmente, se quedó dormida, su cuerpo no soportaba más y exigió descansar; al amanecer sería otro día, uno en el cual no se sabía si continuaría con vida o si la muerte la visitaría.

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