Capítulo 3 3
Una noche sin planearlo, Alicia vio la oportunidad de escapar. Su padre estaba muriendo de fiebre y su madre lloraba a su lado sin la intención de salir en busca de ayuda porque la doctora estaba allí.
Alicia dijo que iría a la farmacia y, sin nada más que su pequeño de cinco meses acompañándola a escondidas, emprendió un viaje lleno de riesgos en aquella carretera solitaria mientras una leve llovizna caía.
Había caminado muchos kilómetros, pero eso era nada comparado con el temor que sentía al imaginar que su madre enviaría a buscarla cuando no viera su regreso.
Rogaba para que alguien le ayudara, no quería involucrar a su amiga porque temía perderla como a la otra. Necesitaba ampararse en alguien fuerte que se pudiera enfrentar a su ex si fuera necesario, lloraba con cada paso que daba. Los zapatos ya lastimaban sus pies, pero no se podía detener, no cuando todavía estaba a escasas dos horas de aquel pueblo y de sus enemigos.
Un auto se acercaba de encuentro. Era el primero después de atravesar varios pueblos, era casi de madrugada, su garganta estaba seca y sus piernas temblaban, sus pies dolían. No tenía otra opción que pedirle ayuda a quien fuera que iba en aquel auto, en ese momento estaba dispuesta a venderle el alma al mismísimo diablo con tal de obtener la libertad.
Se paró en medio de la carretera y le hizo una señal para que se detuviera. Para su mala suerte, el auto la rodeó y siguió su camino. Ella se decepcionó, aunque era obvio que nadie confiaría en una mujer que deambula a media noche porque en ocasiones los malvados las usan como carnadas y peor en una carretera solitaria.
Por unos segundos se quedó observando cómo aquellas luces se alejaban hasta desaparecer por completo y eso la hizo perder la esperanza de ser auxiliada. Sin fuerzas para continuar, se sentó a un lado de la carretera, su respiración estaba agitada y su pecho parecía ahogarla. Sus labios resecos por el viento y morados por el frío eran su peor complemento. Sintió la necesidad de llorar, sus ojos se empañaron por las lágrimas, el frío era brusco y no había más remedio que quitarse la blusa para abrigar al bebé.
Aquel auto era conducido por un chofer, rudo igual al jefe que iba sentado en el asiento trasero y sumido en su teléfono.
—¿Cree que sea una trampa o de verdad esa pobre mujer necesite ayuda?— le consultó.
El hombre arrogante levantó la cabeza y se topó con aquella escena. Una mujer con lo que parecía ser un niño en brazos, deplorable y bañado en llanto. Su rostro reflejaba humildad, pánico y cansancio. No parecía ser una mala persona, más bien, un animalito indefenso en medio de la nada.
—Acelera— ordenó sin dejar de verla hacerse pequeña por el retrovisor. No era su costumbre ayudar y no lo haría en esta ocasión.
Por su parte, Alicia estaba casi desmayada, ya no podía avanzar y el miedo la invadió. Minutos después vio dos faroles que se acercaban nuevamente, pensó que estaba alucinando, así que no le puso mayor cuidado. De repente, un auto se detuvo, pero en lugar de emocionarse su corazón saltó, pensó que era su madre que la había encontrado. Quiso correr, pero sus piernas flaquearon y terminó cayendo lastimando su rodilla para que el golpe no afectara al niño que cargaba en brazos.
Luego se percató de que se trataba del mismo auto al que anteriormente había pedido ayuda.
Para Alicia fue como ganarse el cielo. En ese instante ni siquiera recordó que no llevaba puesta la blusa. Solo rogaba para que la ayudaran.
Con indicaciones del hombre que se acomodaba en el asiento trasero, el chofer bajó y ayudó a la chica. Ella prefirió confiar en un desconocido, bueno no tenía otra opción en un momento lleno de angustia.
El hombre la observó de reojo cuando se sentó a su lado. Era imponente y su semblante parecía ser peor que el de su ex, no se atrevió a verlo a los ojos. Ella agradeció en voz baja y pidió que la dejaran en alguna parada de bus, esperaría el amanecer y saldría para la ciudad donde tiene su apartamento.
El niño comenzó a llorar, era un bebé de cinco meses que necesitaba ser alimentado y no lo había hecho. El hombre con aura de mandón le ordenó que lo alimentara porque el ruido le molestaba.
Ella solo lloró en silencio y lo abrazó contra su pecho. El niño se calmó cuando extendió su mano y por accidente rozó el brazo del hombre, se detuvo y permaneció tomado de la camisa y, por algún instinto, el hombre malhumorado no se quejó.
Todo parecía estar en orden hasta que el auto hizo un ruido extraño y de no ser por el chofer que logró estabilizarlo, hubieran acabado en el fondo de aquel abismo, probablemente sin vida.
El hombre dijo que la llevaría a un hotel de carretera para que descansara y al amanecer vendría por ella para llevarla a su destino. El chofer no podía creer que su jefe mandón con aura de malvado, sacara una camisa de la maleta y se la diera a la chica para que se cubriera y no pareciera una prostituta bajando de un auto lujoso.
Alicia agradeció y, con aquella camisa que más bien parecía vestido, siguió al hombre hasta llegar a un hotel casi destruido.
Él le pagó alojamiento y pidió a la recepcionista un poco de leche de biberón para que el bebé no llorara más, y es que solo se soltó de él y el pequeño comenzó la guerra nuevamente como si presintiera que ese hombre compartía su sangre.
—Señor, ¿por qué está siendo tan bueno conmigo?—preguntó Alicia.
—Si vas a cuestionarme, prefiero regresarte al lugar donde te recogí— respondió con voz áspera y humillante.
En realidad, a escasos kilómetros había entrado en una gasolinera y allí escuchó cuando un hombre andaba preguntando si habían visto a una mujer cargando a un bebé. El maldito andaba con un arma en la mano y se notaba fuera de sus cabales.
Justo la llamada de su abuela llegó para recordarle que debía comprometerse lo más pronto posible con la hija de una familia pudiente de la ciudad. Las palabras de esa anciana lo convertían en un gatito, pero no le parecía que le exigiera un matrimonio con alguien que él no quería.
El hombre sonrió, pensó en la chica de la calle que estaba vulnerable y decidió regresar para convertirla en su escudo y él sería su protector.
—¡Da la vuelta!—ordenó al chofer.
Horas después el hombre cumplió, volvió por la chica al hotel y así fue como Alicia escapó del pueblo donde su ex la perseguía y su madre la hostigaba.
—Tienes dos horas para investigar todo sobre esa chica—. Le ordenó a su chofer, mientras este todavía seguía confundido.
