Capítulo 4 4

Un mes después, mientras Alicia hacía su turno en el hospital al que pertenecía, llegó un paciente herido de bala y necesitaba intervención quirúrgica inmediata.

¿La sorpresa?

Fue reconocer casi al instante al hombre que le había salvado la vida hace un tiempo y ahora que estaba en sus manos haría hasta lo imposible por devolverle el favor.

Mientras lo atendía su mente no dejaba de preguntarse ¿quién era ese hombre? ¿Cómo había salido herido de bala? ¿A qué se dedica? Era guapo, sí, no lo podía negar que su atractivo llamaba mucho la atención. Aquella mandíbula perfilada le hacía recordar la noche donde ella se encontraba vulnerable y aun así él se dignó a salvarla.

La cirugía resultó ser un éxito a pesar de que fue muy complicada y la vida del hombre dependía de un hilo, aun así se salvó. Un total de ocho hombres todos vestidos en traje negro esperaban por una respuesta en la puerta del quirófano, Alicia no estaba enterada de ello y más bien se asustó cuando salieron a su encuentro y le preguntaron el estado de salud de su jefe.

Ella siendo una cirujana profesional les brindó toda la información necesaria. Su mente no dejaba de preguntarse que quien era ese hombre, ahora se sentía mucho más nerviosa creyendo que se trataba de un asesino en serie.

Pero a la vez sentía curiosidad por conocer los detalles completos sobre él. Fue a revisar en su historial pero no encontró nada en especial, parecía una persona común y corriente. No se quedó tranquila, fuera quien fuera ella deseaba saber más de él, así que ideó un plan.

Recordó que todavía guardaba la camisa que él le había prestado en aquella noche fría, ese sería el anzuelo perfecto para acercarse a él.

Cuando el paciente despertó pidió ver a la cirujana que lo había atendido. Ya que sus guardaespaldas le habían comentado que ella ha estado pendiente de él y hasta se veía preocupada porque tardaba en reaccionar. Ellos le mostraron una fotografía y él la reconoció de inmediato.

En aquella ocasión había ordenado que la investigaran, pero finalmente desistió y todo quedó en el olvido, hasta ahora.

Sonrió en su interior, no esperaba volverla a encontrar… no cuando aquel niño que ella cargaba en brazos vomitó en su auto y ella se disculpó avergonzada.

Para su mala suerte en ese momento ella no estaba de turno. Así que, investigó donde vivía y decidió hacerle una visita sorpresa, aunque no sabía si ella se preocupaba por él porque lo había reconocido o simplemente porque era su paciente y temía que muriera.

Alicia acomodaba algunos jarrones que recién acababa de comprar. Tenía una gran responsabilidad con el niño pero también le gustaba que su apartamento se sintiera muy acogedor.

El timbre sonó. Ella no se sorprendió, ya que, la niñera siempre llega sin avisar. Pero en esta ocasión era Eduardo, todavía estaba vendado de sus heridas y aun así ya andaba caminando.

Al verlo de pie en la puerta ella tuvo miedo, su cuerpo tembló, su piel se erizó. Temía que él quisiera hacerle daño, no había otro motivo por el que él estuviera ahí. Estaba serio, rodeado de sus guardaespaldas que dejaban ver a la altura de la cintura sus armas de fuego, eso le provocó una ola de miedo terrible y hasta desistió de la loca idea de devolverle la camisa.

—¿No me dejarás entrar?—preguntó alzando una ceja.

Por un momento se quedó con la mente en blanco, él entendió su lenguaje corporal y ordenó a sus hombres volver a los autos. Ella se relajó un poco, lo hizo pasar con una señal. Sentía que la voz no le salía, o si lo hacía, sería entrecortada por el pánico que provocaba aquella imponente figura de casi dos metros de altura.

Él dijo que estaba allí para agradecer su buen trabajo en la clínica. Ella se relajó, pero a la vez se preguntaba cómo es que había encontrado su apartamento.

Él sacó un fajo de billetes y se lo ofreció. Ella se negó a tomarlo diciendo que salvar vidas es su responsabilidad como médico cirujano, aunque se tratara de un malvado como él. Palabras que de inmediato se arrepintió de haberlas dicho.

Eduardo sonrió aliviado al saber que ella era sincera y directa, no como otras mujeres que suplican estar con él pero por amor a su dinero.

Decidió retomar la idea que lo llevó a salvarla aquella noche. Estaba seguro de que quería que ella fuera más que una simple doctora que le había preservado la vida, él la quería a su lado por una razón demasiado importante.

Eduardo recordó que ella lo había llamado un ser malvado. Él no quería que por el momento tuviera pensamientos malos sobre su vida, así que se inventó una mentira…, algo que al final le costará enmendar, pero que por el momento es la única salida.

Él le dijo que solo era un simple guardaespaldas que había salido lastimado mientras protegía a su jefe. Ella frunció el ceño, y mencionó que aquellos hombres se dirigían a él como jefe.

—Solo soy el jefe de todos los guardaespaldas— se defendió.

Ella no insistió más, total, en su mente pensó que no se volverían a ver después de esa ocasión, y es que, realmente ya sentía miedo de él, además, se sentía avergonzada por la deplorable forma en que se conocieron.

El timbre volvió a sonar. Alicia se asustó y le pidió al hombre que se escondiera porque su amiga entraría. La conocía y era obvio que la interrogaría cuando viera al apuesto hombre que está en casa y lo peor es que solo los dos. Cabe mencionar que después de la ruptura con su ex, ella le pidió perdón y volvieron a su amistad de toda la vida.

Pero de nuevo su instinto le falló y esta vez eran sus padres los que llegaron y entraron por la fuerza gritando que le entregara a su nieto.

Alicia tenía miedo, no por ella, sino por el bebé. No quería que los señores lo alejaran de ella, era inútil porque no lo cuidarían.

—¡Eres una hija malagradecida que no debió nacer!—le gritó su madre dándole una bofetada que la dejó escuchando solo un zumbido.

Una segunda bofetada cae en la boca y la hace sangrar de inmediato; el sabor metálico se riega en su paladar y escurre por la mandíbula. Se siente mareada, se tambalea, prefiere aguantar los golpes antes que faltarle el respeto a su progenitora devolviéndole las bofetadas.

—¡Ya basta, mamá!—suplica entre lágrimas que le nublan la vista.

Pero la señora parece que no viene en señal de diálogo, sino de violencia. Otro golpe más y Alicia cae el suelo, entre miradas borrosas le parece ver a aquel hombre misterioso salir de su escondite, pero no está segura.

Alicia suplica que paren, sabe que la odian a morir, pero ella les repite que no tiene la culpa de haber nacido. Pide que la dejen en paz y que en un par de días le entregará al bebé, pero ellos no le creen y continúan con la intención de hacerla ceder de inmediato.

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