Capítulo 5 5

En un rincón de la cocina se encontraba Eduardo, muy pendiente de todo lo que en la sala se estaba discutiendo. Su sangre hervía desde el inicio cuando aquel anciano llegó gritando, pero no quería entrometerse porque la chica se enojaría y sería peor, a menos que ella realmente estuviera en peligro y así fue.

Decidió aparecer cuando la chica cayó al suelo por el golpe que su madre le  propinó en el rostro. Aunque no entendía nada de lo que estaba sucediendo, ni siquiera sabía cada uno su nombre pero él estaba para defenderla.

De un solo golpe envió a los señores lejos de la chica, no le importó que fueran ancianos, ellos se lo habían buscado y el arrepentimiento vino hasta después, pero la chica ya estaba a salvo y las escorias no se acercarían.

Su brazo dolía, el balazo en su pecho también y esas heridas comenzaron a teñir de rojo la venda que las cubría. Pero eso a él poco o nada le importó, solo quería ayudar a la chica que en el futuro le ayudaría a él por las buenas o las malas.

—¿Quién es ese hombre?

Preguntó el anciano, señalando a Eduardo.

Este último no hallaba de qué manera intervenir. No sabía si la mujer estaba casada y los señores eran sus suegros. Pero entonces sucedió algo inesperado y confuso para él.

Alicia se aferró a su pecho, ni siquiera se fijó que el hombre estaba sangrando o si lo lastimaría, en ese momento quería demostrar que tenía a alguien que la protegía.

—¡Él es mi novio y juntos criaremos al niño!

Exclamó con desesperación y miedo de que el desconocido la desmintiera. Entonces él se sintió con toda la libertad de opinar y le preguntó a la chica que quienes eran ellos.

—Son mis padres, pero no los quiero cerca de mí. Por favor mi amor, ayúdame a pedirles que se vayan—. Suplicó con la mirada directa a él, sus labios temblaban, sus mejillas estaban mojadas por las lágrimas, sus ojos rojos y sus manos se aferraban a él como su único salvador.

Eduardo le pidió que se retirara a su habitación, él prometió encargarse de los señores. Ella hizo caso, mientras que sus padres solo se burlaron del hombre que amenazaba con echarlos de la casa si no salían por su cuenta.

Finalmente y después de que los hombres de Eduardo entraran a intervenir, los señores se marcharon. Pero antes le juraron a su hija que pelearían hasta el final por obtener la custodia del niño.

Alicia los estaba escuchando fuera de la habitación, ella se derrumbó al ver que todo se estaba saliendo de sus manos y el niño cada vez estaba más cerca de ir a parar a una casa hogar.

Ella regresó donde el hombre se encontraba, se disculpó con él y se ofreció a curar sus heridas. Él aceptó, en otra ocasión no lo haría, pero en ella confiaba porque era doctora y sabía lo que hacía. Luego él le curó la herida que le dejaron en el labio, eran un buen equipo los dos y ya se estaban dando cuenta.

Permanecieron en silencio hasta que él decidió cortar el ambiente tenso.

—Eso te pasa por convertirte en madre tan joven—la regañó. —¿Dónde está el padre de tu hijo?— Cuestionó. Algo que a Alicia no le causó gracia y de inmediato le pidió que se marchara de su casa y no volviera a aparecer más frente a ella.

Él notó su dolor y se compadeció sabiendo que se había pasado de la raya al ofenderla sin antes conocer su caso.

Le explicó que solo la quiere ayudar, que si es madre soltera él podría figurar como papá ante la ley.

—¡Cásate conmigo, te garantizo protección y bienestar para ambos!—. Propuso. Sabía que era una locura, pero él también tenía sus motivos. —¡Sé mi esposa, total, ya me involucraste en tu vida al decirle a tus padres que soy tu novio!— añadió.

Con esa propuesta Alicia quedó sorprendida. No podía creer que un hombre tan elegante, guapo y atractivo pero peligroso le pidiera que fuera su esposa con tal de ayudarle a proteger al bebé.

—Señor, yo… no lo conozco y …

Eduardo la interrumpió para presentarse y disculparse por su irrespeto. También le pidió que lo llamara por su nombre con toda confianza.

Sin tener otra salida, Alicia aceptó y en menos de una semana ya tenían el certificado de matrimonio en sus manos. No lo podía creer, todo había sido tan rápido que ni siquiera lo había pensado dos veces y ya era la esposa de un desconocido a quien muchos hombres le llamaban jefe.

Eso sí que Eduardo puso sus reglas y la primera de ella era que no habría sexo por ninguna circunstancia. La segunda regla era que no traicionarían su matrimonio, nada de amantes. Y la tercera es que en público serán unos desconocidos, bueno, cuando la situación lo amerite se mostrarán como un matrimonio romántico envidiable.

Nadie debe saber que se casaron para velar por la felicidad de un niño que tiene prohibido llamarle papá en el futuro.

Eduardo dijo que era necesario vivir juntos pero que su apartamento era para soltero y además estaba demasiado lejos del hospital donde ella trabaja. Una excusa barata que le serviría para ganar ventaja frente a una chica ajena de saber a lo que él se dedica.

Alicia le permitió vivir en su apartamento, se suponía que era más amplio que el de él. El único problema era que solo tenían una habitación y dormir juntos no era una solución.

Una noche mientras Eduardo dormía en el sofá, recibió el aviso por parte de sus hombres que el enemigo probablemente lo había encontrado y era necesario que saliera de ese lugar.

Él se asustó y se arrepintió de haber cometido la locura de casarse con Alicia, ella era ingenua e inocente y temía que por su culpa fracasara. Fue a la habitación de ella y la despertó diciendo que había surgido una emergencia con sus padres y debía acompañarlo porque ellos la querían conocer.

¿Le creerá Alicia y caerá en su maldito juego?

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