Capítulo 7 7

Alicia se envolvió en la sábana y se levantó; no se quedó a esperar una respuesta; tenía miedo de que él la considerara una puta y se lo dijera en la cara.

—Registraremos a tu sobrino como hijo propio. Él será hijo legítimo de nuestro matrimonio.

Dijo Eduardo luego de estar en silencio por algunos segundos. Alicia se detuvo de golpe antes de entrar al baño.

—Estoy dispuesto a enfrentarme a tus padres y al Estado para que tengas la custodia total. Pero, a cambio de ello quiero que seas mi compañía en la cama. Sabes que no se trata de amor, sino de ayuda mutua—. Detalló.

Alicia sintió alivio en su corazón y una sonrisa estuvo a punto de delatarla, estuvo de acuerdo. Al inicio se negó y pidió anular el matrimonio antes de tiempo. Pero una llamada de su madre diciendo que ya había encontrado un abogado para quitarle al bebé, lo cambió todo.

Eduardo se dio cuenta de que había violado otra regla del contrato: que el niño no le llamara papá en el futuro. Ahora es demasiado tarde para arrepentirse, pues, siendo su padre ante la ley debe demostrar frente al mundo que todo es real.

Ahora solo queda una regla y es la fidelidad dentro del matrimonio, pero, ¿él lo cumplirá o también se la pasará por el trasero como lo ha hecho con las dos primeras?

Regresaron al apartamento de ella. Él dijo que sus padres ya estaban bien de salud y no era necesario viajar a verlos.

Los días pasaron, Eduardo se fue de viaje y no ha hecho ni una llamada a casa. Incluso pasaron dos meses y Alicia no sabía nada de su paradero y no encontraba de qué otra manera contactarse con él y preguntar qué es lo que estaba pasando.

Hasta que una noche mientras ella dormía él llegó y se recostó a su lado en silencio. La abrazó despacio y juró que haría todo lo posible para no relacionarla con su mundo desastroso.

Cuando Alicia despertó lo primero que hizo fue revisar al bebé en la cuna. Pero esta estaba vacía. Imaginó que sus padres habían llegado a escondidas y se lo habían llevado. La desesperación se apoderó de su cuerpo, con manos temblorosas abrió la puerta de la habitación para salir en su búsqueda. Se sintió aliviada cuando la invadió un olor delicioso a comida, pensó que su madre seguía en casa y le daría tiempo de devolver al niño, pero no… sus lágrimas rodaron cuando miró la escena fantástica. Su marido estaba cocinando con una mano y con el otro brazo sostenía al bebé que muy tranquilo balbuceaba como si tratara de contarle algo al hombre.

Ella sonrió, limpió sus lágrimas y regresó a la habitación para hacerse la dormida. Quería que el hombre y el niño tuvieran su momento a solas, quizá se encariñara uno del otro y ya no hubiera un divorcio en el futuro.

El teléfono de Eduardo vibró debajo de la almohada. Era un mensaje de texto. Ella tenía curiosidad de saber quién era, sin pensarlo más, abrió la bandeja de entrada y vaya sorpresa la que se llevó al ver que una mujer le estaba pidiendo que fueran a cenar esa noche en el restaurante de siempre.

El mundo se le vino encima. Guardaba la esperanza de que el hombre tuviera sentimientos por ella después de haber pasado aquella noche juntos, pero no fue así. Ahora comprende que todos los hombres son sinvergüenzas y que mientras la esposa se queda en casa ellos salen a disfrutar con sus amantes.

Lo dejó pasar. No dijo nada durante el día y por la noche cuando el hombre salió ella lo siguió. Desde entonces sus sospechas comenzaron, no solo por la mujer, sino por la gente que le acompañaba y custodiaba fuera del restaurante.

Volvió a casa. Necesitaba investigar quién era realmente su esposo, a qué se dedicaba y porqué la eligió a ella como esposa.

No esperaba que él volviera temprano. Le traía comida, pero ella estaba muy enojada y frente a él la lanzó al bote de la basura.

—¿Qué ocurre?

Cuestionó con el ceño fruncido.

—No me gusta lo que has traído— mintió.

Eduardo no se molestó. Concluyó que ella estaba así por el susto que le sacó en la mañana de llegar sin avisar y sacar al niño a escondidas.

Él quería disculparse de la mejor manera, así que le dijo que pidiera permiso en el hospital porque saldrían de vacaciones un fin de semana. Pero ella respondió que no tenía ganas de salir, que mejor lo dejaran para otra ocasión.

Eduardo estaba desesperado, sabía que la había cagado al llegar sin avisar. Lo que no imaginaba era que a su mujer lo que realmente le molestaba era que había violado todas las reglas del contrato; ahora también le había sido infiel y actuaba como si nada.

Durante el almuerzo él mismo cocinó y la fue a buscar al hospital para entregarlo personalmente. Ansiaba que ella lo perdonara, estar molestos no era una buena opción… no cuando él, en cualquier momento podría perder el control y lastimarla.

En recepción le dijeron que la doctora Alicia había salido hace rato luego de que un hombre viniera por ella. La enfermera confesó que Alicia no se veía bien, parecía que iba llorando.

Eduardo pidió ver la cinta de seguridad, usó su poder para que le dieran acceso a todo y fue así como descubrió que un hombre la estaba esperando en el pasillo mientras ella estaba en una cirugía. Cuando salió la arrastró hasta una de las habitaciones y la golpeó con fuerza, ella forcejeó lo más que pudo, mas  no podía pedir auxilio porque él le había colocado una cita adhesiva en la boca.

De inmediato reunió a su gente para que la buscaran por cielo, mar y tierra, un mafioso no estaba dispuesto a permitir que un imbécil se llevara a su mujer, mucho menos que le hicieran daño.

Sí, Eduardo es un poderoso jefe de la mafia disfrazado de un simple guardaespaldas para agradar a la mujer que le ha robado el corazón.

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