NO ME ODIES

Liz

Richard manejó hacia un parque pequeño en Metepec, uno de esos rincones con bancas de hierro y árboles grandes que solíamos visitar cuando necesitábamos escapar del ruido. 

El trayecto fue un suplicio. Richard mantenía las dos manos en el volante, con los nudillos blancos de tanto apretar,...

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