TÉ PARA LA TRISTEZA

Liz

El silencio en el auto de regreso a casa fue asfixiante. Al llegar, bajé sin esperarlo. Mis manos temblaban tanto que me costó meter la llave en la cerradura. No quería hablar, no quería gritar; solo quería desaparecer de esas paredes que, hace apenas unas horas, planeábamos decorar juntos...

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