Capítulo 2 LA FELICIDAD NUNCA VIENE SOLA
SARA
Las paredes de la casa siempre tuvieron oídos, pero tras la muerte de mi madre, los gritos de mis tías se convirtieron en el ruido de fondo de mi existencia.
—¿Te preocupa esa arrimada? —retumba la voz de mi tía Vanesa desde la sala—. ¡Es el colmo contigo, hermano!
—No te expreses de esa manera, Vanesa —la frena mi padre, fatigado—. A ella le ha dolido la partida de su madre.
—Sabes que no es nada de nosotros. No sé por qué te empeñas en seguir teniendo a esa gorda. Mejor, concéntrate en tu trabajo.
—¡No te permito que te expreses así! Ella es mi hija. Samanta y yo la adoptamos legalmente desde que nació.
—Por favor… esa chica solo te estorbará. Tienes mucho trabajo y debes hacer crecer la herrería. Nuestros gastos aumentaron y queremos que nos subas la tarifa de lo que nos das.
—Ese es mi problema. Párale ya con ese odio que les enseñas a tus hijas. La tarifa seguirá igual. Tengo gastos y les doy lo justo.
—Mis hijas solo expresan lo que sienten. Les doy la razón: esa no lleva nuestra sangre.
—¡Ya basta! —manda mi padre a la mierda su paciencia—. No quiero volver a escucharte. Si sigues, olvídate de tu dinero. Deberías poner a trabajar a ese marido tuyo.
—¡Sabes que está incapacitado! No cambies la conversación.
—Lleva años con la misma excusa.
—Eso no importa. Tú sigue haciendo crecer nuestra herencia y no pasa nada.
Los meses se vuelven años y el infierno no da tregua. En la escuela y en la secundaria, mis primas convierten mi vida en un tormento sistemático. Llego a casa casi a diario apestando a huevo podrido o con bolas de chicle pegadas en la nuca. La señora que mi padre contrató para cuidarme termina cortándome el cabello al rape, dejándome un estilo varonil que acepto sin rechistar con tal de no darles de dónde agarrarse.
Pasé un año entero encerrada en mi habitación, congelando mis estudios para evitar coincidir en el mismo salón que mis primas, quienes siempre parecían disfrutar haciendo mi vida más difícil. Durante ese tiempo, la soledad era mi única compañera, y el silencio de mi cuarto se volvía ensordecedor. Sin embargo, el fantasma de la universidad pronto comenzó a acecharme: mis tías no dejaban de presionar a mi padre para que me matriculara en el mismo campus que ellas, ansiosas por continuar con su cruel juego de comparaciones y críticas.
Desesperada y sintiendo que mi mundo se cerraba, le supliqué a mi padre que me permitiera estudiar desde casa. Me esforzaba cada día por demostrarle que era responsable y capaz: limpiaba cada rincón del hogar, ordenaba todo a la perfección y me convertía en la sombra eficiente que mantenía el equilibrio del hogar, todo con el objetivo de convencerlo de que mi lugar estaba allí, lejos del juicio constante de mis parientes.
—Hija, deja de hacer eso —me pide mi padre una tarde, quitándome el plumero de las manos—. ¿Por qué no quieres que contrate personal? Eres la dueña de todo lo que tengo; pareces la sirvienta.
—Sabes que no soy muy sociable, papá. Aquí me siento cómoda y te ahorro una fortuna —bromeo, intentando suavizar la tensión.
Él sonríe con una calidez que engaña, pero sus ojos, rodeados de sombras, delatan un cansancio profundo que va más allá de lo físico. Lo que no sé —lo que él me oculta con un recelo casi palpable— es que su corazón, debilitado y traicionero, ha estado fallando desde hace un año. Cualquier emoción intensa, un sobresalto o una alegría desbordante, podría ser el golpe final que lo arranque de este mundo.
—¿Sabes qué, hija? Compré una propiedad en un pueblo muy bonito y tranquilo. ¿Te gustaría mudarnos?
Doy un brinco, descolocada.
—¡¡Hablas en serio, papá!! Es la mejor noticia del mundo.
—Sabía que te gustaría —suspira, abrazándome—. Allí nadie te hará menos. Podrás ser quien tú quieras.
La mudanza es sorprendentemente rápida. Mi padre, después de muchos años de recuerdos en nuestra antigua casa, decide venderla para poder amueblar con esmero el nuevo hogar que hemos elegido. En un acto de confianza, deja la gestión de la herrería, que ha sido el sustento de nuestra familia por generaciones, en manos de su cuñado. Además, le entrega la tarjeta del préstamo millonario, esperando que sea utilizada con sabiduría y responsabilidad para asegurar el futuro de todos.
—Confía en mí —le asegura el cuñado con una sonrisa afilada al recibir el plástico—. Ya verás que este negocio se catapulta.
—No hagas nada sin consultarme primero —le advierte mi padre antes de poner en marcha la camioneta.
En nuestro nuevo refugio, el aire se siente distinto. Me nace cantar, bailar mientras desempaco. El cabello me empieza a crecer de nuevo y, por primera vez en diecisiete años, me siento libre.
—Veo que alguien está muy feliz —me sorprende mi padre desde la puerta.
—¡Sí, papi! Me encanta la casa. Muchas gracias.
Me lanzo a sus brazos y le planto un beso en la mejilla.
—Eres el mejor padre del mundo. Jamás me iré de tu lado; envejeceremos juntos.
Él rompe a carcajadas.
—No digas locuras, mi amor. Algún día te casarás, encontrarás compasión en un buen hombre y me darás nietos.
—Para nada. Casarme no está en mi vocabulario.
Sin embargo, la paz dura poco. Para mantener a flote las inversiones, mi padre debe viajar seguido a la ciudad.
—No me gusta que sigas yendo —le reclamo una mañana mientras le ayudo con sus cosas.
—Estamos mejorando el negocio, cariño. Tu tío hace las compras y me toca vigilar. Nos beneficia a ambos.
Sale temprano. El trayecto dura dos horas. Pero al llegar a la herrería, no encuentra trabajo ni rutina: un tumulto de empleados furiosos agolpa el portón cerrado.
Desorientado, baja de la camioneta.
—Señor Oliver, qué bueno que llega —se le acerca un empleado, sudando frío—. ¿Acaso no sabe que el negocio quebró?
—¿Cómo que quebró? Eso es imposible. Acabo de hacer una inversión millonaria que mi cuñado está gestionando. Tiene que haber un error.
—No hay error, señor. Nos notificaron un embargo. El banco cerró el lugar y puso ese rótulo. Exigimos una solución; sabemos que usted es un hombre honrado.
Un letrero oficial confirma el cierre por falta de pago.
A mi padre le atraviesa una punzada salvaje en el pecho. Le cuesta respirar. Con las manos temblando de forma descontrolada, saca el teléfono y marca al cuñado. Un intento. Dos intentos. Nada. Marca a su hermana. Tampoco responde.
Entornando los ojos ante el bullicio de los trabajadores que exigen justicia, el dolor en su tórax se agudiza, volviéndose insoportable.
“¿Qué demonios está pasando?”, se pregunta en un ahogo. “¿Por qué no responden?”
