Capítulo 3 QUEDANDO SOLA
SARA
Mi padre no le prestó atención a la opresión en su pecho. Su angustia era mayor mientras intentaba, una vez más, que alguien contestara al teléfono. Al fin, la voz de su hermana resonó del otro lado.
—¿Qué quieres? Habla rápido, no tengo tiempo, voy al spa.
—Vanesa, he estado llamando a tu cuñado y a mi hermana y ninguno contesta. No sé qué está pasando.
—¡Ah! Se fueron del país; están de vacaciones en Europa. ¿Acaso no te dijeron nada? Hermano, estás tan alejado de la familia que no sabes nada de nosotros.
—No… no lo sabía. ¿Cuándo se fueron? —el dolor en su tórax se volvió un latigazo sordo.
—Hace semanas. No sé de dónde sacaron tanto dinero, porque para esos lujos se necesita bastante billete.
La voz de mi tía comenzó a distorsionarse, volviéndose un eco lejano. Mi padre colgó. Con la ayuda de un empleado, logró subir a la camioneta y conducir despacio hacia la casa, resistiendo un dolor que se volvía insoportable a cada segundo. Se estacionó mal, bajó a tropiezos y logró abrir la puerta principal. Yo estaba en la sala, barriendo.
—Sara… —alcanzó a pronunciar antes de desplomarse sobre el suelo.
—¡¡Papá!! ¡Papá, ¿qué tienes?! —solté la escoba y me arrojé hacia él—. ¡Francisca, corre! ¡Llama al médico de mi padre, dile que venga de inmediato!
—¡Sí, mi niña, enseguida! —gritó Francisca, marcando con manos temblorosas.
Entre las dos, usando la fuerza de la desesperación, logré cargarlo sobre mi espalda para llevarlo a su recámara y acostarlo. Le apliqué alcohol en las sienes, le hablé, le supliqué, pero no reaccionaba. Una hora después, el médico entró a toda prisa, pidiéndonos disculpas por la demora debido a otra emergencia.
—Por favor, esperen afuera.
—Sí, estaré tras la puerta. ¡Sálvelo, doctor!
Sentí que el mundo se me desmoronaba, como si el suelo desapareciera bajo mis pies. Esperé con la garganta anudada, el corazón latiendo con fuerza, mientras el reloj marcaba cada segundo con una lentitud desesperante. Finalmente, él salió, y su rostro lo decía todo: la tristeza en sus ojos era un reflejo del dolor que ambos compartíamos.
—Lo siento mucho, Sara. Su corazón no resistió.
—¿Qué está diciendo? ¿Por qué me dice eso?
—Su padre ha fallecido. Le dije muchas veces que se cuidara, que evitara emociones fuertes… lo lamento tanto.
—¿Estaba enfermo? ¡Nunca me dijo nada!
—¿No lo sabías? —me miró con pena—. Tuvo este padecimiento cardiaco durante mucho tiempo.
Caí de rodillas sobre el piso frío. Mi padre falleció. La culpa me atravesó como un cuchillo. Fui egoísta, solo me enfoqué en mis propios traumas sin notar el deterioro de su salud. Lloré amargamente, maldiciendo mi ceguera.
El entierro se llevó a cabo en el pueblo, junto a la tumba de mi madre. Mi familia no tardó en aparecer, escupiendo su veneno frente a la tierra fresca.
—Todo es tu culpa —soltó una de mis tías, mirándome con asco—. Traer a mi hermano a este pueblo de mierda donde no hay hospitales. Te hubieras largado antes y él seguiría vivo.
Ignoré sus gritos y me quedé tirada sobre la lápida, sin importar la lluvia que amenazaba con caer.
—Corazón, levántate, es hora de irnos —me suplicaba Francisca, intentando mover mi cuerpo rígido.
—No me quiero ir… ellos están aquí.
Sola. Absolutamente sola y desamparada. Pasé los días siguientes encerrada en mi habitación, rechazando la comida, perdiendo peso hasta que mi cuerpo comenzó a verse flácido. Francisca luchaba a diario por mantenerme con vida.
—Hija, come algo o te vas a enfermar.
—No quiero nada, Francisca. Me quiero morir e irme con ellos.
—No digas eso. A tu padre no le gustaría escucharte así.
—¿Qué será de mí? Estoy completamente sola…
—Me tienes a mí. Jamás te dejaré —me prometió, abrazándome—. Tu padre te cuidará desde el cielo.
Francisca logró que probara bocado. Con los días, enterándome por medio del médico de que la herrería había sido embargada y vendida por el banco para pagar deudas y empleados, entendí mi realidad: solo me quedaba esta casa.
—Hoy iré a buscar trabajo al pueblo, nana —le anuncié con una firmeza que no sabía que tenía—. La despensa se acaba y hay servicios que pagar. Conservaré esta casa a como dé lugar. Es lo único que me conecta con él.
—Así se habla, mi niña. Dios te va a acompañar.
Salí con la mentalidad de comerme el mundo, pero la realidad me golpeó de frente. Toqué la puerta de cada pequeño negocio del pueblo y en todos recibí la misma respuesta fría: No hay trabajo.
Caminé sin rumbo, sintiéndome tan derrumbada como la vieja casa que estaban demoliendo a unos metros de mí. En la obra, un hombre con casco blanco hablaba por teléfono de espaldas a la calle, completamente ajeno a una volqueta cargada de arena que retrocedía directamente hacia él.
—¡Cuidado! —grité.
El ruido de la maquinaria ahogó mi voz. Sin pensarlo, corrí con todas mis fuerzas y me arrojé contra él. Caímos pesadamente a un lado del camino justo cuando el camión pasó a centímetros de donde él había estado parado.
Quedé encima de su pecho, agitada. Él me miró con absoluta confusión y molestia.
—¡Qué demonios! ¿Qué te pasa? ¿Acaso eres ciega?
—Eso debería preguntarlo yo —respondí, encarándolo—. Casi te aplasta esa volqueta. ¿No sabes que no se habla por celular mientras se trabaja?
El hombre volteó, vio el camión y pareció entender. Se levantó de inmediato y me extendió la mano para ayudarme a poner de pie. Me ardían el brazo y la pierna por los raspones contra el terreno rocoso.
—¡Estás herida! Vamos a mi oficina a curarte.
—No es nada —dije, sacudiéndome la tierra de la ropa—. Tenga más cuidado la próxima vez.
Me di la vuelta y me alejé a paso firme, sintiendo su mirada clavada en mi espalda hasta que doblé la esquina. Al llegar a casa, me limpié la cara antes de entrar para no preocupar a Francisca.
—¡Mi amor! ¿Qué te pasó? Mírate lo sucia que estás —se alarmó la nana al ver mis heridas.
—No es nada, nana, me tropecé con una piedra. Ya sabes lo torpe que soy —sonreí, ocultando la aplastante derrota de no haber conseguido un solo empleo—. Ahora voy a cambiarme antes de que te me pongas melancólica.
