Capítulo 4 UN HOMBRE DE CUIDADO

SARA

Revuelvo el armario desesperado, abriendo cajones y tirando ropa. Busco algo de valor para vender y comprar comida esta semana. Pero todo tiene la huella de mi padre: una navaja, un reloj antiguo… Cada recuerdo duele y no puedo deshacerme de ellos. Mi vida es un callejón sin salida y mis tías me odian; pedirles ayuda no es opción.

«¿Qué haré?», me repito angustiado, mirando las cosas de mi padre. «No puedo perder lo único que me dejó. Haré lo que sea para mantener esta propiedad».

Bajo a cenar y le confieso a Francisca que no encontré empleo. La nana intenta animarme, diciendo que la suerte cambia cuando menos se espera. Me arrepiento de no haber aceptado las joyas que mi padre me ofrecía; siempre me negué porque nunca salía.

Un mes después, la pesadilla empeora.

Nos cortan la luz y el agua por falta de pago. Paso los días caminando bajo el sol por todo el pueblo, mendigando un trabajo que no existe. Regresar a casa a mirar a la nana a los ojos sin una sola buena noticia me hace sentir la persona más inútil del mundo.

Paso el umbral con el ánimo por el suelo. Al cerrar la puerta, la presencia de un desconocido de mediana edad en la sala me pone en alerta. Francisca camina rápido hacia mí.

—Mi niña, qué bueno que llegaste. Este señor insiste en hablar contigo.

—¿Quién es él, nana?

—Dice que es abogado.

Le entrego mi bolso a la nana y me acerco al sujeto. Un escalofrío me recorre la espalda; presiento que esto no traerá nada bueno.

—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarlo? —lo encaro.

El hombre me examina de pies a cabeza con frialdad analítica.

—Señorita Moore, mucho gusto. Le acompaño en sus sentimientos.

—Gracias. ¿A qué se debe su visita?

—Siéntese, por favor. Necesitamos hablar.

—¿Lo conozco? No lo he visto antes. ¿Era amigo de mi padre?

—Es la primera vez que la veo. Soy el abogado del señor Palmer.

—¿Palmer? No conozco a nadie con ese nombre, ¿no se estará equivocando?

—Lea estos documentos, por favor —me extiende un sobre manila.

Lo tomo con vacilación. Al abrirlo, una cifra resaltada en negrita y números grandes me paraliza el corazón: $2,000,000. Mis ojos bajan directo a la frase Préstamo Vencido.

—¿Qué… qué es esto? —mi voz sale fracturada.

—Su padre adquirió una deuda considerable con mi cliente. El señor Palmer le prestó ese capital con la condición de devolverlo en un año con el 15 % de interés. Pero dado el fallecimiento de su padre…

—¡¿Qué significa esto?! ¡No entiendo nada! ¿Para qué quería mi padre semejante fortuna? ¡Él nunca me habló de esto!

—Significa que la deuda se ha transferido a usted como heredera. El señor Palmer exige el pago completo y le otorga tres días de plazo.

—¡Es imposible! —me levanto de golpe—. ¿Cómo voy a pagar esa barbaridad si ni siquiera tengo empleo? ¡Está loco!

—El señor Palmer perdonará los intereses por respeto al trato original, pero exige el capital inicial. Tres días.

—¡No tengo esa suma! Mi padre solo me dejó esta casa, y ni vendiéndola cubro semejante cantidad.

—En ese caso, nos veremos obligados a embargar y rematar todas las propiedades y bienes de su padre, incluida esta vivienda, para recuperar parte del saldo.

—¡Espere, no puede hacer eso! —suplicó, sintiendo el aire escasear—. ¡Me opongo rotundamente!

—Me llamo Sergio —responde implacable—. Y puedo hacerlo legalmente. Tengo el contrato firmado por su padre.

—Señor Sergio, por favor… esta casa es lo único que me queda de él —las lágrimas me nublan la vista—. Dígale al señor Palmer que le voy a pagar. No sé cómo, pero me conseguiré el dinero. Solo pido tiempo.

El abogado me observa unos segundos. Ve mi desespero, la total ignorancia en la que me mantuvieron y la falta de malas intenciones en mis palabras.

—Señorita, el señor Palmer no suele otorgar prórrogas, pero intentaré exponer su caso. Deme sus datos de contacto.

Le dicto mi número con manos temblorosas.

—¡Muchas gracias! Buscaré la manera, se lo prometo.

Apenas el abogado cruza la puerta, mis piernas ceden y me desplomo en el sillón. Francisca corre a mi lado, angustiada.

—¡Mi niña! ¿Qué te dijo ese hombre?

—Estamos en graves problemas, nana… Mi padre pidió un préstamo enorme que no pagó. Ahora me lo cobran a mí y no tengo cómo responder.

—¡Madre mía! ¿Tendremos que vender la casa?

—Ni vendiéndola alcanza. Me voy a acostar, no puedo más con este dolor de cabeza.

Subo a mi habitación en penumbras. Enciendo una vela y contemplo la tarjeta de presentación que me dejó el abogado. El pánico me devora. Tras una lucha interna, tomo el teléfono y me atrevo a marcar.

—¿Hola?

—Licenciado Sergio, disculpe la hora… ¿Pudo hablar con el señor Palmer?

—Sí, señorita. Hablé con él.

—¿Y qué le dijo? —preguntó contenida.

—Lo lamento. El señor es implacable con sus negocios; solo exige su dinero.

—¿Puede darme su número directo? Necesito hablar con él, rogarle en persona…

—No puedo hacer eso, violaría el secreto profesional.

—¡Se lo suplico! —rompo a llorar sin control, deshecha al teléfono—. ¡Por lo que más quiera!

—Escuche… —suspira el abogado al otro lado—. Hablaré con él una vez más. Le diré que usted insiste en comunicarse directamente y, según lo que decida, le aviso.

—Se lo agradeceré toda la vida…

Cuelgo y me abrazo a las cobijas, buscando consuelo en medio de la oscuridad. La idea de tragarme el orgullo e ir a suplicarle ayuda a mis tías me cruza la mente por un segundo, pero la deshecho de inmediato: disfrutarían viéndome destruida y buscarían la forma de quitarme lo poco que me queda.

**AARON

Mi imperio no admite debilidades. Ascender al segundo al mando dentro de la mafia albanesa no fue cuestión de suerte, sino de sangre, pulso firme y cero misericordia. Mi objetivo es la cúspide absoluta, y no hay obstáculo ni rival que vaya a frenarme.

Manejo fachadas legales impecables que blindan la fortuna que amaso. Los hombres que trabajan bajo mi mando conocen una regla simple: mi palabra se cumple o se paga con la vida. El miedo es la herramienta más limpia para mantener la disciplina.

Coordiné un cargamento rentable desde Colombia, fortaleciendo nuestro negocio de préstamos en el sistema bancario local. Desde Dinamarca, gestiono rutas estratégicas en Europa y controlamos la red en Gran Bretaña. A mis veintiocho años, tengo un terreno ganado y una casa fortificada para protegerme.

Mañana viajo a Inglaterra. Invertí en una fábrica textil en un pueblo sin competidores. Como ingeniero civil y mafioso, supervisaré los cimientos y planos personalmente. Nada se construye sin mi aprobación.

Pienso quedarme una semana. Renté una residencia privada y mi equipo de seguridad avanzó para asegurar el perímetro. Nunca bajó la guardia.

—Hola, cariño —la voz de Camila interrumpe mi concentración mientras reviso los informes de seguridad.

Es mi mano derecha en la red de tráfico humano. 

—¿Qué quieres? Estoy ocupado —ni siquiera levanto la mirada del escritorio. 

—Solo vine a verte y a confirmarte que el negocio va sobre ruedas. 

—Es tu trabajo. Si algo falla, tu vida es la garantía. 

—Tan agresivo como siempre —murmura, rodeando lentamente mi sillón hasta inclinarse sobre mi hombro—. ¿Me dejas acompañarte a Inglaterra? Sabes lo útil que puedo ser… en todos los sentidos —susurra cerca de mi oído. Le sujetó la muñeca con fuerza medida, apartándola sin mirarla. 

—No voy de vacaciones, Camila. Mantén la red funcionando y no me hagas perder el tiempo.

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