Capítulo 5 EN CONSTANTE PELIGRO

AARON

Le tomó el cabello con fuerza, jalándola hacia mí para estamparle un beso agresivo, mordiéndole el labio inferior hasta sacarle sangre. Luego la empujó lejos. Bien sabe que cuando quiero algo lo tomo sin pedir permiso; no necesito que se me ofrezcan.

—Ahora vete y haz tu trabajo.

—Me rompiste el labio —se queja, limpiándose con el dorso de la mano—. Con uno no era suficiente.

—Para la próxima, medita muy bien tus palabras. Lárgate. En dos semanas llega el otro cargamento de chicas y te quiero alerta; al principio siempre intentan escapar.

—Sabes que a mí no se me va ninguna, soy tu mejor empleada.

—Eso espero. Ya tengo compradores potenciales. Por eso vine a Inglaterra antes de que bajen del camión.

—Cuando regreses, ni parecerán pueblerinas.

—Ya te sabes el discurso: se les promete una cuota para sus familias y así trabajan sin dar problemas.

—Esa parte está cubierta. Me voy, no dejo de sangrar por tu culpa.

—Lárgate ya.

Mujer absurda. Se ha acostado con medio personal y cree que voy a caer. Si no fuera tan eficiente en la trata, la habría mandado a enterrar hace años, pero encontrar gente leal y con sangre fría cuesta.

Anoche no dormí trazando rutas. Llegué a Bidenden, un pueblo tranquilo donde la mafia albanesa no suele hacer ruido. Mi jefe de seguridad, Josh —un exmilitar impecable—, me escolta a un metro de distancia.

—Señor, bienvenido —me recibe Sergio, mi abogado de confianza, apenas debajo del auto.

—Cuéntame los detalles —exijo, apretando el paso.

—El terreno es legal y las escrituras están a su nombre. La obra ya comenzó, pero… tenemos un problema.

—En este negocio no existen los “pequeños problemas”. ¿Qué pasó?

—El empresario al que le prestamos los dos millones… murió. Un ataque al corazón. Vendió su casa en la ciudad y la herrería que tenía quebró.

—Vende todo lo que posea y recupera mi dinero. Yo nunca pierdo.

—El deudor tiene una hija; ella es la heredera.

—Me importa un carajo. Pásale la deuda. O paga, o rematas hasta la última piedra.

Esa noche me instalé en la residencia alquilada, un lugar que había elegido por su proximidad a la obra y por su reputación de ser un refugio tranquilo. Soy un enfermo del orden; el trastorno obsesivo-compulsivo de limpieza que tengo no me permite tolerar un solo desperfecto. Al entrar, el aroma a cera recién aplicada me tranquiliza, pero al ver una mancha en la pared de la sala, mi calma desaparece.

—¡¿Qué demonios es esto?! —señaló el muro con el ceño fruncido, sintiendo cómo la rabia se acumulaba en mi interior.

—Señor… intenté sacarla, pero no cede —responde la empleada, temblando ligeramente mientras sus dedos juguetean nerviosos con el trapo en sus manos.

—Sácala como sea. Si cuando regrese sigue ahí, ve rezándole a tus santos —digo con voz firme, dejando claro que no toleraré excusas.

Subo a la camioneta rumbo a la obra, el motor rugiendo mientras me adentro en la carretera. Al llegar, el encargado me entrega el casco y me adentro en el terreno para supervisar los cimientos de la textilera. El aire está cargado de polvo, y el sonido de las máquinas trabajando llena el ambiente. Mientras reviso una columna, mi celular suena, interrumpiendo mis pensamientos. Es Rodas, uno de mis socios, cuya llamada siempre trae consigo nuevas complicaciones o decisiones urgentes que tomar.

—Aarón, ¿dónde carajos andas? —dice con su habitual tono afeminado—. Vine a tu oficina y me dijeron que viajaste. Desconsiderado, ya no eres mi amigo favorito. Dime, Rosa.

—Déjate de mariconadas y trabaja. Quiero resultados.

—Siempre los tienes. A ver cuándo nos echamos una canica al aire, mi cielo.

—En tus sueños. No le digas a nadie dónde estoy.

—Seré una tumba. Regresa sano y salvo.

—Si no fueras indispensable, te habría pegado un tiro en la cabeza hace años.

Cuelgo. De pronto, la voz de Josh truena por el intercomunicador:

—Señor, una volqueta sospechosa va directo a usted en retroceso. Espero la orden para volarle la cabeza al conductor.

—Deja que se acerque. Si no frena, mátalo.

Me hago el desentendido, mirando el teléfono. La maquinaria sigue retrocediendo. Estoy a punto de dar la orden de disparo cuando una fuerza ciega me embiste por el costado.

—¡Cuidado! —escuchó un grito ensordecedor.

Rodamos por la tierra. Quedé tirado de espaldas, sintiendo el peso de un cuerpo encima y la rabia hirviéndome la sangre. La tierra me ensucia la ropa impecable.

—¡Qué demonios! ¿Qué te pasa? —le espeto, tratando de quitármela de encima.

—Eso debería decirlo yo —responde agitada—. Casi te mata esa volqueta, distraído.

Observo su pierna sangrando sobre el polvo. Parece una chiquilla de secundaria, despeinada y con un corte de cabello extraño.

—¡Estás herida! —le digo al notar el rasponazo.

—Eso no es nada. Tenga más cuidado la próxima vez.

Se levanta con dificultad y se aleja cojeando sin mirar atrás. Me quedo tirado un segundo, perplejo.

Josh se encarga del conductor a golpes. El tipo confiesa rápido: unos ganaderos locales le pagaron para simular un accidente y sacarme del pueblo. Quieren pelear territorio. Imbéciles.

Regreso a la casa, me ducho para quitarme la roña del suelo y reviso mi correo. Sergio me ha enviado tres mensajes seguidos con los datos de la hija del deudor, insistiendo en que la reciba porque quiere pedir una prórroga.

Un correo electrónico entra a mi bandeja:

De: Sergio

Asunto: Información sobre la heredera / Archivo de deuda Moore

Adjunto: Sara_Christine_Moore.pdf

Abro el archivo con desgano, sintiendo el peso de otro de esos casos de herederas en quiebra que llenan mi bandeja de entrada. No tengo tiempo para lloriqueos ni dramas familiares. Sin embargo, al deslizar la pantalla para ver la foto de la chica en cuestión, me quedo completamente congelado.

En la pantalla aparece la misma cara sucia de la joven que, sin dudarlo, se lanzó sobre mí en aquella obra en construcción, salvándome la vida cuando una viga estuvo a punto de caer. Recuerdo el polvo en sus mejillas y su mirada decidida.

Aprieto el teléfono con fuerza, intentando procesar lo que veo. La misma chiquilla que arriesgó su pellejo por un perfecto desconocido resulta ser la hija del hombre que me debe dos millones de dólares. Una deuda que ha sido una espina constante en mi costado.

Una sonrisa fría se dibuja lentamente en mis labios. El mundo es, sin duda, demasiado pequeño, y el destino parece tener un retorcido sentido del humor.

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