Capítulo 6 DESPROTEGIDA

AARON

Reviso el correo desde la laptop y la foto del expediente me vuelve a sacar una sonrisa de lado. Qué casualidad: la gordita es mi deudora. Aunque no creo en las coincidencias, ella no tiene idea de quién soy. Le marco de inmediato a Sergio.

—Sergio, tráela a mi casa. Véndale los ojos, no quiero que me vea la cara. Quiero escuchar qué tiene para ofrecer.

—Entendido, señor.

Al día siguiente, mi abogado la hace pasar. Cumplió la orden: la chica viene con una venda negra cubriéndole los ojos. Viste jeans flojos, una camiseta gastada y lleva el cabello negro cortado a machetazos por enfrente. Se ve fatal, pero su presencia llena el espacio. Sergio se retira, dejándola parada en medio del despacho.

Le doy una vuelta despacio al amplio salón, evaluando cada ángulo con detenimiento. Las cortinas de terciopelo rojo caen pesadamente sobre las ventanas, filtrando la luz del sol en un tono dorado.

—Bienvenida a mi casa, señorita Moore —digo con una sonrisa calculada—. Me dijeron que quería hablar conmigo.

—Muchas gracias, señor… —responde ella, tronándose los nudillos nerviosamente, su voz temblorosa—. Necesitaba hablar con usted. Agradezco que me reciba en su hogar.

—La escucho atentamente. ¿Qué propone para saldar la deuda de su padre? Lamento mucho su pérdida, pero no puedo simplemente regalar dos millones de dólares.

—Yo… no tengo dinero ahora —admite ella, bajando la mirada—, pero puedo trabajar en lo que usted diga para pagarle.

—¿En lo que yo diga? —repito, observándola fijamente a los ojos—. ¿Estás segura de eso?

—Sí, sé hacer de todo, soy una chica fuerte.

—Excelente. Venderemos tus órganos. Es el método más rápido para salir de esto.

Ella da un brinco, aterrorizada; sus ojos se abren como platos al escuchar lo que acaba de decir.

—¡No! ¿Qué está diciendo? Me refería a lavar, planchar, limpiar su casa… —Su voz tiembla, casi rogando que haya un malentendido.

—¿Crees que limpiando me vas a pagar dos millones? Ni en mil años. La otra opción es prostituirte. Tendría que bajar de peso, pero se le puede encontrar comprador —responde con frialdad, como si estuviera hablando de un simple negocio.

—¿Prostituirme? —repite ella con incredulidad, retrocediendo a ciegas, su mente en un torbellino. Tropieza con la mesa de centro y cae de nalgas al suelo, el impacto resonando en la habitación.

Me recuesto en el escritorio con los brazos cruzados, una sonrisa sardónica en mis labios, disfrutando del espectáculo mientras ella gatea torpemente, intentando aferrarse a algo para levantarse. Sus movimientos son desesperados, un reflejo de su estado emocional, mientras busca con la mirada cualquier indicio de compasión que no existe en esta fría habitación.

—A lo que me refiero es a que te puedo vender para recuperar mi capital —dijo con una frialdad que helaba la sangre.

—No… eso jamás lo haría —respondió ella, mientras lograba ponerse de pie con dificultad, apoyándose en el respaldo del sillón desgastado por el tiempo.

—Entonces remataré todo lo que tienes —insistió él, su voz resonando como un eco implacable en la habitación.

—¡Por favor, no! Es lo único que me queda de mi padre… me dejará en la calle —suplicó ella, sus ojos llenos de lágrimas y desesperación.

—¡Mujer, nada te parece! No propones nada viable —respondió él, impaciente, cruzando los brazos con gesto de frustración.

—Le quiero pagar, solo que esas opciones son inhumanas —intentó explicar ella, buscando un atisbo de compasión en su mirada.

—Son las que hay. Elige una —dijo él, cortante, como si estuviera cerrando un trato comercial.

—¿Y si no elijo ninguna? —preguntó ella, su voz temblando ante la incertidumbre.

—Tomo el control de tus propiedades, te dejo en la calle y, por el saldo faltante, trabajas para mí vendiendo tu cuerpo —respondió él sin titubear, su propuesta tan cruel como definitiva.

Ella se cubrió la boca con ambas manos, ahogando un sollozo que amenazaba con romper el silencio.

—Por favor… deme una opción decente. Puedo hacer trabajo pesado, cargar agua, lo que sea… —Suplicó, aferrándose a la esperanza de encontrar una alternativa menos devastadora.

—¿Decente? Te doy tres días para saldar el monto completo. ¿Te parece decente?

—¡Eso es imposible! Apiádese de mí… —Se desploma de rodillas, pegando la frente al piso—. Se lo suplico…

—Qué tal si te vuelves mi esclava sexual por cinco años y saldamos la cuenta. Es una ganga.

Se incorpora a tientas, tambaleándose por el adormecimiento de las piernas.

—¿Qué… qué tendría que hacer?

—Vaya, parece que te interesa. Tengo fetiches específicos que podrías cubrir.

—¿Fetiches? ¿Qué es eso?

—Cosas que me divierten y me excitan.

—¿Está jugando conmigo? —dos lágrimas gruesas le corren por las mejillas.

—¡Ni siquiera he dicho qué harías!

—¿Eso no es prostituirse?

—Al menos sería con un solo hombre. Yo.

—¿Otros hombres me van a tocar?

—¿A qué te refieres con tocar? ¡Chiquilla, estoy hablando de otra cosa!

—¡¿Me van a violar?! —mueve la cabeza desorientada, aterrada, intentando ubicar la salida.

—¿Qué pensabas? ¿Que soy un sacerdote y esto es una iglesia? ¡¿En qué mundo vives?!

Me le acerco. A pesar de la ropa holgada, tiene proporciones marcadas: buen pecho, caderas anchas y una estatura decente que compensa su peso. Limpia, pero mal arreglada. Un diamante en bruto con demasiado carbón encima.

—Pensé que tendría misericordia y me dejaría trabajar en su casa… pero me equivoqué.

—Si aceptas mi oferta, tienes seis días para arreglar tus papeles porque te vas conmigo fuera del país.

—¿Irme? Nunca he viajado… Solo de pensarlo… me da ansiedad. Necesito un chocolate. ¿Tiene una barra de chocolate? Por favor…

Se lleva las manos al pecho, que sube y baja a una velocidad frenética. Empieza a hiperventilar.

—¿Qué demonios te pasa?

—Un chocolate… me cuesta respirar… padezco de ansiedad…

—¡Maldición!

Salgo al pasillo y le exijo a la sirvienta un chocolate de inmediato. Regreso, rompo la envoltura y se la entrego. La devora en tres bocados mientras intenta calmar el aire en sus pulmones. Poco a poco, su respiración se estabiliza en medio de la penumbra.

Aprieta los puños con rabia contenida.

—No puedo aceptar. ¡Lo siento, no lo haré! —se arranca la venda de un tirón, revelando sus ojos negros brillantes de lágrimas, y sale corriendo a ciegas del despacho.

Me quedo solo en la oficina y suelto una carcajada limpia que resuena en las paredes. La inocencia de esta chiquilla es ridícula; nadie le ha roto la burbuja en la que vive. No voy a ser su buen samaritano, pero definitivamente me voy a divertir con ella.

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