Capítulo 7 CON ESTIMA BAJA

SARA

Salí corriendo de esa mansión sin volver la vista atrás. Bajé las escaleras a trompicones y crucé la verja con el corazón desbocado. Aturdida, reconocí el camino a casa y eché a andar a ciegas.

«Papá, ¿por qué me dejaste sola? ¿Qué voy a hacer con semejante deuda? Ese hombre me va a destruir», pensaba entre sollozos, limpiándome las lágrimas con la manga para no tropezar.

Caminé durante media hora hasta llegar a la propiedad. La nana ahogó un grito al verme cruzar el umbral con el pantalón sucio, las sandalias llenas de barro y el rostro desencajado por el llanto.

—¡Hija! ¿Qué te pasó? —me envolvió en un abrazo.

Me derrumbé sobre su hombro, liberando la angustia acumulada.

—Lo perdimos todo, nana. No pude llegar a ningún acuerdo con ese hombre... Estamos en la calle. Soy una inútil. ¿A dónde vamos a ir?

—No digas eso, mi amor. Dios no desampara a nadie y yo jamás te voy a dejar sola. No llores más.

—Mis tías me odian, ir con ellas es perder el tiempo... ¿Qué hacemos?

—Ve a bañarte y come algo. Con la mente fría pensarás mejor.

Subí a mi recámara arrastrando los pies. Al quitarme el jean, noté que la herida del raspón de la obra se había reabierto, manchando la tela de sangre. Me metí a la ducha y dejé que el agua helada me golpeara la piel, ahogando mis lágrimas mientras me abrazaba a mí misma.

Perdí la noción del tiempo bajo el chorro hasta que los golpes desesperados de Francisca en la puerta me devolvieron a la realidad. Salí, me vestí en silencio y me senté frente al tocador. Mientras la nana me secaba el cabello negro, enfoqué su reflejo en el espejo.

—Nana… ¿Soy bonita? Dime la verdad.

—Por supuesto que sí. Eres hermosa por dentro y por fuera. Quien diga lo contrario te tiene envidia.

—No me mientas —suspiré, mirando mi silueta—. Soy gorda, tengo la cara redonda… En el colegio todos se burlaban de mí. Nadie quiere a alguien así.

—¡A quién le importa la sociedad! Para tu padre eras su princesa, ¿eso no cuenta?

—Para él siempre fui perfecta, pero la realidad es otra. En la escuela me llamaban cerda, me aislaron… Y ahora nos quedaremos en la calle.

—Si supieras… —Francisca sonrió con ternura—. Muchas mujeres pagan fortunas por tener el pecho que a ti te sobra, o esas caderas y ese trasero firme. Podrías hacer suspirar a cualquiera si fueras más segura.

Una carcajada amarga se me escapó.

—Ya me hiciste reír, nana. Mis primas sí tienen cuerpos envidiables; todos los chicos las perseguían. Pero bueno, ahora lo urgente es pensar a dónde iremos cuando el señor Palmer me quite la casa.

—Llama a tus tías, hija. Tal vez a alguna se le ablande el corazón.

Dudé, pero la desesperación pudo más. Marqué el número de mi tía Vanesa con las manos sudando de los nervios. El tono sonó varias veces hasta que contestaron.

—¡Hola! ¿Tía Vanesa?

—¿Sara? —respondió una voz juvenil y pedante.

—Hola, Tory. ¿Está mi tía?

—¿Qué quieres, gorda apestosa?

—Por favor, pasa a mi tía. Es una emergencia, necesito hablar con ella.

—¿Tu tía? Ubícate, eres la hija de la sirvienta. Mi mami no tiene tiempo para basura como tú. Vete a tu chiquero, cerda —escupió Tory antes de cortarme la llamada.

El auricular me tembló en la mano. Las lágrimas volvieron a brotar y Francisca me entregó un pañuelo en silencio, abrazándome con fuerza mientras me arrojaba a su pecho.

—Se me quiere ir la vida, nana… Quiero estar con mis padres.

—Saldremos de esta, mi niña. Descansa un poco.

Me acostó en la cama y se retiró. Me acurruqué en posición fetal, dándole vueltas a la humillación sufrida en el despacho del señor Palmer.

«¿Qué se cree ese hombre? Prostituirme con extraños o volverme su amante… Es repugnante. Seguro cree que por ser gorda me voy a arrastrar por un poco de atención, que usará mi cuerpo por morbo y luego me desechará. Jamás voy a permitir que me toque».

AARON

El mal sabor de boca no se me quitaba. Que una mocosa en la quiebra se atreviera a rechazarme en mi propia cara me parecía una burla insoportable.

—¡Sergio! —rugí hacia la puerta.

El abogado entró al instante.

—Dígame, señor.

—Procede con el embargo inmediato. Dale veinticuatro horas a esa chica para que desaloje mi casa. Vende todo lo que tenga dentro para recuperar lo que se pueda.

—Señor, veinticuatro horas es muy poco tiempo…

Le clavé una mirada helada.

—¿Me estás cuestionando?

—Inmediatamente, señor. Cumpliré su orden.

Se retiró a toda prisa. Me serví un trago de whisky, contemplando el jardín a través del ventanal. Sonreí con frialdad. Ninguna mujer me había dicho que no, y esa chiquilla iba a aprender por la mala quién manda.

Llamé a mi oficina en Dinamarca para extender mi estancia en Bidenden por dos semanas más. Tenía un nuevo juguete al cual doblegar.

"Vas a venir a suplicarme clemencia, mocosa; serás mía sin protestar".

SARA

Horas más tarde, el tono de mi celular me sacó de mi letargo. Atendí de golpe, con la vaga esperanza de que fuera mi tía devolviéndome la llamada.

—¿Tía?

—Señorita Moore, habla Sergio, el abogado. ¿Puedo ir a su casa? Necesito hablar con usted de algo urgente.

—¡Claro que sí! Lo espero.

La ilusión me encendió el pecho. Pensé que el señor Palmer había recapacitado. Bajé a la cocina, tomé una manzana para calmar el hambre y esperé. A los pocos minutos, llamaron a la puerta.

—Pase, licenciado. ¿Gusta un poco de agua? —le ofrecí con amabilidad.

—No se moleste, señorita. —Sergio lucía incómodo, evitando mi mirada—. Lamento ser el portador de malas noticias. El señor Palmer ordenó el desalojo inmediato. Tiene veinticuatro horas para abandonar la propiedad con sus pertenencias personales. La casa saldrá a remate.

El aire se me congeló en los pulmones. Desde la cocina, escuché el sollozo ahogado de Francisca.

Me quedé parada frente al abogado, sintiendo cómo las últimas lágrimas de mi vida rodaban por mis mejillas mientras el mundo se terminaba de derrumbar bajo mis pies.

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