Capítulo 1 INVADIENDO SU ESPACIO

ALANA

El champán francés era una basura sobrevalorada, pero en el Grand Palais servía para lubricar gargantas millonarias. Mantuve la copa sobre mis dedos con la firmeza exacta. A mi alrededor, el eco de la música de cámara se mezclaba con risas ensayadas y negociaciones de millones de euros sobre el sector inmobiliario europeo.

—Señorita Rivas, su análisis de riesgo para la reestructuración del grupo hotelero en Cannes fue sencillamente implacable —comentó Jean-Paul, uno de los directores financieros más influyentes de la Costa Azul, inclinando la cabeza con respeto.

—Los números no mienten, Jean-Paul. Las emociones son las que arruinan los negocios —respondí, esbozando una sonrisa afilada.

—Una filosofía peligrosa para alguien tan joven.

—Una filosofía eficaz. Eso es lo único que me importa.

Me despedí con un asentimiento sutil y caminé entre la multitud. Mi vestido de seda negra se deslizaba contra mis piernas con cada paso rápido y decidido. París estaba a mis pies. Había trabajado cada hora de los últimos cuatro años para labrarme un nombre lejos de la sombra de mi padre, demostrando que mi cerebro valía mucho más que cualquier apellido.

Salí al aire fresco de la noche parisina y subí al auto que me esperaba en la entrada. Veinte minutos después, me deslizaba por el vestíbulo de mármol de mi complejo de apartamentos en el exclusivo distrito 8. El ascensor privado me dejó directamente en el recibidor de mi penthouse.

“Al fin, silencio”. Suspiré.

Me desabroché los tacones mientras avanzaba a oscuras hacia la estancia principal, lista para servirme una copa y revisar los correos de la mañana. Sin embargo, un olor extraño me frenó en seco. Tabaco amaderado y perfume de diseñador. Un aroma denso, masculino, absolutamente ajeno a mi espacio.

Encendí la luz tenue del recibidor.

Un hombre alto estaba sentado en mi sofá de cuero blanco. Mantenía las piernas cruzadas con una compostura absoluta, sosteniendo un vaso de mi propio whisky entre los dedos. Lucía un traje a medida de tres piezas, gris carbón, y una corbata impecable. Me miraba fijamente con unos ojos oscuros, fríos y profundamente analíticos.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, encendiendo cada alarma de mi cuerpo.

—¿Quién demonios eres? —exigí, apretando los dientes para disimular el temblor de mi voz—. ¿Cómo entraste aquí?

El desconocido no se inmutó. Dio un sorbo pausado al cristal, saboreando el líquido antes de dejar la copa sobre la mesa de centro con un chasquido seco. Luego, se puso de pie con una parsimonia depredadora. Su envergadura era imponente; llenaba la habitación con una presencia física sofocante.

—Tienes mal carácter, Alana. Aunque la puntualidad la heredaste intacta —dijo con una voz grave, áspera y cargada de una autoridad natural.

—No te conozco. Sal de mi apartamento ahora mismo.

El hombre dio un paso al frente, acortando la distancia entre los dos sin prisa.

—Te equivocas. Nos conocemos muy bien por referencia —dibujó una sonrisa helada que no llegó a sus ojos—. Hola, cuñada.

El aire se congeló en mis pulmones.

“¿Cuñada?” ¿Quién demonios eres?

Mi mente trabajó a toda velocidad, conectando los fragmentos dispersos de las pocas fotos familiares que mi hermana me había enviado por mensaje. Aquella mandíbula marcada, la mirada dominante, el aura de peligro controlado…

Sebastián Valente. El prometido de Samara. El implacable CEO de Valente Group, del que todos hablaban en los círculos financieros de Mónaco.

—Estás loco —mascullé, dando un paso atrás mientras sacaba el teléfono móvil del bolso—. Te has metido en mi propiedad privada. Voy a llamar a la policía ahora mismo.

Deslicé el dedo por la pantalla para marcar el número de emergencia, pero no alcancé a rozar el cristal.

Sebastián se movió con la velocidad de un felino. Antes de que pudiera reaccionar, su mano de dedos largos cerró sobre mi muñeca con un agarre de acero. El teléfono cayó al suelo, impactando contra la alfombra con un golpe sordo.

—No me gustan los escándalos inútiles, quería conocerte antes de tiempo —murmuró.

—¡Suéltame! —exclamé, intentando zafarme, pero mi fuerza no era rival para la suya.

En lugar de liberarme, me empujó con firmeza contra la pared adyacente al recibidor. El impacto de mi espalda contra el muro firme me dejó sin aliento. Sebastián dio un paso más, invadiendo mi espacio personal hasta dejarme acorralada entre el yeso y la mole de su cuerpo.

Su aliento cálido, impregnado de malta y madera, golpeó mi cuello. La proximidad era asfixiante, invasiva. Sentía el calor de su torso presionando la seda de mi vestido y la frialdad táctica de su postura. Sus ojos oscuros descendieron un segundo a mis labios antes de fijarse de nuevo en mi mirada con una intensidad abrasadora.

—No eres tan intocable como crees, Alana —susurró muy cerca de mi oído, su voz rozando mi piel como una navaja afilada—. Tus números perfectos en París no te van a salvar de lo que se viene.

Mi corazón se desbocó en el pecho, golpeando con una mezcla violenta de rabia, peligro y una descarga eléctrica de adrenalina puramente pasional que me negó el aire. Me negué a bajar la mirada. Apreté los puños contra su pecho para marcar distancia, pero él ni se inmutó.

—¿Qué quieres? —grité en un susurro áspero.

—Avisarte —su mano libre subió, rozando con el dorso de sus nudillos mi mandíbula en una caricia lenta, helada y posesiva—. La vida de ensueño que construiste aquí se terminó hoy.

—Mi vida no te pertenece, malnacido.

—Todavía no —corrigió, inclinándose apenas un milímetro más, haciéndome sentir el peso absoluto de su dominio—. Muy pronto nos volveremos a ver.

Se apartó de golpe, liberándome de la presión de su cuerpo de forma tan repentina que mis rodillas amenazaron con ceder. Respiré entrecortadamente, pegando la espalda al muro mientras él se ajustaba los puños de la camisa con absoluta tranquilidad.

Sin dedicarme una sola mirada más, caminó hacia la puerta principal, la abrió y salió a la penumbra del pasillo, dejándome sola en el silencio denso de mi apartamento.

Instantes después, la pantalla de mi teléfono, tirado en el suelo, comenzó a parpadear, iluminando la alfombra. El tono de llamada cortó la tensión como un latigazo.

Avancé con las manos temblorosas y lo recogí. El nombre de mi padre brillaba en la pantalla. Contesté con la garganta seca.

—Alana —la voz de mi padre sonó quebrada, débil, cargada de un tono trágico que jamás le había escuchado—. Tienes que tomar el primer vuelo a Montecarlo. Tu hermana está grave… y la familia se está arruinando.

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