Capítulo 2 CANSADA DE SER UNA SOMBRA

SAMARA

Siempre he sido la sombra de Alana, mi hermana perfecta, pero ahora tengo un hombre exitoso y guapo y que me ama con locura. Aunque este maldito cuerpo no colabora, el sonido del respirador artificial era una tortura constante, pero en esta casa funcionaba como el mejor de mis escudos. Mantenía los ojos entreabiertos mientras la enfermera ajustaba la vía intravenosa en mi brazo. La luz del atardecer filtrada por los ventanales de la villa de Montecarlo bañaba la habitación, acentuando mi palidez.

“Una víctima. Eso es lo único que necesitan ver”.

Tan pronto como la enfermera salió cerrando la puerta con sigilo, me retiré la cánula nasal de plástico y me puse de pie. Las piernas me temblaron ligeramente —un efecto real de mi cardiopatía—, pero la rabia que me quemaba las entrañas era mucho más fuerte que cualquier debilidad física.

Caminé descalza por el suelo de mármol hasta el balcón interior que daba directamente sobre el tragaluz del despacho de mi padre. Las cortinas de abajo estaban entreabiertas. Sabía que Sebastián había llegado; su auto deportivo negro estaba estacionado en la entrada principal.

Pegué el oído a la ranura de la madera, conteniendo el aliento. La voz grave de Sebastián atravesó la distancia con la fuerza de un decreto.

—No voy a poner en riesgo su vida ni a exponerla a un embarazo que su corazón no resistirá —decía la voz de Sebastián desde el despacho, manteniendo ese tono frío y pragmático que tanto me fascinaba y me enfurecía a la vez—. La cláusula del fideicomiso exige un heredero directo antes de mi próximo cumpleaños o Camilo tomará el control del grupo. Él quiere tomar el poder, algo que no voy a permitir.

—¿Entonces qué propones, Sebastián? —la voz de mi padre sonaba temblorosa, patética, la de un hombre acorralado por las deudas—. Si rompes el compromiso con Samara, la prensa nos destruirá y los acreedores ejecutarán las hipotecas mañana mismo. Tenemos una alianza en los negocios con nuestros apellidos. 

—No voy a romper el compromiso públicamente; ellos saben que tengo un compromiso con ustedes, pero no saben con cuál de sus hijas. —Sentenció Sebastián. Escuché el eco metálico de un encendedor—. Mantendremos la fachada. Pero el contrato biológico lo firmará alguien que tenga tu misma sangre. Alguien con la fuerza física para darme un hijo sano sin morirse en el intento.

Hubo un silencio denso abajo. Un silencio que me oprimió el pecho hasta hacerme toser en un susurro.

—Alana —soltó mi padre en un murmullo derrotado.

—Alana —confirmó Sebastián sin un solo rastro de duda—. Ella será la esposa secreta y la madre de mi heredero. Es la única forma de salvar mi puesto y financiar el tratamiento de Samara en Suiza. Cuando ella se mejore, todo cambiará.

Me apreté el pecho con fuerza. Los nudillos se me pusieron blancos contra la tela de mi bata.

“Alana. Siempre Alana”.

Regresé a la cama a tropezones, impulsada por un veneno helado que corría por mis venas. Me dejé caer sobre las sábanas de seda justo cuando escuché los pasos firmes de Sebastián subiendo las escaleras.

Me coloqué la cánula de oxígeno a toda prisa, cerré los ojos a medias y dejé que mis labios temblaran. Inhalé con dificultad, forzando una respiración entrecortada y agónica.

La puerta de mi habitación se abrió. El aroma a tabaco amaderado y malta llenó el aire antes de que sus pasos se detuvieran al lado de mi cama.

—Sebastián… —murmuré con voz débil, abriendo los ojos lentamente y buscando su mano con los dedos temblorosos—. Sentí… sentí una presión en el pecho. Creí que te habías ido.

La expresión de Sebastián era una máscara impenetrable, pero sus ojos oscuros delataban la cautela. Tomó mi mano entre las suyas; su agarre era firme, cálido, protector. Justo el papel que me gustaba hacerlo jugar.

—Estoy aquí, mi querida, Samara —dijo suavemente, sentándose en el borde del colchón—. El médico viene en camino. No debes esforzarte.

—Escuché murmullos abajo… —dije, dejando caer una lágrima perfecta por mi mejilla, calculada al milímetro—. Tu hermano Camilo llamó hace un rato. Dijo cosas horribles sobre la empresa… Tengo miedo de ser una carga para ti. Si mi salud empeora, yo… no quiero interponerme en tu camino.

Sebastián apretó su agarre, justo como sabía que lo haría. Su sentido del deber y su necesidad de control eran su mayor debilidad, y yo los manejaba a mi antojo.

—Nadie va a separarnos, te amo, eres la mujer que he elegido para estar a mi lado —respondió con una frialdad afilada dirigida al aire—. Me encargaré de Camilo y de que la empresa de tu padre no fracase. Tu única tarea es seguir viva.

—Alana viene en camino desde París, ¿verdad? —pregunté, mirándolo a los ojos con la inocencia más pura que pude fingir—. La extraño tanto… Ella siempre ha sido la fuerte, la perfecta, la que todo lo logra. A veces siento que a su lado yo no soy nada.

Sebastián no respondió de inmediato. Sus facciones se endurecieron apenas imperceptiblemente al escuchar el nombre de mi hermana, y una chispa indeterminada cruzó su mirada.

—Alana hará lo que tenga que hacer por esta familia —dijo él, poniéndose de pie y soltando mi mano—. Descansa. No pienses en nada, déjamelo a mí.

Se giró y salió de la habitación.

En cuanto la puerta se cerró, me limpié la lágrima con la falange del dedo índice. Una sonrisa amarga y afilada se dibujó en mis labios. Maldita Alana, me costó convencer a mi padre de que te enviara lejos y ahora vuelves para quitarme todo de nuevo.

Alana creía que venir a Montecarlo era un acto de salvación. No tenía idea de que estaba caminando directo a una jaula de oro. Ella siempre había tenido la salud, la inteligencia, el éxito en París y el amor orgulloso de nuestros padres, mientras a mí me dejaban las migajas y la compasión.

“Quieres jugar a la mártir, hermanita”, pensé mientras miraba la pantalla de mi teléfono, donde la notificación de un mensaje de Camilo parpadeaba en la oscuridad.

“Te dejaré entrar en la cama de mi prometido. Te dejaré firmar ese contrato. Pero voy a usar cada gota de mi debilidad para asegurarme de que Sebastián te odie… y de que tu vida aquí sea un infierno”.

El teléfono en mi mano vibró. Era un mensaje directo de Camilo Valente:

«Sé lo del contrato de Alana. Si me permites acceder a los servidores de tu padre esta noche, te aseguro que Sebastián no podrá ver nacer a ese sucesor. ¿Jugamos?».

Capítulo anterior
Siguiente capítulo