Capítulo 3 FRIA COMO EL HIELO

ALANA

Mientras viajaba de regreso, recordé vívidamente el día que dejé mi hogar, recién graduada y llena de sueños; una oportunidad entre mil se presentaba ante mí. El motor del taxi rugió suavemente antes de apagarse frente a los imponentes portones de hierro forjado de la villa en Montecarlo, un lugar que siempre había considerado como un refugio de mi infancia. Sentía una profunda nostalgia; no había pensado en regresar tan pronto, ya que había construido una vida plena en Francia, con amigos, un trabajo que amaba y un pequeño pero acogedor apartamento en las afueras de París. Sin embargo, aquí estoy de nuevo, enfrentando el pasado con el corazón abierto y la mente llena de recuerdos.

Caminé por el sendero de mármol arrastrando mi maleta. Cada taconazo contra la piedra era un recordatorio de la trampa. No había dormido en todo el vuelo desde París. La voz rota de mi padre al teléfono y la sombra de Sebastián invadiendo mi departamento seguían resonando en mi cabeza como una amenaza latente.

La puerta principal se abrió antes de que tocara el timbre. Mi madre estaba de pie en el vestíbulo. Usaba un vestido de lino impecable, pero el maquillaje cargado no lograba ocultar las sombras oscuras bajo sus ojos. Imaginé el motivo.

—Alana… llegaste —dijo sin dar un solo paso hacia mí. Su tono no tenía el calor de un reencuentro; era una mezcla de culpa y fría resignación.

—¿Dónde está papá? —pregunté sin rodeos, dejando caer la maleta.

—En el despacho. Te está esperando.

Avancé por el pasillo sin mirarla. La frialdad de su recepción me dolió más de lo que quise admitir. Siempre había sido la hija independiente, la que no necesitaba cuidados, pero descubrir que mi regreso no traía alivio sino una transacción pactada me agriaba la sangre.

Empujé las puertas de madera noble del despacho. Mi padre estaba tras el escritorio de caoba. Al verme, pareció envejecer diez años en un segundo. Los papeles financieros cubrían la superficie y una botella de coñac medio vacía descansaba junto a su mano.

—Hija… —murmuró poniéndose de pie con torpeza.

—Ahorrémonos las lágrimas, papá —sentencié cruzándome de brazos, manteniendo la espalda rígida—. En el teléfono dijiste que la empresa estaba en problemas y Samara recayó. Quiero la verdad. Ahora.

Mi padre bajó la cabeza, incapaz de sostener el peso de mi mirada.

—Valente Group absorbió el ochenta por ciento de nuestra deuda esta madrugada —confesó con la voz quebrada por la vergüenza—. Pero Sebastián puso una condición innegociable para no ejecutarnos en los tribunales y para pagar la cirugía de corazón de Samara.

—¿Qué condición? —exigí, aunque el pecho se me apretó sabiendo la respuesta.

—Debes casarte con él… y darle un heredero. La boda será sencilla, para que no te afecte, y no le afecte a tu hermana.

—¿A mi hermana, en qué le afectaría?

—Sebastián es el prometido de tu hermana; ellos están enamorados, pero la salud de tu hermana es frágil. Sé que la quieres mucho, Alana, no rechaces este contrato.

El golpe de la verdad me dejó sin aliento, pero me negué a pestañear. La humillación se transformó de inmediato en una furia ardiente.

—¿Me vendiste? —mi voz salió tan afilada que cortó el aire del despacho—. ¿Me usas como moneda de cambio para tapar tus malos negocios y que yo sea el vientre de alquiler de tu futuro yerno?

—Es por el bien de tu hermana —dijo con un tono desesperado, acercándose a mí—. El corazón de Samara no soportaría un embarazo, Alana. Sebastián necesita tener un hijo antes de los treinta y seis para mantener su imperio frente a Camilo. Si no lo hacemos, no solo enfrentaremos la cárcel por bancarrota fraudulenta, sino que Samara no recibirá el tratamiento que necesita. Tú eres la única con la fortaleza para ayudar. He invertido mucho en ti; ahora es momento de que devuelvas el favor.

La culpa. "Siempre la maldita culpa".

Ellos habían construido su vida sobre mi capacidad de soportarlo todo mientras entretejían la fragilidad de Samara como un escudo impune. Apreté los puños hasta que las uñas se me clavaron en las palmas.

—Iré a mi habitación —dije con un tono tan helado que mi padre dio un paso atrás—. Necesito procesar este asco.

Subí las escaleras a pasos rápidos, huyendo antes de que el nudo en mi garganta me traicionara. Me encerré en la suite de invitados. Encendí mi laptop sobre la mesa de centro y comencé a rastrear frenéticamente los movimientos corporativos recientes de Valente Group. Los titulares no mentían: Sebastián estaba bajo un fuego cruzado con el consejo de administración y su hermano Camilo. Necesitaba esa alianza biológica desesperadamente.

El sonido de la puerta al abrirse me hizo levantar la cabeza de golpe.

Samara estaba apoyada en el marco. Llevaba una bata de seda blanca y la cánula de oxígeno rodeándole el rostro. Se veía frágil, casi transparente, pero sus ojos recorrieron mi laptop y mi ropa de diseñador con una chispa de celos calculados antes de transformar su rostro en una máscara de aflicción. La conocía muy bien.

—Alana… no sabía que ya habías llegado —susurró, entrando con pasos débiles—. Papá me dijo que estabas aquí para ayudarnos. Siento tanto que tengas que ver todo este desastre.

—Samara —dije congelando la pantalla de la computadora—. Deberías estar descansando.

—No puedo —dijo acercándose a la mesa, fijando la mirada en una foto de Sebastián que figuraba en la pantalla corporativa—. Sebastián ha estado muy estresado. Él… él solo intenta protegernos a todos. A veces siento que no lo merezco; me ama tanto.

La devoción falsa en su voz me revolvió el estómago. Antes de que pudiera responderle, un golpe firme resonó en la puerta abierta. El mayordomo de la casa estaba de pie en el pasillo, luciendo extrañamente tenso.

—Señorita Alana —interrumpió el hombre con reverencia—. El señor Valente acaba de llegar a la propiedad. Exige su presencia inmediata en el despacho a solas. Dijo que no esperará ni un minuto.

Samara apretó los labios, y por un milisegundo vi cómo el resentimiento cruzaba su mirada frágil al escuchar que él me llamaba a mí y no a ella.

Me puse de pie lentamente, alisando mi falda con una calma fingida. Sebastián creía que podía irrumpir en mi apartamento en París y luego citarme en mi propia casa como si fuera de su propiedad.

—Dile que ya bajo —respondí mirando fijamente a Samara—. Es hora de ver qué tan cara vende su libertad el gran Sebastián Valente.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo