Capítulo 4 SACRIFICIOS

ALANA

Sebastián estaba de pie junto al gran ventanal que daba a los jardines, de espaldas a la puerta, con las manos en los bolsillos de su traje impecable. Su silueta recortada contra la luz de Montecarlo transmitía una dominación absoluta, tal como ese hombre, un dominio territorial que no necesitaba de palabras para aplastar el aire.

Cerré la puerta tras de mí con un chasquido seco. El sonido resonó en la habitación, pero él no se giró de inmediato. Me dejó esperar tres segundos calculados. Un clásico juego de poder.

—No suelo esperar por nadie, Alana —dijo finalmente, dándose la vuelta con una parsimonia fría. ¿Quién demonios se cree este tipo?

Sus ojos oscuros, despiadados y penetrantes me recorrieron desde el marco de la puerta hasta la punta de mis tacones. No había rastro de la penumbra de París; bajo la luz del día, Sebastián Valente se veía aún más peligroso.

—Y yo no suelo responder a órdenes de intrusos que invaden mi propiedad —contraataqué, avanzando hacia el centro del despacho con la cabeza erguida—. Estás en la casa de mi familia.

—Esta casa le pertenece al banco desde las nueve de la mañana —corrigió con voz grave y pausada, sacando una mano del bolsillo para señalar el documento sobre el escritorio—. Y el banco me pertenece a mí. Así que, técnicamente, estás pisando mi terreno.

Apreté los dientes. La frialdad táctica con la que soltó el dato fue como una bofetada de realidad. Sobre la caoba descansaba un contrato grueso con sellos notariales y varias firmas ya estampadas en tinta negra.

—Mi padre me dijo lo que quieres —dije, acortando la distancia hasta quedar al otro lado del escritorio—. Un matrimonio discreto. Un heredero. Un vientre de alquiler encubierto por el apellido Rivas a cambio de saldar deudas y pagar a los médicos de Samara.

—Un acuerdo comercial —matizó él, rodeando el escritorio con pasos lentos y carnívoros—. Tu familia obtiene su salvación financiera y la salud de tu hermana. Yo obtengo la legitimidad biológica que el consejo de administración me exige antes de mi cumpleaños número treinta y seis para aplastar las aspiraciones de mi hermano Camilo.

Sebastián se detuvo a centímetros de mí. Su presencia era sofocante, invasiva. Sentí el calor que emanaba de su cuerpo y el recuerdo del impacto contra la pared de mi apartamento en París me encendió la piel de rabia y tensión erótica.

—¿Y qué gano yo en esta transacción, Sebastián? —pregunté, sosteniendo su mirada abrasadora sin dar un solo paso atrás—. ¿Convertirme en tu sombra? ¿Engañar a mi propia hermana mientras tú juegas a ser su prometido oficial frente al mundo?

—Ganas el derecho de no ver a tu padre en una cárcel de máxima seguridad —murmuró, inclinándose apenas lo suficiente para que su aliento cálido me rozara la mejilla—. Y mantienes el estatus que tanto te gusta exhibir en París.

Tomó el bolígrafo de plata que descansaba junto al contrato y me lo ofreció, sujetándolo entre sus dedos largos y firmes. Sus nudillos rozaron la palma de mi mano al entregármelo, una caricia helada y deliberada que me hizo contener el aliento. Leyendo hasta las letras pequeñas, no quería caer en una trampa.

—Firma, Alana. Deja de luchar contra lo inevitable.

"Un contrato de sumisión disfrazado de sacrificio".

Le quité el bolígrafo con brusquedad, pero antes de estamparlo al papel, lo miré fijamente a los ojos.

—Mis condiciones —sentencié con voz firme—. Si voy a vender mi cuerpo y mi libertad para salvar a esta familia, lo haré bajo mis términos. Dime si estás dispuesto a concedérmelo.

Una ceja oscura se elevó en su rostro de piedra, denotando una mezcla de diversión helada y curiosidad.

—Habla.

—Primero: la dirección ejecutiva de las filiales hoteleras pasa a mi mando directo sin interferencias de tu consejo. Segundo: Samara no sabrá jamás que la cláusula biológica me involucra a mí; no voy a cargar con su odio mientras agoniza. Y tercero… —Hice una pausa, clavándole la mirada con toda la altivez de la que fui capaz—, esto es una transacción biológica. No te pertenecen ni mi mente, ni mi dignidad, ni mi vida privada.

Sebastián cortó la distancia sobrante entre los dos de un solo paso, acorralándome contra el borde del escritorio de caoba. Su mano libre se cerró con firmeza alrededor de mi cintura, pegando mi cadera contra la suya en un agarre posesivo que me robó el aire por completo.

—Te equivocas en el último punto, cuñada —susurró muy cerca de mis labios, con una frialdad abrasadora que me aceleró el corazón a mil por hora—. Desde el momento en que estampes tu firma en ese papel, hasta el día en que me des a mi hijo… cada pulso de tu cuerpo me pertenece.

El choque de miradas era un incendio de tensión pasional y odio contenido. Sentí la dureza de su cuerpo contra el mío, la invencibilidad de su postura y el peligro latente de tenerlo tan cerca. No me aparté. Le sostuve el pulso con la respiración entrecortada hasta que él bajó la mirada a mis labios y volvió a subirla lentamente.

Libré mi mano, apoyé el papel sobre la madera y firmé con un trazo rápido, violento y perfecto.

—Hecho —dije con la garganta seca, lanzando el bolígrafo sobre la mesa.

—Bienvenida a la familia, Alana —murmuró él con una sonrisa afilada antes de soltarme la cintura de golpe.

En ese preciso instante, la puerta del despacho se abrió de par en par. Samara estaba de pie en el umbral, apoyada en el marco con la cánula de oxígeno puesta y los ojos desorbitados por la escena. Nos vio a los dos a escasos centímetros, con el contrato sobre la mesa y la tensión pasional aún flotando en el aire.

—¿Qué… qué está pasando aquí? —preguntó Samara con la voz al borde del colapso, llevándose una mano temblorosa al pecho mientras empezaba a hiperventilar de forma dramática—. Sebastián… ¿Por qué la estás tocando así?

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