Capítulo 49 DOS DESCARADOS

ALANA

Clavé las palmas de mis manos contra sus hombros, empujándolo con cada gramo de fuerza que me quedaba en los brazos. El torso de Sebastián era una muralla de músculo que ni siquiera vaciló.

—¡Suéltame, Sebastián! —exigí, girando el rostro cuando intentó capturar mis labios.

—No te vas a i...

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