Capítulo 5 LA INCUBADORA
ALANA
¡¡Mi hermana!! Sus jadeos entrecortados resonaban contra las paredes de roble mientras se llevaba la mano al pecho, cayendo de rodillas al marco de la puerta como un pájaro herido.
La reacción de Sebastián fue instantánea. Toda la frialdad dominante y la tensión pasional que nos envolvían un segundo atrás se disolvieron en una fracción de segundo.
—Samara —dijo él, ignorándome por completo al apartarse de mí.
Crucé los brazos sobre el pecho, apretando los nudillos hasta que la piel se puso blanca. Observé la escena desde la sombra del escritorio. Sebastián atravesó la estancia con zancadas rápidas y se inclinó ante mi hermana, tomándola en brazos con una delicadeza abrumadora, casi quirúrgica. La levantó del suelo como si fuera de cristal y la acomodó en el sillón de piel del despacho.
—No respires tan rápido, mírame —murmuró Sebastián. Su voz, la misma que me había amenazado a milímetros de los labios con un dominio implacable, ahora era un murmullo bajo, pacificador y protector.
Él se arrodilló a su lado. Le acomodó la cánula de oxígeno con dedos lentos, rozándole la mejilla pálida con una ternura que me revolvió las entrañas.
—Tú… ella… —gimoteó Samara, buscando la mano de Sebastián con sus dedos temblorosos y clavándole los ojos llenos de lágrimas falsas—. Sebastián, la tenías agarrada… ¿Por qué Alana estaba tan cerca de ti? Me siento mal… me falta el aire.
—Estábamos ajustando los términos del fideicomiso para tu tratamiento en Suiza, nada más —respondió él sin pestañear, mintiendo con una soltura aterradora mientras le acariciaba el cabello de mi hermana para calmarla—. Alana aceptó supervisar la reestructuración corporativa. Tu única preocupación es ponerte bien.
Samara recostó la cabeza en el hombro de Sebastián, deslizando la mirada sobre su saco de vestir hasta fijarse en mí. Por un microsegundo, por encima del hombro del hombre con el que acababa de firmar la entrega de mi libertad, la debilidad en sus ojos desapareció. Me dedicó una sonrisa diminuta, afilada y victoriosa. Un destello de veneno puro antes de volver a cerrar los ojos y jadear de nuevo.
Un nudo de rabia y asco se me atoró en la garganta.
—La cena de esta noche en el Casino de Montecarlo sigue en pie —dijo Sebastián poniéndose de pie, aunque sin apartarse del lado de Samara—. Necesitamos la portada de los diarios financieros para aplacar al consejo. Samara vendrá conmigo como mi prometida oficial. Y tú, Alana… vendrás como la ejecutiva a cargo.
La ejecutiva a cargo. La sombra de la novia. "La incubadora secreta".
—Por supuesto —contesté con la barbilla en alto, sosteniéndole la mirada helada a Sebastián—. No me perdería el espectáculo por nada del mundo.
Salí directamente a mi dormitorio, sin saber en qué momento me metí en este embrollo. Tenía que vestirme rápidamente, ya que la cena se acercaba y no quería llegar tarde. Busqué en el armario un conjunto adecuado, mientras mi mente repasaba los eventos del día que me habían llevado a esta situación. El reloj seguía avanzando, y la presión aumentaba con cada segundo que pasaba.
El Casino de Montecarlo resplandecía bajo miles de luces de cristal, inundado por el murmullo de la élite europea, el chocar de copas de cristal y el olor a perfumes caros. La Cena de las Máscaras era el evento del año.
Llevaba un vestido ajustado de terciopelo borgoña con la espalda descubierta y un antifaz de encaje negro. Caminaba entre los invitados manteniendo una sonrisa impecable, aunque por dentro quemaba de indignación. Unas mesas más allá, Sebastián permanecía de pie en el centro de atención, impecable en su esmoquin negro. Samara se encontraba a su lado, portando un vestido blanco de corte ángel, apoyada de manera silenciosa en su brazo mientras él la sostenía por la cintura con una sensación de protección.
—Ver a mi hermano jugar al salvador es un drama verdaderamente patético, ¿no crees?
La voz masculina a mi espalda me hizo girar de golpe.
Un hombre alto, de rasgos muy similares a los de Sebastián, pero con una sonrisa mucho más cínica y desordenada, sostenía una copa de champán frente a mí.
Camilo Valente. Lo reconocí casi de inmediato.
—Señor Valente —dije con frialdad, marcando distancia—. No sabía que estaba en la lista de invitados.
—Soy el dueño del cincuenta por ciento de la lista, cuñada —murmuró Camilo, inclinándose levemente con una mirada depredadora que me recorrió sin descaro—. Sé exactamente qué hace mi hermano en París y sé por qué te trajo a Montecarlo. Sebastián cree que puede jugar a dos bandas: la prometida enferma para la prensa y la hermana brillante para arreglar el desastre. Pero tú no eres mujer de quedarte en la sombra, Alana. ¿Verdad?
—No sé de qué habla —mentí, sintiendo cómo la tensión aumentaba.
—Si juegas en el bando equivocado, Sebastián te va a destruir —susurró Camilo, dando un paso invasivo hacia mi espacio—. Únete a mí y te garantizo que te devuelvo las acciones de tu padre sin tener que venderte.
Antes de que pudiera responder, una mano firme de dedos largos me agarró por la cintura desde atrás, pegando mi espalda contra un torso rígido como el acero. El aroma a tabaco amaderado me envolvió de inmediato.
—Alana no necesita hacer tratos con buitres, Camilo —sentenció la voz grave de Sebastián sobre mi oído, su agarre en mi cadera tan posesivo que me impidió moverme.
—Hermano —sonrió Camilo sin intimidarse—. Solo le daba la bienvenida a la familia.
—Apártate de mi vista antes de que te haga sacar por la seguridad del casino —ordenó Sebastián con una frialdad letal.
Camilo alzó su copa en un brindis burlón y se perdió entre la multitud. Sebastián no me soltó. Al contrario, me giró entre sus brazos con brusquedad hasta dejarme acorralada contra una columna de mármol, lejos de las miradas de los invitados.
—¿Qué demonios haces? —exigí en un susurro áspero, tratando de empujar su pecho, pero sus manos bajaron a mis caderas con un agarre de hierro. Mi mirada se fue hacia Samara, quien estaba sentada junto a papá.
—Marcando lo que es mío —respondió él, invadiendo mi espacio hasta que su respiración cálida rozó mis labios—. Te prohibí acercarte a mi hermano.
—¡Yo no soy tuya, Sebastián! —siseé, sintiendo que el corazón se me disparaba por la mezcla de furia y la descarga eléctrica de su cercanía.
—Tu firma en el contrato dice lo contrario.
Nos miramos con un odio ardiente, tan cerca que podía sentir el pulso acelerado de su cuello. Antes de que el conflicto escalara, mi madre se acercó a toda prisa, interrumpiendo el choque.
—¡Sebastián! Samara se siente mal, está en la suite del hotel diciendo que le falta el aire —dijo mi madre con voz alterada. ¿En qué momento se enfermó de nuevo?
