Capítulo 6 EN SU HABITACION
ALANA
Sebastián me soltó de inmediato, dedicándome una última mirada indescifrable antes de alejarse a toda prisa hacia las suites del piso superior.
Confusa, con la adrenalina a tope y la mente hecha un caos, después de un tiempo prudente decidí subir a mi habitación asignada en el hotel para quitarme el vestido y huir de aquella pesadilla. Subí por el ascensor privado, crucé el pasillo en penumbra y abrí la puerta de la suite 504 con la tarjeta clave.
Al entrar, la luz del baño estaba encendida. La puerta se abrió de golpe.
Sebastián salió al pasillo de la suite vistiendo solo una toalla blanca atada a la cintura. El agua resbalaba por su torso definido, descendiendo por su abdomen esbelto. Se detuvo abruptamente al verme.
Me quedé paralizada. El aire se me escapó de los pulmones ante la visión de su cuerpo desnudo y la presencia física asfixiante que llenaba la estancia.
—¿Qué haces aquí? —pregunté con la garganta seca, dando un paso atrás.
Sebastián entornó los ojos oscuros. En lugar de cubrirse, avanzó tres pasos hacia mí con una lentitud peligrosa y una sonrisa helada en los labios.
—Esta es mi suite, Alana —dijo con voz grave y áspera, acorralándome contra la puerta cerrada—. Tu habitación es la 505.
El impacto de su declaración me dejó helada, pero él no se detuvo. Inclinó la cabeza, fijando su mirada abrasadora en mis labios mientras el calor de su piel húmeda me rozaba el vestido.
—Dime la verdad… —murmuró, acercándose demasiado—. ¿Te confundiste de puerta por error… o realmente querías cumplir el contrato esta misma noche? ¡Siento que me estás seduciendo!
El calor que emanaba del cuerpo desnudo de Sebastián era una hoguera que amenazaba con devorarme. El agua goteaba desde su cabello oscuro, resbalando por su clavícula y trazando una línea húmeda por los músculos marcados de su abdomen hasta perderse en el borde de la toalla. Demonios, ¿en qué estoy pensando?
—Estás demente —murmuré con la voz temblorosa por el choque de adrenalina y el espacio asfixiantemente reducido—. Me equivoqué de tarjeta en recepción. Apártate.
—No te estás moviendo, Alana —desafió él en un susurro grave, bajando la mirada a mi pecho, donde mi respiración agitada hacía subir y bajar el terciopelo borgoña de mi vestido.
—Porque me estás acorralando contra la madera. Aléjate un poco.
—Podrías empujarme. Pero no lo haces.
Sus manos, frías por el agua pero ardientes por el contacto, subieron con lentitud desde mi cintura hasta apoyarse en la puerta, justo a los lados de mi cabeza. Quedé atrapada en su jaula de piel y dominio. El perfume a tabaco amaderado mezclado con el vapor del agua me mareaba, anulando cualquier rastro de lógica en mi cabeza.
—Tu hermano estuvo a punto de hacerme una oferta en el casino —solté, buscando desesperadamente una grieta en su control para recuperar el aire.
Las facciones de Sebastián se endurecieron al instante. Sus ojos oscuros se volvieron dos pozos de nieve helada.
—¿Y pensaste en aceptarla? —preguntó, inclinándose un milímetro más. Su torso húmedo rozó la tela de mi vestido, haciendo que un escalofrío me recorriera la espina dorsal.
—Dijo que podía devolverme la libertad sin tener que vender mi cuerpo a ti.
—Camilo te destruiría antes de que pudieras firmar el primer documento —siseó él, marcando cada palabra con una rabia contenida que le hizo apretar la mandíbula—. Tu libertad ya no está en juego, cuñada. Tu cuerpo me pertenece por contrato.
—¡Yo no le pertenezco a nadie! —grité en un siseo, alzando las manos para golpear su pecho firme y alejarlo.
Pero el movimiento fue un error. Mis palmas patinaron sobre su piel húmeda y tibia. El impacto no lo movió ni un centímetro; al contrario, Sebastián reaccionó con la velocidad de un felino, atrapando mis dos muñecas con una sola mano y sujetándolas por encima de mi cabeza contra la puerta.
El movimiento nos pegó de lleno. Mi cadera chocó contra la suya, mi pecho aplastado contra su torso al descubierto. El aire desapareció de la suite.
—Pruébame que no eres mía —desafió él, con la voz convertida en una raspadura áspera.
Nuestras miradas se cruzaron en una batalla encarnizada de egos, rabia y una tensión pasional que amenazaba con hacer estallar la habitación. Le sostuve el pulso, negándome a mostrar debilidad, pero la proximidad de sus labios a escasos milímetros de los míos me hacía arder las entrañas.
En un arrebato de soberbia, intenté zafar mis muñecas tirando hacia abajo. El tirón provocó que Sebastián perdiera el equilibrio por un microsegundo. Para no caer sobre mí, apretó su agarre y se inclinó hacia delante.
Nuestros labios chocaron.
No fue un roce suave. Fue un impacto violento, hambriento y lleno de furia contenida. El contacto de su boca caliente sobre la mía envió una descarga eléctrica que me quemó desde el centro del pecho hasta la punta de los pies. Sebastián emitió un gruñido bajo contra mi boca y, lejos de apartarse, profundizó el beso, devorándome con una posesividad salvaje que me borró el nombre, el lugar y la cordura.
Su lengua presionó mis labios y, por un segundo aterrador y perfecto, le respondí el beso con la misma ferocidad, enredando mis sentidos en el sabor a malta de su boca.
El choque de deseo me devolvió la conciencia como una bofetada de agua helada.
"¿Qué demonios estoy haciendo?".
Aproveché que su agarre en mis muñecas se había aflojado por la intensidad del beso para liberar las manos de golpe. Apoyé las palmas contra sus hombros esculpidos y lo empujé con todas mis fuerzas hacia atrás. Sebastián, sorprendido por el ataque repentino, dio dos pasos en falso, liberándome de la pared.
Me pasé el dorso de la mano por la boca, sintiendo el ardor de sus labios todavía impregnado en mi piel. Estaba hiperventilando, con el corazón martilleándome las costillas a una velocidad peligrosa.
—No vuelvas… a tocarme —dije con la voz entrecortada, con los ojos inyectados en rabia y vergüenza.
Sebastián se quedó de pie en el centro de la suite, despeinado, con el torso al descubierto y la respiración agitada. Me miraba fijamente, pero esta vez no había frialdad en su rostro; en sus ojos oscuros brillaba una chispa de triunfo indomable.
Sin esperar una respuesta, me giré a toda prisa, tomé el pomo de la puerta, la abrí de par en par y salí corriendo al pasillo del hotel.
