Capítulo 4
—Ember, baja aquí.
Treinta minutos después, Ceria llegó puntual en su llamativo deportivo rojo. Me deslicé en el asiento del copiloto y de inmediato miró mi camisa blanca abotonada y mis jeans grises con un evidente gesto de desagrado.
—Chica, vamos a salir de fiesta, no a competir por Señorita América Modélica. ¿Eso es lo que te vas a poner?
—Prácticamente todo mi clóset son camisas y jeans. No he tenido tiempo de comprar nada nuevo.
En mi vida pasada, después de casarme con Gabriel, todo mi mundo había girado en torno a él. No había ocasiones para ropa bonita: solo comodidad. Las pocas veces que iba de compras, terminaba agarrando más camisas y jeans.
—¿Ves lo que te hacen los hombres? Gracias a Dios por fin te sacaste de la cabeza toda esa ilusión romántica. Ese imbécil de Gabriel nunca valió la pena.
Mientras se quejaba, Ceria estiró el brazo hacia atrás y me lanzó una bolsa desde el asiento trasero.
—Te compré esto. Póntelo.
—Gracias, Ceria.
Le eché los brazos al cuello, con los ojos ardiéndome de lágrimas.
En mi vida pasada, después de que me caí de ese acantilado, Ceria había buscado con los equipos de rescate durante tres días y tres noches, como una mujer poseída. Después, fue ella quien ayudó a mis padres, destrozados, a encargarse de los arreglos de mi funeral.
Ceria se zafó, incómoda.
—¿Desde cuándo estás tan melosa? Apúrate y cámbiate. Los papacitos que te conseguí para esta noche definitivamente van a cumplir tus estándares.
Cuando entré al club con mi vestido rojo sin tirantes, del brazo de Ceria, el reservado en el centro me dejó clavada en seco. Varios chicos guapísimos estaban alineados en el sillón largo; todos con hombros anchos y cintura estrecha. Un auténtico festín para la vista.
—Caballeros, les presento a mi mejor amiga, Ember —Ceria se aclaró la garganta.
Los chicos guapos se pusieron de pie al unísono.
—Hola, Ember.
—Esto es un poco demasiado, ¿no crees? —agarré el brazo de Ceria, torpe.
—Para nada. Ember, acuérdate de esto: un hombre solo te da problemas. ¿Pero un grupo de hombres? No vas a tener tiempo de preocuparte por nada —compartió su filosofía de vida con total seguridad, y luego se inclinó y me susurró—. Disfruta tu vida de soltera, nena. Ninguno de estos pasa de los veinticinco. Todos y cada uno son de primera.
Las palabras descaradas de Ceria me subieron el calor a las mejillas. Me empujó para que me sentara en medio del sillón. A mi izquierda, un tipo reservado, de aire intelectual. A mi derecha, uno adorable, tipo perrito.
Tras unas cuantas copas, me sentía agradablemente mareada.
—¿Quieres que te saque a bailar? —murmuró en mi oído el chico de mi izquierda.
—Apuesto a que preferirías jugar póker conmigo, ¿verdad? —el perrito de mi derecha sonó celoso.
—No se preocupen, nos turnamos.
Me recosté contra el sillón, y con naturalidad les pasé los brazos por la cintura a los dos.
—Ember, mírate nada más —Ceria se veía orgullosa—. Así es como debería comportarse una mujer rica.
Me giré hacia Ceria y, de pronto, un rostro devastadoramente guapo me llenó la vista. El hombre también me había notado. Sostuvo mi mirada, con una leve sonrisa jugando en sus labios.
Esa sonrisa podría haberme robado el alma.
—Ember, ¿qué estás viendo? —Ceria se inclinó para seguir mi mirada—. ¡No mames, está buenísimo!
Ceria había trabajado durante años como modelo publicitaria en la industria del entretenimiento; ya lo había visto todo. Así que, si decía que él estaba buenísimo, es que estaba realmente buenísimo.
—¿De qué sirve solo mirar? Ve por él—me incitó Ceria.
—¿Y si no puedo?—la miré nerviosa.
—¿Cuánto podría costar? Si no logras concretar, haré que alguien lo amarre y te lo lleve a tu cama esta noche—Ceria hablaba totalmente en serio.
—Qué vergüenza—pero me emocionaba más a cada segundo. Con el valor líquido corriendo por mis venas, de hecho fui directo hacia él.
—Hola—los amigos del tipo en el reservado parecían amables; me saludaron al unísono.
—Hola. Entonces, eh… ¿cuánto por la noche?—pregunté con cortesía.
—¿Cuánto crees que valgo?—el tipo me observó con evidente diversión, mientras sus amigos casi se morían de risa.
Levanté dos dedos y se los agité.
—Generosa: dos mil dólares.
—Tal vez quiere decir doscientos mil—susurraron entre ellos.
Alguien empezó a abuchear.
—Vic, solo síguele el juego.
—Pago por adelantado—el guapísimo extendió la mano.
Hurgando torpemente en mi bolsillo, saqué dos billetes y se los puse en la palma.
—Vic se va por doscientos dólares la noche—sus amigos estaban atacados.
Con el pago hecho, en mi neblina de borrachera le agarré la mano al tipo.
—Ya pagué. Ven conmigo.
Él se levantó obediente y dejó que lo jalara de vuelta a mi reservado. Detrás de nosotros, sus amigos gritaron:
—¡Vic! ¿Vas a volver más tarde?
—Entonces, los doscientos son por toda la noche. No te vas a rajar, ¿verdad?
—No.
Misión cumplida. Ceria me hizo una seña de pulgar arriba.
—Ember, eres una cabrona.
—Aunque me costó doscientos dólares—me quejé con Ceria, sintiendo un poco de pena por mi cartera.
Ceria me transfirió de inmediato veinte mil dólares. ¡Problemas de ricos!
—¿No nos hemos visto en algún lado antes, guapo?—le sostuve el rostro precioso entre las manos, sin pudor, embobada con él.
Él me estudió.
—¿Te acuerdas de algo?
Negué con la cabeza, con una sonrisa pícara.
—Me lo enseñó mi mejor amiga. Funciona siempre cuando ligas con tipos buenísimos.
A eso, él se tomó en silencio toda su bebida de un solo trago.
Me giré para sonreírle, pero por el rabillo del ojo vi una cara conocida. Gabriel. Qué coincidencia…
Gabriel estaba en un reservado al otro lado, bebiendo con su equipo de producción. Isabelle estaba sentada a su lado, con su habitual pose dulce e inocente.
—Gabriel, ahora sí la estás rompiendo. No te olvides de los que somos poca cosa.
—Gab ya ha tomado bastante. Déjenme encargarme de esta por él—vi a Isabelle arrebatarle el vaso a Gabriel, fingiendo ser la cuidadora abnegada.
—Como un sarpullido malo—me burlé con una sonrisita.
—¿Qué estás mirando?—el guapo se inclinó más cerca.
—Estoy viendo un espectáculo—respondí con naturalidad.
El equipo hacía bromas sobre Gabriel e Isabelle sin ningún filtro. Los dos se entendían: uno se hacía el difícil y el otro no negaba nada.
Isabelle repasó su historia con Gabriel.
—Gab y yo crecimos juntos. Claro que nuestro vínculo es diferente al de otras personas.
El equipo los azuzó, animando a Isabelle y a Gabriel a compartir una copa. Isabelle no se hizo la difícil. Se empinó un vaso grande, y su mirada se le puso toda melosa cuando miró a Gabriel.
