Capítulo 40

Cuando llegué a la oficina, Víctor estaba sentado sobre mi escritorio con las piernas cruzadas.

Lo miré, exasperada.

—¿Puedo ayudarte?

—¿Por qué no me contratas? —Víctor me miró con esos ojos de perrito.

La forma en que lo dijo me hacía sonar como un monstruo sin corazón.

—Porque no cumples con...

Inicia sesión y continúa leyendo