Capítulo 4 Capítulo: Eres libre
—¿Por qué no nos dijo nada? —preguntó Sarahí, todavía conmocionada—. ¿Por qué no buscó nuestro apoyo?
Luke bajó la mirada.
—Tenía miedo, madre.
Su voz se volvió más grave.
—Daría cualquier cosa porque hubiese confiado en nosotros. Pero yo mismo hice que perdiera esa confianza. La ofendí. Dije cosas horribles de ella. Después se enteró de que me había casado de repente con Hannah y seguramente pensó que lo mejor era olvidarme.
Sarahí permaneció en silencio.
Había algo en aquella historia que todavía no terminaba de convencerla.
—¿Entonces por qué regresó ahora?
Luke respiró profundamente.
—Porque nunca dejó de amarme.
Sarahí lo miró fijamente.
—¿Y tú?
Luke tardó unos segundos en responder.
—Yo tampoco dejé de amarla.
Aquella respuesta dolió a Sarahí.
No porque no quisiera ver feliz a su hijo, sino porque sabía exactamente quién pagaría el precio de aquella decisión.
—Luke… Hannah te ama demasiado. Vas a destrozar su vida.
Él se acercó a su madre y tomó una de sus manos.
—Lo sé.
Le besó los nudillos con ternura.
—Pero si me quedo con Hannah, terminaré arruinando mi propia vida. ¿Eso es lo que quieres para mí, madre? ¿Quieres que pase el resto de mi vida junto a una mujer a la que no amo?
Sarahí sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿Acaso quieres que sea feliz a costa de Hannah? Yo soy tu hijo. Dime… ¿quieres verme infeliz?
La expresión de Sarahí se quebró.
Le tomó el rostro entre las manos y lo acarició como cuando era niño.
Después besó su frente.
Luke seguía siendo su hijo.
El mismo pequeño que alguna vez había corrido hacia ella buscando refugio.
—Te amo —susurró—. Siempre serás mi pequeño bebé. Eres el hijo que nació de mi vientre. ¿Cómo podría no amarte?
Luke cerró los ojos.
—Pero no quiero que te equivoques.
Sarahí continuó acariciándole el rostro.
—Dar una segunda oportunidad a la persona que te traicionó y lastimó tu corazón es una decisión enorme. Si vuelves a entregarte a Isabella y ella vuelve a lastimarte, no sé qué quedará de ti.
Luke permaneció en silencio.
—Hannah es muy joven —continuó Sarahí—. Es hermosa, inteligente y tiene toda una vida por delante. Algún día encontrará a un hombre que la ame como merece.
Hizo una pausa.
—Si estás completamente seguro de que amas a Isabella lo suficiente como para volver a confiar en ella, entonces lo aceptaré.
Luke asintió lentamente.
—Gracias, madre.
—Pero piénsalo bien.
Sarahí lo miró con seriedad.
—Porque si te equivocas y dejas ir a una buena mujer como Hannah, quizá algún día quieras recuperarla y ella ya no quiera volver contigo.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Luke no respondió.
—Mi decisión está tomada —dijo finalmente—. Me divorciaré de Hannah y me casaré con Isabella.
Sarahí suspiró.
Luke entonces añadió:
—Pero quiero pedirte un favor.
—¿Qué favor?
—Isabella quiere verte.
Sarahí frunció el ceño.
—¿A mí?
—Quiere pedirte perdón.
Sarahí permaneció pensativa.
No tenía deseos de verla.
Sin embargo, después de escuchar todo lo que Luke le había contado, sabía que algún día tendría que enfrentarla.
Finalmente asintió.
—Está bien.
La noche llegó.
Hannah permaneció sola en su habitación.
Horas después escuchó el sonido de un automóvil entrando en la propiedad.
No quiso mirar. No quería saber si era Luke.
No quería volver a enfrentarse a él.
Se quedó acostada, abrazando una almohada contra su pecho.
Entonces la puerta se abrió.
Hannah levantó la cabeza.
Y allí estaba él.
Luke. Una punzada de tristeza atravesó su pecho.
Por un instante, su corazón reaccionó antes que su razón.
Tal vez había vuelto.
Tal vez se había arrepentido. Tal vez…
Se enderezó.
Pero entonces vio los documentos que llevaba en las manos.
Y comprendió.
—¿Qué es eso?
Luke bajó la mirada.
No quería sentirse así. Como un hombre cruel. Como el peor de los hombres.
—Son los papeles del divorcio.
Hannah sintió que las lágrimas volvían a llenar sus ojos.
—¿Tan rápido quieres deshacerte de mí?
Luke apretó los documentos.
—Lo siento, Hannah.
—Ni siquiera me has dejado digerir esto.
Su voz tembló. Lo miró directamente.
—¿Me odias, Luke?
Él negó con la cabeza.
—No.
—Entonces… ¿merezco esto?
Luke sintió un peso en el pecho.
—Por favor. Sabes que no es así.
Dio un paso hacia ella.
—Siempre te he apreciado mucho. Y quisiera poder hacerte feliz.
Hannah soltó una risa amarga.
—¡Ni siquiera lo intentaste!
Luke guardó silencio.
—Dios es mi testigo de que intenté darte lo mejor de mí —continuó ella—. Pero nunca me diste una oportunidad de hacer que me amaras.
—No hagamos esto.
Su voz sonó más débil de lo que pretendía.
—No quiero que terminemos peleando. No quiero que nos destrocemos. Podemos terminar como dos personas maduras.
Hannah miró los documentos.
Quería romperlos.
Quería decirle que estaba embarazada. Quería obligarlo a quedarse.
Pero entonces pensó en su bebé.
Si se lo decía, Luke podría quedarse. Quizá por responsabilidad. Quizá por culpa.
Quizá porque no tendría otra opción.
Y Hannah no quería eso.
No quería convertirse en la mujer que utilizara un hijo para retener a un hombre, porque eso dolería más que su desamor.
Respiró profundamente.
—¿Dónde debo firmar?
Luke levantó la mirada.
Por primera vez desde que había entrado, pareció sorprendido.
Esperaba lágrimas. Reproches.
Quizá incluso que ella se negara.
Pero Hannah se había calmado, era como una resignación inesperada.
Luke abrió la carpeta y señaló los lugares donde debía firmar.
—Puedes leerlos con calma. No hay prisa.
Hannah sonrió. Triste. Irónica.
—No hace falta.
Tomó el bolígrafo. Firmó.
Luke observó en silencio.
Cuando terminó, Hannah cerró la carpeta y se la entregó.
Él la tomó lentamente.
Entonces ella levantó la mirada.
Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero ya no estaba suplicando.
—Ahora ya eres un hombre libre de mí.
Hizo una pausa.
—Felicidades, Luke.
